Es bastante frecuente observar en las personas que empiezan terapia ciertas dificultades para explicar las experiencias que han vivido, especialmente cuando éstas son traumáticas.
Es por ello que considero importante hablar de la memoria traumática y desestigmatizar algunas cuestiones.
– A tener en cuenta: en este artículo no hablaré de casos en los que hay un traumatismo craneoencefálico, ya que en ellos la explicación es diferente y abarca características que exceden a las de esta entrada. –
¿Qué pasa con la memoria después de un trauma?
En ocasiones, nos encontramos con que las personas que consultan tienen dificultades para explicar de una manera entendible, siguiendo un orden cronológico y una relación entre situaciones, algunos acontecimientos de sus vidas.
Sin embargo, y por contraparte, hay porciones de esas experiencias que se recuerdan de manera muy vívida, y suelen aparecer de manera intrusiva y reiterada en el pensamiento de la persona. Incluso en situaciones que no tienen nexo con el contexto actual.
Por ejemplo, en consulta vemos personas que están estudiando y/o trabajando, pero, sin previo aviso, se les vienen a la cabeza imágenes o frases de la situación traumática, generando despistes o dificultades para concentrarse.
La terapia no está excluida, muchas veces se está trabajando alguna habilidad o herramienta genérica (la autoestima o la asertividad, por ejemplo) y la persona comienza a recordar cosas que le han pasado.
¿Por qué ocurre?
Suele darse más a menudo cuando el trauma proviene de situaciones de victimización interpersonal, donde la confianza se ve traicionada. Y, especialmente, cuando la misma ocurre durante la infancia.
Sin embargo, sabemos que esto también acontece en personas que han vivido situaciones con alto potencial traumático, como en veteranos de guerra.
Según algunos teóricos, esto se debe a que ocurre una disrupción cognitiva, en las creencias fundamentales.
Puntualmente en estos casos, se considera que parte de la información queda bloqueada, generando estas amnesias traumáticas parciales de la memoria autobiográfica. En algunos casos, tiempo después esto va mermando hasta que el recuerdo regresa vívido.
El bloqueo de la información no tiene otro sentido que minimizar el sufrimiento que el recuerdo de una situación puede generarnos, el problema es que cuando esto queda enquistado no permite el procesamiento del trauma. Volviéndose disfuncional.
Las amnesias más profundas suelen estar vinculadas a mayor cantidad de bloqueos parciales sobre las vivencias. Sin embargo, se ha visto que no hay una lesión a nivel cerebral que las explique.
Las consecuencias
Estas amnesias parciales de eventos traumáticos favorecen el desarrollo de sintomatología ansiosa, depresiva. Ambas muy vinculadas también con el Trastorno por Estrés Postraumático (TEPT).
En algunos casos se ha asociado con psicopatología más compleja y grave, como la psicosis o algunos trastornos de personalidad.
¿Cómo lo solucionamos?
Evitar incurrir en esfuerzos por olvidar la situación. El famoso “quiero olvidarlo” “quiero hacer como que no ha pasado” “quiero volver a ser la persona de antes” no lleva a la solución, simplemente desvía energía mental en el esfuerzo de contener memorias. Esto puede generar el efecto contrario al que estamos buscando.
Trabajar en el procesamiento del trauma, ya que la experiencia requiere de ser limpiada y comprendida en su totalidad para evitar emociones, sensaciones y autopercepciones displacenteras.
Además del trabajo a nivel de recuerdo de acontecimientos, es importante realizar un trabajo de coherencia entre lo ocurrido y las emociones que se nos despiertan. Muchas veces, en el intento de olvidar, evitamos las emociones que las situaciones nos despiertan. Su adecuada expresión emocional favorece la integración de la situación en nuestra historia vital, sin definirnos.
Si tenemos en cuenta que los bloqueos de memoria se brindan como una protección que acaba siendo ineficiente, en terapia debemos brindar herramientas para solventar el malestar y favorecer el procesamiento de las situaciones traumáticas.
Si estás en esta situación, estaré encantada de ayudarte. Ponte en contacto conmigo.
El Síndrome de Down, o trisomía del par 21, es una alteración cromosómica dada por la mutación del par 21. Fue detectada a mediados del 1800 por John Langdon Down.
La incidencia estaba fijada en torno a 1 de cada 1.000 nacimientos. Sin embargo, en los últimos años esto ha disminuido; ya que un 95% de los embarazos son interrumpidos cuando se confirma el diagnóstico en la prueba de cariotipos.
Alteraciones en el funcionamiento
Esta condición produce afectaciones en diversas áreas del desarrollo y que se mantienen a lo largo de la vida, modificándose según se realiza la estimulación oportuna para mejorar el rendimiento y adaptación general.
Aspectos cognitivos
El déficit intelectual es una de las características más conocidas. La inteligencia en estas personas varía desde inteligencias límite a retraso intelectual profundo. Esto lleva a la pérdida gradual de habilidades, así como a dificultades en sus adquisiciones.
A nivel de lenguaje suelen tardar más en comenzar a hablar, así como en comprender y procesar el lenguaje en sus diversas formas. En ocasiones, las carencias de lenguaje deben ser suplidas con pictogramas para favorecer la comunicación.
También se dan alteraciones en funciones ejecutivas (atención, concentración, inhibición, organización, planificación, velocidad de procesamiento, etc.).
Por lo que respecta al aprendizaje, tienen la capacidad para aprender cosas nuevas, aunque a un ritmo más lento que el resto de la población.
Aspectos conductuales
Hay una mayor predisposición a conductas como hiperactividad, impulsividad, agitación, movimientos repetitivos, desregulación sensorial, etc., esto se debe a la falta del control inhibitorio comentado en el apartado de aspectos cognitivos.
Aspectos psicológicos y emocionales
Algunos de ellos pueden tener presentaciones sintomáticas de ansiedad y depresión. Es común también la presencia de mayor irritabilidad.
Aspectos sociales
Derivado de algunas dificultades cognitivas, las personas con Síndrome de Down suelen tener problemas para el reconocimiento emocional, la atención conjunta, gesticulación espontánea, y menor dominio motivacional.
Los déficits en diversos ámbitos promueven que estas personas tengan un limitado grupo de apoyo, quedando en el hogar familiar junto con los cuidadores. Sin embargo, muchos alcanzan un grado de desarrollo que les permite introducirse en el mercado laboral, lo que permite el desarrollo de la independencia personal.
Victimización en personas con Síndrome de Down
Las afectaciones anteriormente mencionadas ponen, a las personas con Síndrome de Down, en una situación de vulnerabilidad que las expone a diversas formas de victimización. Al igual que ocurre con otras formas de discapacidad.
Las distintas formas de violencia están presentes en el día a día de todas las personas, pero algunas tenemos la capacidad de discriminar en quiénes podemos confiar, y poder adelantarnos a posibles situaciones abusivas. Esto no ocurre con las personas que tienen este diagnóstico, lo que las expone a diversas formas de victimización interpersonal en los diferentes contextos en los que participan.
Según algunos estudios, tener una discapacidad intelectual aumenta en 3 el riesgo de vivir situaciones de abuso infantil y negligencia. Asimismo, en la edad escolar pueden vivir mayores situaciones de bullying y otras formas de victimización por parte de iguales. En la edad adulta, serían más propensos a ataques físicos y/o sexuales, hurtos y robos.
Intervenciones
Tan importante es trabajar en la adquisición de habilidades psicomotrices, como lo es en el aspecto psicosocial para evitar que sean foco de violencia.
Esto no es siempre así y depende, en gran medida, del grado de discapacidad que se valore. Esta situación desprotege a aquellos que no la tienen tan acusada, exponiéndolos a factores de riesgo para la victimización interpersonal.
¿Alguna vez escuchaste hablar del gaslighting? ¿sabes lo que es?
Gaslighting es un término utilizado para denominar a un tipo de abuso psicológico, una manipulación, que pone a la persona que lo vive en lugar de “loca”.
En este tipo de situaciones, quien manipula busca convencer a su víctima que sus pensamientos, percepciones o creencias son erróneas.
Tradicionalmente, este término estuvo referido a las relaciones de pareja; donde se utilizaba esta manipulación con base en estereotipos de género y desigualdades estructurales en esta área.
Sin embargo, actualmente se reconoce que esta situación es observable en distintos ámbitos sociales, en donde los estereotipos de género, sexuales, desigualdades sociales o raciales diversas toman el protagonismo.
Las personas que viven situaciones semejantes sienten confusión, como si todo fuese surrealista, como si no supiesen lo que están viviendo e, incluso, como si fuese una invención o exageración de la víctima.
Ámbitos en donde es frecuente encontrarse con el gaslighting
En las situaciones de violencia de pareja se puede ver que quien perpetra el maltrato desestima las críticas de quien lo recibe. Demorando el pedido de ayuda de la víctima.
En el ámbito escolar, es común observar que las personas que acosan a la víctima justifican sus acciones con un “era una broma”. Esto propicia la sensación de exageración o alteración perceptiva.
Los entornos laborales también pueden favorecer situaciones de este tipo, sobre todo en formato de humillaciones o desprestigio profesional.
Con las personas transgénero también ocurren cosas semejantes. Y este tipo de situaciones las viven tanto por parte de la sociedad como de sus propios allegados.
Consecuencias del gaslighting
Este tipo de situaciones afecta a quienes lo viven en diversas áreas de la vida, como lo son:
- Sentido de realidad: la persona que lo vive no confía en sus propias percepciones y experiencias.
- Autonomía: se ve afectada, dependiendo constantemente de las impresiones ajenas para actividades y decisiones cotidianas. La persona no sabe resolver problemas por sí misma. Esto está motivado, principalmente, por el quiebre en la autoestima de la persona.
- Movilidad: no permite que la persona pueda realizar cambios en su situación, porque la manipulación le permite creerlo.
- Identidad contemplando la autoestima y autoconcepto: la autoestima queda completamente dañada, ya que se tiene la sensación de poca valía propiciada por un autoconcepto dañado, generalmente patologizado, siendo el impuesto por quien manipula.
- Apoyo social: quienes lo viven suelen quedar alejadas de los círculos sociales seguros. Esto es especialmente importante, porque las víctimas tardan más en pedir ayuda.
Algunas víctimas de este tipo de situaciones también tienden a pensar en el suicidio, o a ejecutar acciones tendientes a ello.
Frases que alertan
Si alguna vez te dicen cosas semejantes a estas, presta atención, puede que la dinámica vaya en el sentido de este post.
