El Síndrome de Down, o trisomía del par 21, es una alteración cromosómica dada por la mutación del par 21. Fue detectada a mediados del 1800 por John Langdon Down.

La incidencia estaba fijada en torno a 1 de cada 1.000 nacimientos. Sin embargo, en los últimos años esto ha disminuido; ya que un 95% de los embarazos son interrumpidos cuando se confirma el diagnóstico en la prueba de cariotipos.  

Alteraciones en el funcionamiento

Esta condición produce afectaciones en diversas áreas del desarrollo y que se mantienen a lo largo de la vida, modificándose según se realiza la estimulación oportuna para mejorar el rendimiento y adaptación general.

Aspectos cognitivos

El déficit intelectual es una de las características más conocidas. La inteligencia en estas personas varía desde inteligencias límite a retraso intelectual profundo. Esto lleva a la pérdida gradual de habilidades, así como a dificultades en sus adquisiciones.

A nivel de lenguaje suelen tardar más en comenzar a hablar, así como en comprender y procesar el lenguaje en sus diversas formas. En ocasiones, las carencias de lenguaje deben ser suplidas con pictogramas para favorecer la comunicación.

También se dan alteraciones en funciones ejecutivas (atención, concentración, inhibición, organización, planificación, velocidad de procesamiento, etc.).

Por lo que respecta al aprendizaje, tienen la capacidad para aprender cosas nuevas, aunque a un ritmo más lento que el resto de la población.

Aspectos conductuales

Hay una mayor predisposición a conductas como hiperactividad, impulsividad, agitación, movimientos repetitivos, desregulación sensorial, etc., esto se debe a la falta del control inhibitorio comentado en el apartado de aspectos cognitivos.

Aspectos psicológicos y emocionales

Algunos de ellos pueden tener presentaciones sintomáticas de ansiedad y depresión. Es común también la presencia de mayor irritabilidad. 

Aspectos sociales

Derivado de algunas dificultades cognitivas, las personas con Síndrome de Down suelen tener problemas para el reconocimiento emocional, la atención conjunta, gesticulación espontánea, y menor dominio motivacional.

Los déficits en diversos ámbitos promueven que estas personas tengan un limitado grupo de apoyo, quedando en el hogar familiar junto con los cuidadores. Sin embargo, muchos alcanzan un grado de desarrollo que les permite introducirse en el mercado laboral, lo que permite el desarrollo de la independencia personal.

Victimización en personas con Síndrome de Down

Las afectaciones anteriormente mencionadas ponen, a las personas con Síndrome de Down, en una situación de vulnerabilidad que las expone a diversas formas de victimización. Al igual que ocurre con otras formas de discapacidad.

Las distintas formas de violencia están presentes en el día a día de todas las personas, pero algunas tenemos la capacidad de discriminar en quiénes podemos confiar, y poder adelantarnos a posibles situaciones abusivas. Esto no ocurre con las personas que tienen este diagnóstico, lo que las expone a diversas formas de victimización interpersonal en los diferentes contextos en los que participan.

Según algunos estudios, tener una discapacidad intelectual aumenta en 3 el riesgo de vivir situaciones de abuso infantil y negligencia. Asimismo, en la edad escolar pueden vivir mayores situaciones de bullying y otras formas de victimización por parte de iguales. En la edad adulta, serían más propensos a ataques físicos y/o sexuales, hurtos y robos.

Intervenciones

Tan importante es trabajar en la adquisición de habilidades psicomotrices, como lo es en el aspecto psicosocial para evitar que sean foco de violencia.

Esto no es siempre así y depende, en gran medida, del grado de discapacidad que se valore. Esta situación desprotege a aquellos que no la tienen tan acusada, exponiéndolos a factores de riesgo para la victimización interpersonal.

¿Sabes a qué hace referencia el concepto de carga mental cuando se habla de ello en relación a las mujeres?

En líneas generales, este término está vinculado a la carga que implica, en una mujer, mantener la actividad laboral/profesional, la planificación, logística, coordinación y toma de decisiones en el ámbito familiar.

¿Por qué en la mujer? ¿Acaso los hombres no pueden tener carga mental?

Evidentemente, la carga mental como tal no conoce de géneros, pero cierto es que los roles de género juegan un papel bastante importante en este tema. Incluso en la actualidad, que muchas familias tienen una distribución equitativa de labores domésticas y los hombres participan mucho más de actividades de cuidado familiar.

Estudios comentan que nosotras empleamos 2-3 horas más cada día que los hombres en este tipo de actividades. Lo que coincide con otras fuentes, que comentan que el 75% de las responsabilidades domésticas recaen en las mujeres y niñas.

Con la entrada de la mujer en el mundo laboral y profesional, y su crecimiento en este ámbito, hubiese sido esperable que las cuestiones domésticas quedasen repartidas. Sin embargo, esto no ha sido así en muchos casos y es la mujer quien debe encargarse de todas aquellas cuestiones, además de sus desafíos laborales y personales.

¿En qué afecta la carga mental?

A nivel cognitivo, se observan olvidos, dificultad para la toma de decisiones, mayor dispersión y menor atención.

Por lo que respecta al ámbito emocional, aumenta el nivel de estrés y ansiedad. Las mujeres encabezan el ranking de consumo de antidepresivos y ansiolíticos. La verificación y planificación constantes puede generar un elevado malestar, incluso sensaciones de culpa y/o vergüenza cuando no se llega a todo, lo que incrementa los problemas de autoestima.