“¿Y qué les vas a explicar, que me paso el día cuidándote y con preocupación porque estés bien…?”
“No estás bien, mira lo que me dices cuando yo quiero lo mejor para ti”
“Tienes la piel demasiado fina”
“Hazte ver, está claro que necesitas ayuda”
“No te lo tomes tan mal, es una broma”
“¿Seguro te pasó eso? ¿No lo habrás malinterpretado?”
“¿No estarás exagerando?”
“Estás fatal de la cabeza”
“Es normal que no puedas con esto, es demasiado para alguien como tú”
“Seguro que es uno de tus caprichos pasajeros, ya se te pasará”
Hace un tiempo hablé de la ansiedad, pero no me había puesto a escribir aún sobre la depresión, y menos aún su vínculo con el trauma o las situaciones potencialmente traumáticas.
¿Qué es la depresión?
Muchas veces pensamos que es una sensación de tristeza momentánea, motivada por algo que ha ocurrido a nuestro alrededor. Sin embargo, la depresión es mucho más que tristeza.
La depresión es un trastorno del estado de ánimo que afecta a la persona en diversos ámbitos de su vida, dependiendo de las características personales, consumos, contexto vital, etc.
Las alteraciones son emocionales, cognitivas, en el funcionamiento psicosocial, las conductas.
Durante muchos años se habló de depresión unipolar y bipolar para distinguir cuadros claramente diferenciados. Lo que comúnmente llamamos depresión es la unipolar. Y de ella hablaremos hoy.
Síntomas de depresión
Los síntomas varían según la edad de la persona. En personas con edades entre los 6 y 18 años veremos:
Irritabilidad grave y persistente. Que muchas veces son evidentes como arranques de cólera tanto verbal como a nivel de conducta. No es una respuesta a la frustración, sino un estado general.
Dificultades en el establecimiento y mantenimiento de relaciones sociales. Así como desinterés en actividades recreativas.
Bajada en el rendimiento escolar o académico por problemas para mantener la concentración y la atención, así como por disrupciones en los procesos de memoria. Suele observarse un descenso notable en las calificaciones.
En personas adultas vemos síntomas semejantes, aunque con ciertas adaptaciones:
Estado de ánimo deprimido, que se suele describir como tristeza, desesperanza, estar “por los suelos”, incluso sentirse con carencia de estado afectivo.
Pérdida del interés y placer por actividades habituales y hobbies, así como reducción del interés o deseo sexual. Todo esto se puede observar en un menor interés por los contactos sociales y la presencia de cierto aislamiento.
Existe una alteración en los ritmos biológicos, como son alteraciones de sueño (déficit o exceso), en el apetito o peso (déficit o exceso). Asimismo, hay alteración psicomotriz (enlentecimiento o agitación).
Suele relatarse disminución de la energía, cansancio, que se acompaña de sentimientos de inutilidad o culpa, lo que propicia una autovaloración negativa.
Se presentan dificultades para pensar, concentrarse y/o tomar decisiones, así como para recordar cosas. Esto puede llevar a conflictos en el ámbito laboral o académico.
Tanto en la población infanto-juvenil como en los adultos puede darse la presencia de pensamientos recurrentes de muerte, así como ideación y conducta suicida.
Depresión y trauma
Algunos estudios indican que vivir situaciones de negligencias, abuso físico y/o sexual en la infancia es un factor de riesgo para el desarrollo de depresión en la edad adulta.
Asimismo, estudios realizados con población infanto-juvenil han demostrado que este patrón también se mantiene, no solo cuando ellos son receptores de la violencia, sino también cuando son testigos de la misma.
La investigación también pone en evidencia que la severidad de la sintomatología está bastante vinculada a la vivencia de dos o más situaciones traumáticas. Sin embargo, algunos estudios plantean que lo que influye es el tipo de trauma vivido y la gravedad del mismo.
Es importante prevenir las situaciones potencialmente traumáticas, y trabajar de manera temprana cuando ocurren, ya que las investigaciones han demostrado una alta correlación entre éstas y síntomas de depresión, ansiedad, TEPT.
A su vez, puede interferir en el correcto desarrollo de la autoestima y en las habilidades sociales.
En general, las noticias e informaciones sobre la discapacidad y victimización nos hablan que las personas con discapacidad son más propensas a la conducta violenta o se encuentran envueltas en situaciones violentas.
De hecho, suelen utilizarse algunas de estas situaciones para disminuir las penas ante delitos violentos. Y esto es utilizado por medios para aumentar el estigma de estas personas.
Sin embargo, pocas veces hablamos de los riesgos que implica tener una discapacidad de cara a ser víctima de conductas violentas.
Lo primero que debemos saber es que tener alguna discapacidad, incrementa el riesgo de victimización en 1,5 veces más.
Tipos de discapacidad
Según la OMS un 15% de la población mundial tiene alguna forma de discapacidad, ya sea temporal o permanente. Se cree que, gracias al envejecimiento progresivo de la población, estos datos serán cada vez mayores.
¿Qué tipo de discapacidades conocemos?
Física: parálisis cerebral, distrofia muscular, hemiplejía, epilepsia, enfermedades crónicas, amputaciones, etc.
Intelectuales o cognitivas: retraso mental, trastornos del aprendizaje, retrasos del habla, etc.
Salud mental: patologías graves de salud mental que impiden el correcto desarrollo de la vida como el TEA, TDAH, depresión muy grave, algunas fobias, psicosis, etc.
Sensoriales: problemas de percepción visual o auditiva.
Todas estas pueden impedir la participación plena y efectiva de las personas en la sociedad, de la misma manera y en las mismas condiciones que el resto de personas sin discapacidad.
Evidentemente, hay grados diversos de discapacidad, que actúan como factor de riesgo para la vulnerabilidad a situaciones diversas de victimización interpersonal.
Tipos de victimizaciones más habituales
No todas las discapacidades harán vulnerable a la persona al mismo tipo de victimización; sin embargo, estas son las formas de victimización más comentadas por la comunidad científica.
Pública: como son las agresiones verbales, intimidaciones, robos, hurtos, amenazas, etc.
Por parte de cuidadores: abuso físico y verbal, agresividad, abuso emocional, negligencias, abandono, etc.
Sexual: besos forzosos, asalto sexual, exhibicionismo, exposición sexual, abuso y agresión sexual, etc.
Indirecta o ser testigo de violencia: observar situaciones violentas diversas que ocurren en el contexto familiar o comunitario.
Electrónica: acoso por medios electrónicos, acoso sexual online, etc.
Por parte de iguales: bullying, abuso físico, psicológico o sexual, violencia de pareja, etc.
incluso más que la población general, pudiéndose constituir más en una condición que un evento aislado por la cantidad de experiencias semejantes que viven (polivictimización).
Este tipo de situaciones son germen de trauma en las personas y pueden generar alteraciones diversas, entre ellas ansiedad, problemas de autoestima, de asertividad, ideación y conducta suicida, etc.
Debemos trabajar en la prevención de estas situaciones desde edades tempranas, brindando un buen soporte al entorno de la persona.
Habitualmente pensamos los trastornos de conducta alimentaria ligados a la adolescencia, pero no a la edad adulta. También solemos pensar en conductas restrictivas o purgativas, pero no en las de ingesta.
Los trastornos de la conducta alimentaria son diversos y tienen consecuencias muy diferentes en cada caso.
Suele ser un problema más recurrente en mujeres que en hombres, lo que genera una discriminación al momento de realizarse el diagnóstico de estas situaciones. También se ve más comúnmente en adolescentes o adultos jóvenes, pero puede aparecer a lo largo de la vida.
Restrictivos
Suelen estar basados en disminuir o eliminar la ingesta de alimentos o emplear métodos compensatorios para eliminar las calorías consumidas. Entre ellos encontramos:
Evitación o restricción de la ingesta: basado en la preocupación por ingerir alimentos, falta de interés ante ellos, y demás conductas de evitación que denotan un fracaso persistente para cumplir necesidades nutritivas y/o energéticas.
Anorexia nerviosa: caracterizado por un miedo intenso a ganar peso o engordar, llevando adelante conductas extremas para evitarlo. Puede dar solo de manera restrictiva o con la utilización de métodos de purga (producirse el vómito, utilizar laxantes, etc.). Las personas con este tipo de problemas tienen un peso notoriamente bajo.
Bulimia nerviosa: se producen atracones o ingestas descontroladas, que la persona siente incontrolables, seguidos de un comportamiento compensatorio (vomitar, laxantes, etc.).
Ingesta excesiva
En este grupo encontramos todas aquellas conductas que tienen como denominador común la ingesta excesiva de alimentos, en general, hipercalóricos. Pueden o no seguirse de conductas compensatorias.
Pica: es la ingesta constante de alimentos no nutritivos, a lo largo del día de manera constante y fuera de los patrones habituales y convencionales.
Rumiación: se trata de la regurgitación repetida de alimentos. Los alimentos regurgitados se vuelven a masticar, tragar o se escupen. La conducta llevada a cabo no está dentro de patrones de patología física.
Atracones: se caracteriza por la ingesta excesiva de alimentos en un corto periodo de tiempo, que se acompaña con la sensación de falta de control por parte de quien lo vive. Algunas características son comer mucho más rápido de lo normal en la persona, comer hasta sentirse desagradablemente lleno, comer incluso sin hambre, comer por vergüenza, sensación de disgusto, vergüenza, depresión.
Hace unos días escribí sobre la obesidad y su relación con el trauma, conductas como el picoteo o los atracones son muy comunes en esta población.
Los motivos por los que pueden aparecer este tipo de conductas alimentarias son muchos y muy diversos, suelen estar asociados a formas de resolución de conflictos y emociones muy disfuncionales, que no permiten llevar adelante el correcto funcionamiento de las herramientas personales.
También existen factores socioculturales y exigencias sociales que pueden jugar un papel en el desarrollo y mantenimiento de este tipo de trastornos.
Otra de las causas más estudiada son los problemas familiares, las dificultades para el establecimiento de límites y para desarrollar un diálogo familiar franco, que permita la correcta expresión de emociones y preocupaciones.
Suelen estar, estos problemas de conducta alimentaria, muy asociados a problemas de ansiedad, depresión, problemas en el control de impulsos, autoestima, etc. Situaciones traumáticas también pueden tener su influencia en este campo.
Si conoces a alguien con este tipo de problemas o estás pasando por problemas de este tipo, consulta.
Estamos acostumbrados a escuchar en las noticias sobre la violencia ejercida en el ámbito de la pareja y las graves consecuencias que eso puede tener. Pero me gustaría hablar de diversas formas de violencia contra las mujeres, según edad y situación.
Las consecuencias que la violencia tiene son muchas y muy diversas, como ocurre en otras situaciones traumáticas. Aunque en la violencia contra las mujeres algunas de estas pueden ser mortales.
Cifras
Las cifras de estimaciones internacionales hablan que 1 de cada 3 mujeres en el mundo viven situaciones de violencia física y/o sexual en algún momento de sus vidas.
Muchas de estas experiencias son llevadas adelante por parte de su pareja, viéndose que casi un tercio de las mujeres que han tenido una relación de pareja refieren haber vivido estas situaciones.
El 38% de los homicidios en mujeres, a nivel mundial, son cometidos por su pareja masculina.
Violencia contra las mujeres en la infancia y adolescencia
Forman parte de este tipo de violencia, algunas de las comentadas en el post sobre maltrato infantil.
Doméstica: aquí entraría, por una parte, la exposición a la violencia; pero también la violencia directa, ya sea física, sexual, psicológica. Podrían formar parte, asimismo, aquellas situaciones de sobreexigencias familiares por cumplir un rol de género.
Escolar: no solo entrarían las formas tradicionales de violencia, sino que podríamos incluir la segregación por cuestión de género en el acceso a la educación reglada.
Social: independientemente de la violencia física, sexual, psicológica, la exposición a la violencia comunitaria, la presión por cumplir con roles preestablecidos; podríamos considerar formas de violencia que tienen un fuerte arraigo social, como la mutilación genital femenina. Asimismo, podemos considerar formas de prostitución forzada.
Violencia contra las mujeres en la edad adulta
Algunas no se distinguen especialmente de las victimizaciones en la infancia y adolescencia, aunque pueden verse perpetuadas o, incrementarse el riesgo por factores diversos.
Doméstica: diversas formas de maltrato dentro del ámbito de la pareja, actualmente muchos países consideran la violencia sexual dentro del ámbito de pareja, pero hasta hace no muchos años eso no pasaba; considerándose que una mujer, por estar en pareja, consentía todas y cada una de las relaciones sexuales.
Laboral: el acceso a puestos de trabajo menos cualificados o percibir un salario inferior, por un mismo puesto, que un hombre. Independientemente de ser un ámbito en el que muchas mujeres viven situaciones de acoso sexual y maltrato psicológico.
Social: comentarios, insultos y degradaciones producto de estereotipos de género, violencia física y sexual. En este ámbito también podemos considerar la prostitución forzada, el tráfico de personas, últimamente hay países que fuerzan a las mujeres a quedarse embarazadas para dar a los niños en adopción. Asimismo, podemos nombrar el acceso a servicios sanitarios, educativos, alimentarios, etc.
Como podemos ver, la violencia hacia las mujeres no es un hecho aislado o limitado al entorno de pareja (que es el que más se conoce), sino que está anclado en la sociedad actual.
Las acciones que se pueden emprender son muchas y muy diversas, desde no normalizar la violencia (en ningún ámbito y ningún colectivo) hasta realizar cambios legislativos y culturales que equilibren las diferencias de género perpetuadas a lo largo de los siglos.
Durante la pandemia las situaciones de violencia hacia las mujeres, en el ámbito doméstico, se incrementaron llamativamente. Es por ello que diversos organismos han implementado planes de ayuda a las víctimas.
Sé que puede dar mucho miedo estar encerrada con tu maltratador, pero no permitas que consiga su objetivo, aislarte. Habla con familiares, amigos, profesionales que puedan ayudarte.
El maltrato infantil es un conjunto de conductas diversas que se dan hacia un niño, niña o adolescente. Son los abusos y desatenciones que reciben antes de los 18 años.
Este término engloba conductas como el maltrato físico (castigo corporal, golpes) o psicológico (denigración, insultos), abuso sexual, desatención, negligencia y explotación que pueda causar un daño a la salud, desarrollo o dignidad en un contexto de responsabilidad, confianza y/o poder.
Algunos teóricos consideran maltrato, también, la exposición a la violencia. Ya sea dentro del ámbito doméstico como fuera de este.
Las consecuencias del maltrato infantil no se limitan a las lesiones físicas que puedan quedar, sino que implica consecuencias diversas, entre ellas:
Psicológicas: alteración en la autoestima, problemas de confianza interpersonal, ansiedad, depresión, estrés postraumático, ideación y conducta suicida. Asimismo, se ha demostrado que la exposición al stress prologando en las primeras etapas de la vida genera alteraciones en el desarrollo cerebral.
Físicas: lesiones propias de la victimización como lo son morados, rasguños, e incluso lesiones permanentes como cicatrices, amputaciones, etc.
Sanitarias: síndrome de dolor crónico, embarazos no deseados, enfermedades infecto-contagiosas, uso y abuso de alcohol y drogas, obesidad, cardiopatía, cáncer, etc.
Sociales: inestabilidad en las relaciones personales y laboral, predisposición a la violencia (transmisión intergeneracional de la violencia), entre otros.
La naturaleza y gravedad de las acciones consideradas maltrato infantil es muy variable, y de ello dependerán sus consecuencias, que pueden llegar a la muerte.
Cifras del maltrato infantil
Se considera que 1 de cada 7 niños y niñas vive una situación de este tipo. Tanto niñas como niños son víctimas de este tipo de situaciones de manera equivalente.
En el año 2002 se han registrado 31.000 muertes, consideradas homicidio en menores de 15 años. Sin embargo, no se contabiliza cuántas de estas han ocurrido en un contexto de maltrato.
Las estadísticas consideran que son los más pequeños (0-4 años) los que tienen mayor riesgo, siendo el doble que el observado en niños, niñas y adolescentes más grandes (5-14 años).
Sin embargo, debemos tratar el problema del maltrato infantil como algo que está instaurado en nuestra sociedad de una manera más abarcativa que las cifras de defunciones.
Maltrato infantil en pandemia
La situación derivada de la pandemia por el virus SARS-CoV-2 ha obligado a medidas extremas con la finalidad de contener el virus, medidas que la misma OMS ha considerado oportunas.
Sin embargo, esta situación ha expuesto a niños, niñas y adolescentes a un mayor riesgo de violencia. ¿Por qué?
La presencia social y la interacción en distintos ámbitos sociales son factores protectores para la violencia, y favorecen una reacción rápida en cuanto se sospecha de una situación de maltrato infantil. Sin embargo, el aislamiento no permite realizar esta labor.
A esto se le suma que, durante esta situación, la economía ha entrado en crisis aumentando el nivel de incertidumbre y precariedad. Estas condiciones promueven un mayor nivel de stress que genera la tensión idónea para la propensión a la violencia.
La fundación ANAR recibió desde el inicio del confinamiento casi 4.000 pedidos de ayuda por parte de niños, niñas y adolescentes. La mitad fueron por situaciones de violencia intrafamiliar. Lo que confirma las sospechas por parte de la OMS del gran riesgo que corre la población infanto-juvenil en esta situación.
Según comenta esta misma entidad las ideaciones e intentos de suicidio se incrementaron de un 1,9% del año anterior a un 8% durante los días de confinamiento domiciliario.
Hace un tiempo hablé de las consecuencias del trauma, y una de las primeras que cité estaba relacionado con la alimentación. La relación entre obesidad y trauma ha sido estudiada y aquí te explico un poco qué se ha encontrado.
Datos y cifras de obesidad
Sobrepeso y obesidad son una acumulación excesiva de grasa en el cuerpo, que puede ser perjudicial para la salud. Que una persona encaje en estos supuestos depende, principalmente, de su índice de masa corporal (IMC).
A nivel de datos estadísticos, la obesidad alcanza el nivel suficiente para ser considerada epidemia.
En el año 2016, más de 1900 millones de personas adultas tenían sobrepeso, y más de 650 millones tenían obesidad. Muriendo 2,8 millones de personas cada año por esta causa.
Durante el mismo año, se determinó que 41 millones de niños y niñas menores de 5 años tenían sobrepeso. Lo que aumenta el riesgo de enfermedades diversas y de muerte prematura.
La relación entre la obesidad y trauma
Los estudios han demostrado que las experiencias de victimización infantil (especialmente el abuso sexual y emocional, o el bullying) están asociados a un incremento de entre el 28% y 45% de tener obesidad en la edad adulta. Resultados semejantes se han encontrado en relación a las negligencias (faltar al deber de cuidado y protección).
Sin embargo, algunos estudios indican que no haría falta esperar a la edad adulta para que esta consecuencia se evidencie, pudiendo observarla dentro de la infancia y adolescencia.
Algunos estudios parecerían indicar que las situaciones traumáticas durante la infancia interfieren con el correcto desarrollo neuroendocrino y el funcionamiento del metabolismo, lo que contribuiría a la obesidad.
Otros estudios explican que la sintomatología propia del TEPT (trastorno de estrés postraumático) contribuiría a un aumento de peso, habiéndose encontrado esta relación en estudios que medían el IMC en niños, niñas y adolescentes con este diagnóstico. La sintomatología ansioso-depresiva también se ha observado en personas con obesidad.
Estas asociaciones se generaron también en el entorno adulto; por ejemplo, en casos de mujeres y hombres veteranos de guerra, independientemente de la presencia de TEPT.
Otros estudios remarcan que la victimización no solo puede ser un factor de riesgo para la obesidad, sino que también puede ser consecuencia de la misma. Como puede ocurrir, por ejemplo, en casos de bullying donde los acosadores se sirven de las características físicas de la víctima para llevar adelante su acoso.
¿Cómo prevenir y tratar?
A continuación propongo algunas de las alternativas que quedan recogidas en los estudios y que se desprenden de todo lo que se comenta líneas arriba.
Hábitos de vida saludables, como hacer ejercicio físico de manera regular o llevar adelante una alimentación equilibrada y balanceada.
Educar a la población infanto-juvenil sobre los riesgos de vivir con obesidad, incorporando hábitos de vida saludable y fomentándolos con políticas públicas en las que ningún niño, niña o adolescente tenga que comer ultraprocesados o demás productos poco saludables.
Establecer una red de apoyo y contención.
Trabajar las emociones que nos puedan estar motivando a comer más o de maneras poco saludables.
Tratar las situaciones traumáticas o potencialmente traumáticas desde que ocurren, para evitar las consecuencias futuras y el establecimiento de mecanismos de resolución de conflictos poco adecuados.
Proporcionar comunicación segura, no normativa. Esto permitirá a los más pequeños explicar sus miedos y vivencias, lo que nos ayudará a prevenir situaciones de victimización o, como mínimo, intervenir prontamente.
No siempre vamos a poder evitar la victimización infantil, pero siempre podremos prevenir sus consecuencias. Prevengamos la obesidad y todas las consecuencias que acarrea.
¿Crees que puedo ayudarte?
Hace unos días la iniciativa global #ENDviolence publicó un vídeo muy ilustrativo sobre los riesgos en internet vinculados al acoso sexual, con cifras que son francamente preocupantes.
Esto ha motivado la realización de esta entrada sobre la prevención del grooming online, para evitar predadores en las redes sociales, especialmente a los pedófilos.
¿Qué entendemos por predadores?
No hay un perfil determinado que nos permita distinguir a estas personas, pero buscan la captación de contenido sexual o potencialmente sexual ya sea para satisfacción propia o para su divulgación en redes de pornografía infantil.
Otra práctica de los predadores es la búsqueda de adolescentes para concretar una cita. Para ello adaptan una identidad falsa que brinda seguridad a la otra parte.
Pueden ser personas adultas o menores de 18 años. Algunas de estas, sienten atracción sexual hacia niños, niñas y adolescentes (pedofilia).
Si bien suelen ser más hombres que mujeres quienes realizan este tipo de prácticas, ambos sexos están representados en las estadísticas internacionales.
¿Cómo se alimenta desde internet?
Internet es un campo enorme, que tiene su lado bueno y el no tan bueno.
Hay una pequeña parte que es pública y a la que podemos acceder las personas usuarias, es todo el contenido que está indexado y, por tanto, podemos buscarlo y visualizarlo. Lo usamos para aprender, comunicarnos, etc.
Después tenemos la internet profunda, donde están aquellos datos menos visibles, que contienen elementos de seguridad. En este nivel, podemos identificar los IP de los usuarios, por ejemplo. Pese a que tiene un nivel de seguridad extra, los usuarios son identificables.
Sin embargo, hay una internet que va más allá. En donde los contenidos son publicados y visualizados de manera anónima. Es en este nivel donde se publica contenido de tipo delictivo, como lo es la pornografía infantil.
En internet víctimas y predadores se encuentran, generando una gran oportunidad para la captación de imágenes, hacer que los niños, niñas y adolescentes visualicen contenido sexual explícito, se produzca el acoso e, incluso, el chantaje.
Algunas cifras de interés
Hasta el 2019, se registraron unos 5 billones de usuarios de dispositivos móviles. 4 billones de los mismos, son usuarios de internet. Encontrando que casi en la totalidad, 3.5 billones, hacen uso de redes sociales. Estos datos van incrementándose año a año.
Entre Enero de 2018 y el mismo mes de 2019 unos 367 millones de personas son nuevas usuarias de internet. De ellas, 1.8 millones son hombres con interés sexual en niños, niñas y adolescentes.
Otro dato importante, y que no debemos perder de vista, es que 1 de cada 3 usuarios de internet es menor de edad.
Según algunos estudios, uno de cada cinco jóvenes recibe alguna solicitud sexual vía internet al año. Tanto chicos como chicas son víctimas de este tipo de situaciones, cambiando los porcentajes de incidencia dependiendo del grupo etario que valoremos.
Acciones preventivas
Las acciones para prevenir este tipo de situaciones son muchas y muy diversas. Dependerán de la edad de los peques a los que queramos proteger, pero también del tipo de exposición que vivan.
Recordemos que prevenir este tipo de situaciones, es prevenir la exposición al trauma y, por tanto, a sus consecuencias.
Ante todo, debemos entender que cuando subimos una foto a cualquier red social (Instagram, Facebook, TikTok, WhatsApp, etc.) esta deja de pertenecernos, y comienza a ser parte del mundo digital. Esto implica que cualquier predador puede tener acceso a ella.
Todas las recomendaciones que vienen a continuación no buscan culpabilizarnos por el uso que damos a nuestras imágenes, sino que buscan advertir de la utilidad que un predador puede dar.
Recurrir a la privacidad de las cuentas en redes sociales y chats. Suena algo obvio, pero no todo el mundo tiene sus cuentas personales en privado, o no se preocupan por controlar de manera periódica las políticas de privacidad y que se mantenga la configuración que habíamos establecido.
Evitar los hashtags (#) en las fotos en las que salen niños, niñas y/o adolescentes. Estos han sido creados para conectar a las personas con intereses semejantes; por lo tanto, aunque tengas privada la cuenta, las fotos que los tienen como pie de foto pueden ser visualizadas por personas que utilicen esos términos de búsqueda.
No subir material gráfico (fotos o vídeos) con desnudos parciales o totales. Las fotos tiernas en la ducha, cambiándose para ir a la comida familiar y demás pueden ser carne de cañón para una persona pedófila.
Es recomendable que también evitemos subir material en donde los vestimos de “pequeños adultos”, pensemos que quien se recrea con ellas tiene una distorsión cognitiva que podría activarse con este tipo de material. En caso de adolescentes, es mejor controlar no sólo la ropa sino también las poses.
Reducir las fotos en las que se enseñe cuerpo entero y cara; cuanto menor sea la exposición de los más pequeños, mejor. Recordemos que el derecho a la intimidad no solo rige para los adultos, sino también para los niños, niñas y adolescentes.
Cuando decidimos que nuestros peques tengan acceso a dispositivos con conexión a internet y redes sociales, es importante hacer una labor previa de concientización y psicoeducación. Los controles parentales de poco sirven si nosotros no les enseñamos a un uso seguro de internet. Hablar de estos temas desde la educación y no la punición favorecerá que, ante situaciones de riesgo, recurran a nosotros.
Realizar un control periódico de sus medios digitales, el tipo de contenido que publican, interacciones, etc. puede ayudarnos a aproximarnos a su realidad digital y emplear acciones tempranas cuando vemos que incurren en conductas que comportan cierto riesgo.
Reducir el tiempo de exposición a internet, determinando un periodo máximo de utilización de medios electrónicos y/o de internet. Evidentemente esto requiere de la puesta en práctica, por parte de los adultos, de auto-restricciones que sirvan de ejemplo para los más jóvenes y la búsqueda de actividades complementarias.
Me atajo antes que me digan “bueno, pero si tenemos la cuenta privada…”. Lamento decirlo, pero la pedofilia no entiende de relaciones de proximidad con la familia y/o nuestros peques.
De hecho, un buen número de los abusos sexuales infantiles ocurren dentro del ámbito de ellos, en manos de personas cuidadoras (familiares, educadores, etc.).
¿Aplicabas algunas de estas recomendaciones con anterioridad? Si quieres saber cómo hablar de estas cosas en casa, contacta conmigo y buscamos soluciones que nos ayuden a prevenir.
En ocasiones, observamos que nuestras parejas (o intentos de…) comparten ciertas similitudes en cómo se desarrolla la relación, o vemos que nos cuesta conseguir alguien con quien estar a gusto. ¿Podría la victimización infantil explicar algunas dificultades en las relaciones de pareja?
Hace un tiempo hablé de qué era el trauma y cuáles eran las consecuencias que la investigación han encontrado como más prevalentes.
Pero bien, qué efecto puede tener todo eso cuando hablamos de relaciones de pareja. Para poder responder a ello tenemos que saber:
1) Qué entendemos por trauma interpersonal temprano
2) Qué tipo de consecuencias son más habituales en este tipo de trauma
Trauma interpersonal temprano
Constituyen lo que entendemos como el trauma interpersonal temprano, o victimización en la infancia, todas aquellas situaciones disruptivas que atentan contra la integridad física y/o psíquica de la persona que las vive.
Algunos ejemplos de este tipo de experiencias son el abuso sexual infantil, el maltrato físico y/o psicológico, las negligencias (faltar al deber de cuidado), el acoso escolar (más conocido como bullying), la exposición a la violencia, etc.
Entendemos que todas estas acciones, y otras, son llevadas a cabo por parte de otra(s) persona(s). Que pueden ser coetáneos (compañeros de estudios, amigos, hermanos, primos, etc.), adultos de confianza o conocidos (familiares, profesores, entrenadores, etc.), desconocidos, cuidadores, etc.
Consecuencias habituales
Este tipo de situaciones puede despertar consecuencias a corto plazo o inmediatas, o a largo plazo y aparecer dos años después de haber ocurrido el evento o, incluso, en la edad adulta.
Podríamos decir que se presentan en diversos ámbitos de la persona, como el emocional o de salud mental (trastorno del estado de ánimo, ansiedad, trastorno de personalidad, TEPT, etc.), el de las relaciones interpersonales (aislamiento, vínculos inseguros, etc.), en la salud física (mayores consultas, dolor crónico, enfermedades infecto-contagiosas, etc.), y un largo etcétera que abarca a todos los dominios vitales de la persona.
También, como vimos en otros artículos, las personas pueden salir fortalecidas de estas situaciones, o atravesarlo sin mayores complicaciones.
Victimización infantil y relaciones de pareja
En el ámbito de la pareja, ¿qué pueden generar estas consecuencias de la victimización en la infancia? Recogemos aquí algunas opciones.
Las personas que viven situaciones de trauma interpersonal temprano pueden tener problemas de confianza en el mundo que los circunda e, incluso, hacia ellas mismas. Esta desconfianza no se ve, necesariamente, como desconfianza a la lealtad de la otra parte (celos); sino que puede observarse como un problema para adentrarse en la relación e involucrarse emocionalmente por miedo.
Problemas en las relaciones sexuales, sobre todo en aquellas personas que han vivido situaciones de abuso sexual en la infancia. Pueden darse dolores abdominales y falta de disfrute en el coito, algunas mujeres siguen adelante con ello, pero sin poder disfrutarlo y sintiendo muchísimo dolor durante la penetración. Lamentablemente, poco se sabe sobre este aspecto en población masculina.
La baja autoestima, así como diversas dificultades a nivel emocional o de personalidad, pueden propiciar relaciones que impliquen un nivel de riesgo de violencia (ejercida o recibida) o de conductas de riesgo como el consumo abusivo de sustancias y/o alcohol, las autolesiones, en la salud sexual, etc.
También se ha observado que aumenta el riesgo de entablar relaciones de pareja inestables, de poca duración o intermitentes, con una valoración negativa de las mismas.
Quiero aclarar que estas características (exceptuando el dolor al momento del coito) son válidas en parejas de cualquier índole y en personas de cualquier género. Y también que no tienen por qué ocurrir estas cosas o, que si ocurren, no necesariamente sean por este motivo.
Entiendo que estos datos puedan ser abrumadores, pero es importante tener esta información para emplear métodos de prevención con los más jóvenes, o poner en funcionamiento mecanismos que nos ayuden a sanar nuestro pasado para no entorpecer nuestro futuro.
El sexo y la sexualidad siempre han sido un tema tabú, aún hoy día lo es. Sin embargo, es importante dejarlo de lado y permitirnos hablar de sexualidad desde la infancia en adelante.
La sexualidad implica aspectos biológicos, psicológicos, emocionales, sociales, identitarios, comportamentales, relacionales, etc.
Todos estos aspectos merecen ser tratados desde la primera infancia, siempre adaptado a la fase de desarrollo que corresponda y a las características particulares de cada persona.
Es importante realizar un abordaje integrador, ya que a nivel histórico se ha trabajado en la abstinencia sexual o, en el mejor de los casos, sobre aspectos meramente biológicos y genitales.
¿Cuáles son los beneficios de hacerlo?
Promueve la salud sexual y reproductiva, lo que permite emplear métodos anticonceptivos de barrera adecuados para disminuir la probabilidad de contagiarse de enfermedades de transmisión sexual diversas, así como otros métodos que disminuyen el riesgo de natalidad precoz.
Disminuye conductas sexuales riesgosas, ofreciendo un entorno de empoderamiento para tomar decisiones de cara a la contraconcepción, prácticas sexuales, utilización de medios electrónicos, etc.
esta área y la identificación de conductas abusivas, junto a un comportamiento asertivo, ofrecen cierta protección ante actividades sexuales no deseadas y/o consentidas. También permite poner límites a destratos, sin miedo al rechazo del entorno.
Permite evitar las sensaciones de vergüenza o culpa por las elecciones de compañías sexuales. Pese a estar en el siglo XXI siguen existiendo terapias de reconversión, donde la homosexualidad es tratada como una enfermedad que debe ser curada.
Favorece el diálogo sobre la identidad de género, siendo un tema que causa mucho dolor en quien se observa en el espejo y no se encuentra. Sin embargo, la sociedad aún juzga a quienes toman la decisión de realizar un cambio.
Brinda la oportunidad de decidir cuál es el mejor momento de cada uno para iniciarse en prácticas sexuales ya que, en ocasiones, los chicos y chicas se ven presionados a iniciarse en una vida sexual para la que aún no están preparados.
Limita las conductas y pensamientos penalizadores sobre la vida sexual de las otras personas, como la homofobia o transfobia.
No hablar de estos temas en el ámbito familiar y educativo no significa que los conocimientos no se obtengan por otras vías.
Es común el diálogo entre, sobre todo, adolescentes o la búsqueda en sitios de internet poco fiables, incluso la visualización de pornografía (que se da en casi 7 de cada 10 chicos y chicas de España entre 13 y 17 años).
Esto lleva al desconocimiento sobre un tema central en la vida del ser humano, que puede afectar de manera directa o indirecta a las formas de relacionarse con otros, e incluso derivar en conductas de riesgo.
A su vez, brindar un entorno seguro en el que se pueda hablar de estos temas, favorece la posibilidad de explicar situaciones abusivas que puedan haberse dado con mayor premura que cuando estamos en entornos más distantes.
Por ello es tan importante hablar de estos temas. ¿Te han explicado cosas sobre la sexualidad y la salud sexual?
Si eres padre o familiar y no sabes cómo abordar estos temas, contáctame.
Como comentaba en el post de salud mental, recibir asistencia psicológica suele estar mal visto. Estigmatizado. Así que veamos en cuándo ir al psicólogo está más que justificado:
Sientes que las cosas no te están yendo bien, has perdido la capacidad de disfrutar y proyectar.
Notas dentro tuyo un torbellino de emociones, pensamientos, sensaciones que hacen que sientas que todo te desborde.
Estás pasando por una crisis vital, en la que no sabes cómo continuar con tu vida, si haces lo que te apetece. Sientes que tienes que cambiar algo, pero no el qué.
Has pasado por una situación adversa en tu vida, que de tanto en tanto aparece y que interfiere en tu rutina habitual.
Quieres aprender a gestionar situaciones de una mejor manera, para seguir progresando en tu vida personal y/o profesional.
Acabas de pasar por una ruptura, o te planteas una, y sientes que no estás pensando las cosas con la claridad que requieren. O, incluso, te da miedo equivocarte.
Alguien muy cercano ha fallecido y sientes que no puedes levantar cabeza luego de la pérdida.
Tu vida tiene una alta demanda externa y requiere que estés a tope todo el tiempo, así quieres una vía de escape que te permita seguir dándolo todo.
Crees que te iría bien hablar con alguien, que te brinde puntos de vista objetivos sobre tu vida y tu persona, y que te ayude a plantearte cambios.
Tú o alguien cercano ha recibido un diagnóstico médico que implica cambios vitales o que implican cierta gravedad, y necesitas ayuda para superarlo y/o afrontar la situación lo mejor posible.
Algún peque de casa tiene algunas dificultades para hacer amigos, o para concentrarse; puede que no pare quieto, o que le interesen cosas que al resto de niños no. En este caso, la consulta puede ser por ellos, para ayudar a que mejoren sus habilidades, o por nosotros para que sepamos sobrellevarlo y brindarle herramientas.
Te planteas traer una vida al mundo, pero está siendo difícil o se han planteado complicaciones que no esperabas. O, también, has decidido empezar un proceso que demanda mucho a nivel emocional.
Se te hace difícil decir que no, pedir ayuda, ponerte en un primer plano, pero crees que ya va siendo hora de hacerlo.
Creo que podría continuar hasta la eternidad, porque ir a un psicólogo no requiere de una prescripción determinada, no es necesario encontrarnos mal o tener síntomas que nos incapaciten para el día a día.
Con la pandemia del SARS-CoV-2 hemos aprendido que podemos ser asintomáticos y aún así contagiar. Eso motiva acciones concretas de prevención, aunque nos encontremos bien. Pero, aún así, dudamos si consultamos o no con un profesional en salud mental
Pedir asistencia psicológica no es como comenzar a tomar un antibiótico que creas resistencia si no lo necesitas, ni te pone en riesgo como otros medicamentos que pueden tener contraindicaciones o efectos adversos brutales.
En lo personal, me encanta cuando la gente me escribe o llama porque siente que puede cambiar o mejorar cosas; cuando se sienten bien, pero saben podrían estar aún mejor. Ni que hablar de cuando los síntomas principales remiten, pero quieren continuar porque ven que les va bien en dominios vitales que no habían valorado.
Lamentablemente ni el sistema público, ni las aseguradoras de salud, valoran la salud mental como un trampolín a una mejora sanitaria integral. Esperemos que esto pronto cambie, no es un lujo, es una necesidad.
Hay personas pidiéndole a San Google diagnósticos, síntomas, tratamientos… Hay personas llamando o escribiendo “por consejos” porque no se pueden permitir una terapia privada.
¿Qué calidad pueden tener estas intervenciones? ¿Qué ayuda se puede brindar? ¿Qué valor se le pone al bienestar? ¿Qué valor nos ponemos a nosotros mismos?
Todos, o casi todos, hemos pasado por situaciones de duelo. Casi todos hemos vivido la pérdida de alguna persona querida o cercana.
El duelo, está constituido por todas las reacciones físicas (falta de apetito, insomnio, cefaleas, etc.), emocionales (tristeza, falta de interés o motivación, etc.) y sociales (retraimiento, dificultad para seguir rutinas, etc.) que se producen tras la pérdida. Y las sensaciones pueden variar tanto en su duración, como en su intensidad; dependiendo de cada persona y de cada momento.
Hay que entender al duelo como un proceso de adaptación, y como toda adaptación puede costarnos más o menos, no hay una guía de “cómo adaptarse a…”.
Hasta hace unos años se consideraba que había un tiempo máximo (6 meses) para hacer esta adaptación, estando definido en los manuales diagnósticos este período y las reacciones.
Actualmente entendemos que cada persona lo hace a su manera y con sus tiempos, despatologizando la reacción a un hecho natural, la muerte.
Es conocido que el duelo tiene diversas fases, a lo largo de la historia han ido variando la manera de conceptualizarse, pero lo importante es que se distinguen momentos donde las cogniciones y conductas de la persona van cambiando, aquí quedan resumidas en cuatro fases.
Al recibirse la noticia, se produce la negación o shock inicial. En esta primera fase no somos capaces de comprender y aceptar la información sobre la pérdida. Algunas personas actúan como si no hubiese ocurrido nada y otras, en cambio, se paralizan.
Una vez que la información se ha procesado, aparece la irritabilidad e ira en la búsqueda de la persona perdida. Durante esta fase pueden aparecen reproches a uno mismo, pérdida de seguridad y una bajada de autoestima.
Cuando comienza a asimilarse la nueva situación, aparecen los sentimientos de tristeza y falta de interés vital. La persona comienza a comprender que no se recuperará al ser perdido.
Finalmente, aparece la aceptación de lo ocurrido. La información ha sido asimilada y la persona adapta su vida a la nueva situación, volviendo a la rutina preestablecida, con las modificaciones oportunas para el caso.
Factores protectores
Algunos factores de nuestra vida nos ayudan a llevar estas situaciones de manera tal que el sufrimiento no se cronifique o no implique un dolor insoportable, permitiendo el avance por las etapas recién mencionadas.
Estos son algunos de esos elementos.
Recursos personales, como la gestión emocional, estilo de vida equilibrada, aficiones gratificantes, ausencia de psicopatología previa. Incluso tener la capacidad de encontrar un sentido a lo que ha ocurrido.
Paso del tiempo y retomar la rutina diaria, son elementos que ayudan a avanzar en el proceso del duelo y aceptar la nueva situación. “El tiempo todo lo cura”.
Apoyo familiar y social, así como disfrutar de cierta seguridad económica.
Como vemos, los factores de protección disminuyen al mínimo el stress vital previo. Esto favorece que la persona pueda focalizarse en la asimilación de la nueva situación.
Factores de riesgo
Pero, al momento de valorar a alguien que está viviendo un duelo, también tenemos que pensar si hay factores que podrían poner en riesgo el normal desarrollo del procesamiento, pudiéndose cronificar o volverse un problema de salud mental.
Carencia de herramientas personales para afrontar situaciones, así como antecedentes de psicopatología (ansiedad, depresión, obsesiones, etc.).
Muertes traumáticas, especialmente las violentas. Observándose que las situaciones violentas con características múltiples dificultan más la resolución del duelo. En este sentido, la falta de cuerpo hace más difícil su procesamiento.
La relación que se tenía con la persona fallecida, se considera que la muerte de descendientes es de las más traumáticas, cerca del 20% de los padres que pierden hijos no logran superarlo nunca.
Tener experiencias negativas de pérdidas anteriores, sobre todo cuando éstas son relativamente recientes, y particularmente intensas y/o duraderas.
Dificultades psicosociales diversas (precariedad económica, reducido círculo social, tener que hacerse cargo de niños pequeños, etc.).
Todos estos elementos nos hacen despertar las alarmas, y poner a disposición de la persona que está atravesando una pérdida distintos recursos, con el fin de ayudarla a superarlo lo mejor posible.
Duelo patológico
Se considera que un duelo es patológico cuando aparecen algunas de las siguientes señales de alarma.
Aparición de alucinaciones, sobre ver o escuchar a quien falleció.
Incapacidad para volver a la rutina, teniendo conductas desadaptativas como falta de cuidado personal.
Pueden aparecer constantes autorreproches, irritabilidad, tristeza patológica, ansiedad. Alteraciones en los ciclos circadianos, problemas de alimentación, consumo excesivo de alcohol, etc.
Aumento de consultas médicas por malestar físico general, como dolores corporales, cefaleas pronunciadas, estreñimientos, etc.
Las personas que presentan estas características requerirán de un trabajo terapéutico psicológico y, posiblemente, farmacológico.
La manera de trabajar sobre el duelo dependerá no solo de las características del mismo, sino también (y especialmente) de quién sea la persona que lo está viviendo. No es lo mismo trabajar con niños que, con adolescentes, adultos, o adultos mayores sobre estos temas. Las implicaciones en cada caso son diferentes.
El bullying (o acoso escolar) es un grave problema presente, principalmente, en los entornos educativos. No es un problema de los últimos años, pero el acceso a internet ha favorecido a formas cibernéticas de este tipo de victimizaciones.
Bajo esta palabra encuadramos aquellas situaciones de violencia sistemática que se lleva a cabo entre pares, generalmente en un contexto escolar. Donde quienes ejercen la violencia se encuentran en una posición de superioridad respecto a quien la recibe, que no puede defenderse.
Algunos datos destacan que es una situación tan extendida que se dan situaciones de bullying en, aproximadamente, un tercio de los estudiantes. Observándose que, en los últimos años, han comenzado a darse casos cada vez más prematuros.
Muchas de las actitudes agresivas están normalizadas por la sociedad y quedan encubiertas dentro del campo de la competitividad. Competencia académica o deportiva, éxito social, etc.
Lamentablemente, un buen número de estas ocurren en un contexto de intolerancia a la diversidad. Siendo foco de estas conductas personas con diversidad funcional y/o síndromes genéticos/congénitos diversos.
¿Qué tipo de conductas, consideradas bullying, son las más habituales?
Violencia física como empujar, pegar, patear, robar cosas, romper el material escolar o la ropa, acoso sexual, etc.
Maltrato emocional y/o verbal, en forma de insultos, degradaciones, burlas, comentarios sobre la valía de la víctima, amenazas, chantajes, etc.
Psicosocial como mantener aislada a la persona, más allá de los intentos que esta haga por interactuar. Esta es la forma más habitual en chicas.
El cyberbullying recoge formas anteriores, como puede ser el acoso sexual, amenazas o chantajes, difundir rumores, aislar a la persona, pero en medios electrónicos. Teniendo un mayor alcance, dado que las agresiones pueden venir por parte de gente externa al centro educativo, pero también porque las personas que pueden verlo son más.
Estas situaciones se ven favorecidas por la necesidad de pertenencia de la persona víctima de estos malos tratos, que es aprovechado por quien (o quienes) los lleva a cabo para satisfacer su necesidad de control y dominación.
El papel preventivo, o de intervención temprana, de las instituciones educativas es clave para frenar el acoso.
Si bien, como otro tipo de eventos adversos, la variedad de consecuencias varía ampliamente, las más comunes que tiene este tipo de conductas son:
Alteración en la percepción de uno mismo, observándose baja autoestima y autoconcepto.
Desconfianza social, que lleva a la víctima al aislamiento incluso fuera del entorno en que se da el acoso. Se observa falta de motivación para interactuar con personas, sin importar el comportamiento de estas con la persona.
Problemas en el desempeño académico, fomentados por la falta de motivación e interés en aprender. Que puede verse agravado si el motivo del acoso son dificultades preexistentes.
Promueve estados de ansiedad y depresión, pudiendo llegarse a la ideación y conducta suicida (siendo una de las primeras causas que lo motivan).
Como hemos podido observar en post anteriores, muchas personas pueden sobrellevar este tipo de situaciones sin mayores dificultades, e incluso obtener aprendizajes y herramientas de circunstancias como esta.
Dado que algunos estudios demuestran que existe un bajo nivel de inteligencia emocional en personas que vivieron estas situaciones, es importante realizar un trabajo en este campo. Favoreciendo la autoestima, tolerancia a la frustración, herramientas de afrontamiento, etc.
Longanimidad es una palabra poco conocida, y la RAE la define como:
“Del lat. longanimĭtas, -ātis.
-
- f. Grandeza y constancia de ánimo en las adversidades.
- f. Benignidad, clemencia, generosidad.”
Este concepto, muy cercano al de resiliencia, está más vinculado a lo que se conoce como “crecimiento postraumático”. Lo que implica, no solo adaptarse y sobreponerse a la situación adversa que se haya vivido (ser resiliente), sino aprender de ella y desarrollar nuevas herramientas vitales; e, incluso, obtener beneficios de la misma.
No es, en ningún caso, gracias al trauma que se crece. El trauma ofrece una posibilidad de cambio, y el crecimiento se produce gracias al esfuerzo que hace la persona que ha vivido una situación traumática o estresante para reinterpretar la vida y cambiar las cogniciones previas.
Los eventos estresantes que han sido estudiados que han desarrollado una respuesta de este tipo son muchos y muy diversos. Aquí recojo los que hay evidencia, pero no son los únicos.
Eventos naturales diversos: terremotos, tsunami, alud, incendio forestal, etc.
Diagnóstico de enfermedades de diverso tipo, como la artritis reumatoide, infección de VIH, distintos tipos de cáncer, trasplante de médula, infarto, enfermedades infantiles.
Accidentes viales, o incendios domésticos.
Duelos o pérdidas inesperadas, o especialmente violentas.
Diversas formas de victimización interpersonal, como la agresión o abuso sexual, ser secuestrado, ser refugiado. A su vez, se incluye también ser combatiente de guerra.
Todos podemos desarrollar este tipo de respuestas ante eventos estresantes. Al igual que la resiliencia, el crecimiento postraumático es dinámico. Sin embargo, algunos estudios resaltan los siguientes factores que favorecen a este tipo de respuesta:
Fortaleza y confianza en uno mismo, y propósito vital. Las personas con elevada autoeficacia confían en sus habilidades para afrontar las situaciones desafiantes de manera exitosa; teniendo, también, una mayor claridad y estabilidad en sus metas.
El apoyo social es un predictor importante, sobre todo en las mujeres. Las redes de contención social permiten realizar una narrativa sobre los acontecimientos traumáticos, lo que ayuda a procesar y superar la angustia que la situación comporta. Las relaciones interpersonales, también, favorecen la autoestima y confianza, promoviendo el punto anterior.
Las personas optimistas transforman sus objetivos y metas en comportamientos; esto ayuda que consideren las situaciones traumáticas y/o estresantes como un desafío, que aumenta el compromiso y control de las emociones para hacerle frente con éxito.
Vale, ya sabemos qué es el crecimiento traumático, qué situaciones han generado este tipo de respuesta, factores que ayudan a que se desarrolla, pero ¿qué observamos en las personas que han conseguido el crecimiento postraumático?
Sensación de crecimiento personal y aprendizaje sobre capacidades, habilidades y resistencia propia. Percibiéndose un aumento de la sabiduría y el conocimiento práctico, y sobre uno mismo.
Mejor valoración cualitativa vital, realizándose una apreciación subjetiva de lo que se tiene, lo que se es, y las prioridades vitales. Incluyéndose, también, la sensación de tener suerte; lo cual es visto en muchas personas que se sienten afortunadas por el desenlace que han vivido, apreciando que podría haber sido peor.
También se ha observado un aumento o fortalecimiento de los lazos con las creencias espirituales o existenciales; mostrando un mayor compromiso con las mismas. Encontrándose, incluso, que personas que no tenían creencia religiosa comienzan a creer.
Como vemos, la teoría del crecimiento postraumático nos explica que las experiencias adversas que vivimos pueden ser una oportunidad de crecimiento personal, más allá de la angustia o problemas que pueda llegar a generarnos.
La autoestima es un término que está en boca de todos “es que tengo baja autoestima”, “tiene una autoestima muy alta”, “tiene problemas de autoestima” … pero ¿sabemos cuál es su importancia?
Como su nombre indica, es la estima o valor propio percibido. Esta valoración puede ser de aceptación o rechazo hacia uno mismo, y se mantiene relativamente estable a lo largo de las situaciones vitales.
De manera automática todos nos valoramos; centrándonos en nuestras experiencias cotidianas, en cómo nos valoran los que no rodean (o cómo creemos que lo hacen), en nuestras emociones y pensamientos.
Esta valoración incluye facetas diversas, como el estado de salud, si somos buenas o malas personas, nuestra apariencia, las capacidades y aptitudes que tenemos (tanto físicas como cognitivas), nuestra sexualidad, las interacciones sociales que llevamos a cabo.
La autoestima consta de dos aspectos principales:
El autoconcepto, que es la imagen que tenemos de nosotros mismos (atributos, capacidades, etc.), siendo una de las variables más relevantes para el bienestar personal.
Y la autoaceptación que está centrada en aceptar o rechazar nuestras características; es decir, nuestro autoconcepto.
¿Qué influencia tiene la autoestima?
La autoestima influye de diversas maneras en nuestra vida diaria, incluso más de lo que somos capaces de reconocer.
A nivel cognitivo crea pensamientos de cómo somos y qué podemos hacer, afectando incluso en los procesos de aprendizaje.
Participa también en las emociones y sentimientos que tenemos, respecto a nosotros mismos como hacia los que nos rodean, las situaciones en las que estamos involucrados, etc.
En las relaciones puede observarse su influencia, tanto en la importancia que brindamos a lo que nos dicen, como a cómo nos entregamos a las mismas.
Conductualmente nos animaremos o no a hacer cosas, actuaremos de determinadas maneras e, incluso, podemos desarrollar un estilo más asertivo de interacción tanto con otros como con nosotros.
Como podemos observar, la autoestima tiene incidencia en muchos aspectos de nuestras vidas. Estudios han demostrado que las personas que tienen baja autoestima también tienen mayores dificultades a nivel social, como ansiedad ante las relaciones interpersonales o bajas habilidades sociales. Siendo un factor indispensable para poder hacer frente a nuestro día a día, sobre todo cuando estamos bajo stress.
Su desarrollo y alteraciones
Una de las fuentes del desarrollo de la autoestima es el estilo educativo en primeras etapas de la infancia. Que esto sea así nos permite trabajar sobre el parenting (o el estilo parental) para favorecer una educación que propicie una correcta autoestima.
Sin embargo, igualmente importante es la fase de la adolescencia; en donde los cambios que se producen en la persona, por el propio desarrollo, pueden interferir en la percepción de la propia imagen. Siendo una etapa en la que es imprescindible una buena autoestima, ya que nos ayuda a predecir el ajuste emocional, disminuyendo la presencia de síntomas emocionales; y aportando una mejor adaptación a eventos estresantes.
Situaciones de violencia interpersonal (maltrato, abusos, bullying, victimización cibernética, etc.) pueden acarrear, como consecuencia, problemas de autoestima. Por ello es tan necesario valorar estas situaciones y trabajar en su procesamiento.
Hacerlo, ayudará a mejorar la valoración que hacemos de nosotros mismos y, con ello, nuestra capacidad de afrontar situaciones nuevas.
Y tu autoestima, ¿cómo está? ¿te quieres?
La muerte forma parte de la vida, algunas personas mueren por enfermedades, otras por accidentes, otras sin motivos aparentes, y otras porque deciden poner fin a su vida. En consulta, es muy importante valorar la ideación y conducta suicida, pero también debemos prestar atención en las señales de aquellos que no consultan a un profesional.
Cerca de 800.000 personas deciden quitarse la vida cada año a nivel mundial, considerándose un importante problema de salud pública. Según los últimos informes, cada 40 segundos se produce una muerte por esta causa. Siendo la 2da causa de muerte en jóvenes entre 15 y 29 años.
Por cada suicidio consumado, tenemos muchas más tentativas e ideaciones. Como si de la estructura de iceberg se tratase.
Factores de riesgo nos ayudan a encender las alertas, pero ninguno por sí solo explica la conducta suicida.
Tener un diagnóstico de patología mental, especialmente trastornos afectivos, de control de impulsos, etc. El consumo de alcohol es uno de los principales puntos a tener en cuenta, ya que puede desinhibir la conducta.
Estar pasando por situaciones de crisis que alteran la capacidad para resolver conflictos, como puede ser rupturas amorosas, enfermedades crónicas, problemas financieros.
Haber vivido experiencias adversas como situaciones traumáticas especialmente violentas (desastres, violencia, abusos, pérdidas), junto con la sensación de aislamiento también son un buen indicador de riesgo.
Formar parte de una comunidad objeto de discriminación como migrantes o refugiados, pueblos originarios, colectivo LGTBIQ, reclusos.
El principal factor de riesgo son los intentos previos, cuanto mayor historial tenga una persona de conductas fallidas e ideación, mayores serán las probabilidades que, finalmente, lo consiga.
A su vez, el conocido el efecto Werther o copycat explica otro factor de riesgo, vinculado al conocimiento de noticias explícitas relacionadas con un suicidio. Se lo conoce con este nombre gracias a una novela de 1774 que, tras su publicación, fue seguida de una ola de suicidios imitando la modalidad del protagonista.
Otros estudios han demostrado efectos semejantes con las noticias en medios de comunicación. Por eso, algunos países, prohíben este tipo de titulares explícitos.
Los recursos que se utilizan son muchos y muy diversos, y juegan un papel dentro del proceso psicológico que lleva a la persona a quitarse la vida. Es muy importante valorarlo para adoptar las medidas de prevención oportunas. Porque sí, son prevenibles. ¿Cómo?
Controlando el acceso y disponibilidad de diversos métodos lesivos, o que podrían propiciar la conducta (como el alcohol).
Realizando una correcta profilaxis con la información que aportan los medios de comunicación, escuelas, personal sanitario, etc. Incluyendo foros y chats sobre esta temática.
Agilizando las intervenciones en salud mental, para garantizar una identificación temprana y atención a las personas con algunos de los factores de riesgo antes mencionados.
Formando a los profesionales para evaluar y gestionar conductas suicidas. Así como implementando planes de seguimiento y atención para personas que intentaron suicidarse a nivel comunitario.
Como se puede observar, este tema requiere de intervenciones que aborden distintos aspectos de la persona con ideación y conducta suicida. Pero, sobre todo, requiere que este tema deje de ser tabú, que pueda hablarse abiertamente para poder actuar a tiempo.
Si necesitas ayuda, cuenta conmigo. Hablemos.
Resiliencia es un término que utilizamos de manera bastante común en nuestro día a día. Pero ¿sabemos qué significa? ¿Cuál es la relación entre resiliencia y trauma?
Cuando expliqué algunas consecuencias que podía tener el trauma, también dije que no en todos los casos era así, sino que podía pasar que las personas no desarrolláramos sintomatología ante una situación adversa. Incluso, podemos presentar síntomas compatibles con TEPT, pero que solos vayan mermando, sin la necesidad de una terapia.
Es aquí donde el término que hoy te propongo tiene sentido, ya que implica la capacidad que tenemos de sobreponernos a las situaciones. ¿Cómo? Lo vemos a continuación.
Según la RAE es:
“Del ingl. resilience, y este der. del lat. resiliens, -entis, part. pres. act. de resilīre ‘saltar hacia atrás, rebotar’, ‘replegarse’.
- f. Capacidad de adaptación de un ser vivo frente a un agente perturbador o un estado o situaciónadversos.
- f. Capacidad de un material, mecanismo o sistema para recuperar su estado inicial cuando ha cesado la perturbación a la que había estado sometido.”
El término de resiliencia comenzó a utilizarse para hacer referencia, en la física, a la segunda acepción del término que realiza la RAE. Sobre todo, vinculado a los metales que tenían la capacidad de volver a su estado inicial.
A nivel de trauma, hablamos de la resiliencia en dos sentidos. Por un lado, como la capacidad de soportar el embate vital; y, por otro, como la capacidad de sobreponerse a él y volver a un estado de equilibrio previo (aunque algunos autores prefieren denominar a esta segunda como recuperación postraumática).
Este término es altamente dinámico y no debemos entenderlo como un proceso rígido, sino como la relación entre distintos factores que actúan en cada momento de una manera particular.
¿Qué favorece la resiliencia? Según está visto hay distintos factores que intervienen al momento de afrontar una situación potencialmente traumática.
Factores personales: dentro de este grupo se incluye la personalidad, el autoconcepto, apreciación cognitiva, optimismo, flexibilidad cognitiva, regulación emocional, adaptabilidad. Asimismo, incluye cuestiones más sociodemográficas como la edad, el género, cultura, etc.
Factores biológicos: hay estudios que nos hablan de la incidencia del desarrollo y activación de estructuras cerebrales, así como de sistemas funcionales y neurobiológicos que intervienen en la resiliencia. Estos factores son tan importantes que la alteración en este factor (por causa genética, congénita o por vivencial) puede aumentar el riesgo de psicopatología a lo largo de la vida.
Factores ambientales y del entorno: como el apoyo social, relaciones saludables con amigos y familia, apego seguro, estabilidad vincular, factores culturales, políticas sociales, etc. contribuyen a desarrollar la resiliencia.
Todos estos factores interactúan de manera conjunta en cada momento de la vida de una persona, brindando un tipo de respuesta particular a las adversidades que vivimos.
Nuestra capacidad de resiliencia cambia con las situaciones a las que debemos hacer frente. Pero, también podemos entrenar características personales que nos permitan afrontar las situaciones lo mejor posible.
Si crees que te puedo ayudar, cuenta con ello. Puedes verificar qué modalidad es la mejor para ti o contactar conmigo.
En nuestra memoria el 2020 quedará como sinónimo de pandemia por SARS-CoV-2 (más conocido como COVID-19 o coronavirus), de confinamiento, y distancia social.
Mucho se habla de crisis sanitaria, económica, y social. Pero poco hablamos de las repercusiones emocionales que esta situación nos está generando.
Si nos preguntamos si podemos hablar del SARS-CoV-2 como trauma, estoy segura que muchos diríamos que no, alegando que no lo hemos pasado tan mal en casa o que nadie cercano se ha contagiado o que no hemos sufrido una pérdida directa.
Sin embargo, estudios vinculados a pandemias anteriores muestran que éstas aumentan la prevalencia del TEPT, sobre todo en aquellas personas que están expuestas al virus; por lo que pensar al SARS-CoV-2 como un trauma no es descabellado.
De hecho, estudios actuales comentan que hay un 7% de prevalencia de sintomatología del estrés post-traumático (valores que, según los autores, se incrementarán dado que los datos corresponden al primer mes de pandemia en China).
Aspectos traumáticos de la pandemia
Algunas de las características que resaltan diversos estudios sobre este tema son:
Es un evento sorpresivo que genera una disrupción en la vida cotidiana. Las características de la pandemia generan una sensación de pérdida de control, clave al momento de pensarla como un evento traumático.
Amenaza atentar contra la propia integridad, hecho que queda constatado en los muerto por esta enfermedad; teniendo también consecuencias diversas (sobre todo las relativas a la economía) que amenazan el bienestar personal y familiar.
Esta situación genera un elevado monto de ansiedad anticipatoria, basada en el pronóstico experto de nuevas oleadas, los diversos aumentos de casos, la posible escasez de alimentos o servicios básicos, etc. Todo esto alimentado por los medios. Aumentando la hipervigilancia de las personas.
El aislamiento domiciliario durante períodos de tiempo prolongados ha tenido una doble repercusión; por un lado, a nivel social se han dado menos encuentros y se ha generado más temor a establecer relaciones de proximidad, pero también a nivel cognitivo mediante la aparición y proliferación de pensamientos intrusivos sobre el propio bienestar (relativo al estado de salud, e incluso la muerte).
Estar tanto tiempo en los hogares ha favorecido que las personas tengan más tiempo y, por ende, mayor acceso a recursos de información en donde se podía realizar un seguimiento minuto a minuto de la situación tanto local como mundial. Esto, más el conocimiento de casos cercanos (aunque no nos haya afectado de manera directa), ha promovido la victimización vicaria de la población general.
A su vez, debemos pensar que cada persona estaba en situaciones particulares, que se han agudizado o precipitado a raíz de los confinamientos.
A este respecto, la OMS advierte sobre el riesgo de incrementarse situaciones de violencia intrafamiliar y la poca capacidad de detección de las mismas, que derivan en problemas de salud diversos y a largo plazo.
La situación del personal esencial
Sin lugar a dudas, muchas de las cosas que hemos expuesto hasta aquí son válidas para la población general; pero ¿qué pasa con todos aquellos que han trabajado activamente en la lucha contra el virus, y a favor de mantener con vida a la mayor cantidad de personas posibles?
En estas personas (personal sanitario, de limpieza, seguridad, etc.) todos los puntos mencionados anteriormente se han agudizado mucho, siendo la población con mayor incidencia de victimización vicaria, según algunos estudios y la que más características propias del TEPT presentan.
A su vez, aquellos que trabajan en el ámbito sanitario se han visto, en ocasiones, envueltos en situaciones de discriminación y aislamiento dentro del propio entorno comunitario. Algunos recibieron golpes, insultos, amenazas, y fueron echados de sus propios domicilios o barrios. Esto incrementa el nivel de estrés al que están expuestas estas personas y, por tanto, pueden potenciar la respuesta post-traumática.
Y tú, ¿cómo lo vives? ¿crees que podría ser un trauma para ti todo lo que está pasando, o es algo más en la memoria? Si crees que toda esta situación te ha afectado, cuenta conmigo. Estaré encantada de ayudarte.
Estoy segura que alguna vez escuchaste hablar del Trastorno de Estrés Postraumático (o TEPT). Suele ser de lo que más se habla cuando ocurre cualquier situación traumática.
De hecho, si estás en un proceso judicial por una situación potencialmente traumática, lo primero que se valorará será la presencia de TEPT. Como si fuese un oráculo para determinar si es cierto lo que te ha pasado (quiero aclarar, como el otro post, que no necesariamente desarrollamos TEPT ante un trauma).
Pero, más allá de sonarte, ¿sabes cómo se empezó a hablar de él? En una primera versión del DSM (manual diagnóstico de trastornos mentales) estuvo vinculado al estrés en veteranos y prisioneros de guerra, así como supervivientes de campos de concentración; luego desapareció, pero con el tiempo se vinculó a los veteranos de guerra de Vietnam. Formando un conjunto de síntomas que aparecían tras la vivencia de situaciones traumáticas.
¿Sabes qué características tiene este cuadro? Te dejo algunas de ellas para que las revises. Según el DSM-5, la principal es que haya ocurrido algún evento traumático (inesperado y todo lo que hablamos en el post que explico qué es el trauma), pero veamos qué más características tiene el TEPT:
Memorias intrusivas, que se presentan como recuerdos, juegos o sueños angustiosos (incluso pesadillas), que se presentan sin previo aviso, y cuyo contenido tiene vinculación con el evento traumático.
Disociación, sentir y/o actuar como si se reviviese el suceso traumático. Se puede llegar, incluso, a perder la noción respecto del momento actual.
Malestar físico y emocional ante la exposición a factores vinculados a la situación traumática vivida.
Realizar intentos para evitar los recuerdos traumáticos o los elementos que podrían recordar al evento. Esto incluye lugares, situaciones o personas vinculadas al mismo.
Alteraciones cognitivas y emocionales, como fallos/olvidos en la memoria de la situación traumática, generalización de creencias negativas sobre la propia valía o la de los demás, sensación de culpa o vergüenza, desinterés en el juego y/o en actividades diversas.
Alerta y reactividad excesiva asociada al evento, como puede ser comportamiento irritable, arrebatos de furia, hipervigilancia, sobresaltos continuos, problemas de concentración, dificultades a la hora de dormir (para conciliar o mantener el sueño).
Todos estos síntomas pueden variar en intensidad, duración, características (dependiendo de la situación traumática que hayamos vivido, la edad cuando ello ocurrió, cómo lo valoramos). Por lo tanto, no nos ceñimos a un formato único y puede adquirir diversas presentaciones.
Más allá de la información que te acabo de proporcionar, tengo que hacerte una advertencia/recomendación asentada en la base del último párrafo.
No alcanza con hacer un listado de “late, late, nola, late, nola”. Si has pasado por una situación potencialmente traumática, y crees que puedes tener TEPT, ponte en manos de un profesional especializado. Esto ayudará a determinar si es el diagnóstico correcto y, en caso que así sea, minimizar o eliminar sus síntomas con técnicas específicas y que hayan probado efectividad y eficacia.
Cualquier duda que tengas, contáctame.
En otra entrada has podido saber qué es el trauma, ahora te propongo que nos adentremos un poco en las secuelas (consecuencias) que un trauma puede tener para quien vive este tipo de acontecimientos.
Primero hay que aclarar un punto fundamental. No todas las situaciones potencialmente traumáticas tienen que dejar secuelas inmediatas y evidentes. Algunas secuelas pueden aparecer años después o, incluso, pueden no generar tales.
En cualquier caso, estén o no presentes, no podemos apuntarlas como algo descabellado. ¿Qué quiero decir con esto? Si estás preparando una ensalada, y te cortas con el cuchillo… ¿esperarías que no saliese sangre o que no te doliese? Pues eso, que el trauma no se pueda ver, como una herida externa, no significa que no lo sea.
Esto significa que todas las reacciones son normales, y siempre deberemos trabajar para que estas no interfieran con el discurrir habitual de nuestra vida. Y, si se consolidan en un trastorno, trabajar para atenuar y/o eliminar sus síntomas.
Veamos algunas de las consecuencias más habituales:
Enfermedades crónicas no transmisibles y conductas de riesgo, como puede ser el consumo de sustancias y alcohol. A su vez, en la victimización infantil se lo ha vinculado con mayor propensión a desarrollar obesidad, diabetes y otro tipo de enfermedades crónicas.
Dificultades en la salud sexual y reproductiva, como puede ser el dolor pélvico crónico. Este tipo de dificultades suele darse, principalmente, ante situaciones de trauma sexual.
Alteraciones de salud mental y problemas de conducta, como el Trastorno de Estrés Postraumático (TEPT), depresión, ansiedad, problemas de alimentación y sueño, incluso ideas y conductas suicidas.
Lesiones físicas diversas, dependiendo del tipo de trauma ante el que nos encontremos. Hablamos de heridas físicas que pueden comportar una discapacidad temporal o permanente.
Alteraciones cognitivas y del desarrollo, como bajo rendimiento académico/laboral, dificultades en el habla, dificultades en la atención y concentración.
Problemas de relación, como inseguridad, desconfianza, conducta antisocial, retraimiento social, etc.
Cabe destacar que cada tipo de trauma tendrá su propio perfil potencial de consecuencias. Vivir una situación traumática no implicará, automática e inequívocamente, experimentar todo este listado de posibles síntomas.
Que estas consecuencias aparezcan o no dependerá del tipo de evento, de la edad de la persona afectada, de sus recursos y características previas.
De todos los mencionados, quizás el TEPT sea el más conocido, dada su complejidad por la cantidad de síntomas que implica te invito a que leas la entrada en el blog que habla específicamente de él.
Quiero que tengas en cuenta algo fundamental, que no tengas síntomas no significa que no haya pasado o que no haya sido importante, espero que nadie te haga sentir que una situación no ha sido “para tanto” porque estás bien. Para cuánto ha sido depende exclusivamente de ti. Y, si necesitas ayuda, aquí estaré para brindártela.
Seguramente has oído hablar de trauma más de una vez en tu vida y en más de un contexto.
¿Qué significa trauma? La real academia española entiende lo siguiente:
“Del gr. τραῦμα traûma ‘herida’.
1. m. Choque emocional que produce un daño duradero en el inconsciente.
2. m. Emoción o impresión negativa, fuerte y duradera.
3. m. Med. Lesión duradera producida por un agente mecánico, generalmente externo.”
Como podemos observar, a nivel médico lo usan para expresar la presencia de un accidente que deja consecuencias físicas. Pero, en psicología, lo usamos de una manera diferente; la primera de las definiciones de la RAE tiene un cáliz psicoanalítico, la siguiente está más vinculada a lo que entiende el DSM como trauma.
Pero… ¿qué situaciones podrían derivar en un trauma? En verdad son muchísimas, pero te dejo algunas aquí para que la conozcas.
Accidentales:
Presenciar un accidente, ya sea como actor en el mismo o como observador. Este tipo de situaciones repentinas puede generarnos alteraciones emocionales y físicas que se consideran trauma. Aún más si en tal accidente tienes heridas físicas importantes u observas/asistes a personas con daño físico evidente e, incluso, personas que fallecen en él.
Tener experiencias en donde has sentido impotencia por sentir que no podías hacer nada para cambiar la situación, como encierros en ascensores, habitaciones, etc.
Estar presente en una catástrofe natural como puede ser un tsunami, terremoto, inundación, incendio.
Muerte repentina de un familiar muy allegado, como podría ser un hijo (incluyendo abortos) o padres a edad temprana.
Intencionados:
Vivir una situación de violencia interpersonal, que alguien te haya insultado, pegado, abusado, violado. Este tipo de situaciones en donde la violencia está dirigida directamente hacia nosotros son altamente plausibles de generar trauma. Observar estas situaciones, sobre todo durante la infancia, también puede generar trauma.
Experimentar situaciones de acoso diversos como pueden ser el bullying (acoso escolar), mobbing (acoso laboral), acoso sexual, acoso callejero.
Haber sido víctima de acontecimientos violentos, como un secuestro, torturas, un atentado terrorista, o conflicto bélico.
Derivados:
Estar constantemente trabajando con personas que sufren, o que mueren. Se considera trauma secundario. Comunes en este grupo son personal sanitario, personal de seguridad y emergencias, psicólogos, profesionales del sistema de protección infantil, etc.
Todos eventos, potencialmente traumáticos, pueden derivar en consecuencias diversas que van desde un temor momentáneo (adaptativo a la situación), hasta el conocido trastorno de estrés postraumático.
Se estima que una buena parte de la población ha vivido alguna experiencia traumática (incluso más de una) a lo largo de la vida. Trabajar sobre estas es del todo importante, existiendo diversos abordajes dentro de la psicología.
Si has vivido un trauma, del tipo que sea, puedes contactar conmigo que estaré encantada de ayudarte y darte herramientas para que estés mejor y salgas adelante con muchos más recursos de los que tenías.