En la esfera relacional, aleja a las mujeres del entorno de amistades habituales, con quienes no se suele compartir estas emociones y sensaciones; sino también pueden generarse dificultades dentro de la pareja, ya que la carga mental genera una elevada desigualdad y descontento. Muchas parejas, incluso, llegan a separarse por ello.

Incluso puede generar afectación a nivel físico, cuando el estrés es elevado pueden aparecer problema gastrointestinales, dificultades para conciliar y mantener el sueño, dolores corporales, etc.

¿Por qué se asocian las tareas de cuidado a la carga mental?

Son actividades poco valoradas, ya que los cuidados del hogar y/o de las personas no se consideran como tareas que hay que llevar a cabo para el correcto funcionamiento familiar. Esto hace que se den por sentados y sean exigidos.

Genera sobrecarga mantener la lista de actividades pendientes y ver que no podrá llegarse a todo. Esto hace que se afecte el sentido de autoeficacia, generando estrés por la sensación de no cumplir con las expectativas sociales.

La falta de reconocimiento de estas actividades, incluso la poca sensación de logro que genera haber llegado a hacerlas hace que sean tareas poco gratificantes. Que se acumulan y generan agobio. A su vez, son tareas que suelen estar acompañadas de dificultades repentinas constantemente.

Algunos estudios comentan que 3 de cada 4 mujeres vive con carga mental, pero muchas de ellas ni siquiera son conscientes de ello; por tanto, ni siquiera lo hablan con otras personas.

Algunos análisis que lo evalúan, muestran que las mujeres presentan puntuaciones de carga mental hasta casi 6 veces mayores a los hombres cuando se les realiza encuestas sobre este tema.

Así de asumido está el rol de género en la sociedad actual, incluso entre nosotras.

Carga mental y COVID-19

Durante la pandemia, con los niños y niñas fuera de las instituciones educativas, los trabajos de cuidado se vieron incrementados. Conjuntamente, las desigualdades económicas entre hombres y mujeres se exacerbaron.

Todo ello ha dado lugar a una regresión en relación a los roles de género pre-establecidos, haciendo que las mujeres incrementen el tiempo a cuidados, disminuyendo su presencia en el mercado laboral. Esto lleva a un mayor riesgo de violencia interpersonal hacia ellas.

¿Cómo se puede salir de situaciones semejantes?

Hablando, hablar de este tema lo hace visible, nos ayuda a poner en perspectiva lo que vivimos y así conseguir las herramientas para solucionarlo de manera duradera.

Estamos acostumbrados a escuchar en las noticias sobre la violencia ejercida en el ámbito de la pareja y las graves consecuencias que eso puede tener. Pero me gustaría hablar de diversas formas de violencia contra las mujeres, según edad y situación.

Las consecuencias que la violencia tiene son muchas y muy diversas, como ocurre en otras situaciones traumáticas. Aunque en la violencia contra las mujeres algunas de estas pueden ser mortales.

Cifras

Las cifras de estimaciones internacionales hablan que 1 de cada 3 mujeres en el mundo viven situaciones de violencia física y/o sexual en algún momento de sus vidas.

Muchas de estas experiencias son llevadas adelante por parte de su pareja, viéndose que casi un tercio de las mujeres que han tenido una relación de pareja refieren haber vivido estas situaciones.

El 38% de los homicidios en mujeres, a nivel mundial, son cometidos por su pareja masculina.

Violencia contra las mujeres en la infancia y adolescencia

Forman parte de este tipo de violencia, algunas de las comentadas en el post sobre maltrato infantil

Doméstica: aquí entraría, por una parte, la exposición a la violencia; pero también la violencia directa, ya sea física, sexual, psicológica. Podrían formar parte, asimismo, aquellas situaciones de sobreexigencias familiares por cumplir un rol de género.

Escolar: no solo entrarían las formas tradicionales de violencia, sino que podríamos incluir la segregación por cuestión de género en el acceso a la educación reglada.

Social: independientemente de la violencia física, sexual, psicológica, la exposición a la violencia comunitaria, la presión por cumplir con roles preestablecidos; podríamos considerar formas de violencia que tienen un fuerte arraigo social, como la mutilación genital femenina. Asimismo, podemos considerar formas de prostitución forzada.

Violencia contra las mujeres en la edad adulta

Algunas no se distinguen especialmente de las victimizaciones en la infancia y adolescencia, aunque pueden verse perpetuadas o, incrementarse el riesgo por factores diversos. 

Doméstica: diversas formas de maltrato dentro del ámbito de la pareja, actualmente muchos países consideran la violencia sexual dentro del ámbito de pareja, pero hasta hace no muchos años eso no pasaba; considerándose que una mujer, por estar en pareja, consentía todas y cada una de las relaciones sexuales.

Laboral: el acceso a puestos de trabajo menos cualificados o percibir un salario inferior, por un mismo puesto, que un hombre. Independientemente de ser un ámbito en el que muchas mujeres viven situaciones de acoso sexual y maltrato psicológico.

Social: comentarios, insultos y degradaciones producto de estereotipos de género, violencia física y sexual. En este ámbito también podemos considerar la prostitución forzada, el tráfico de personas, últimamente hay países que fuerzan a las mujeres a quedarse embarazadas para dar a los niños en adopción. Asimismo, podemos nombrar el acceso a servicios sanitarios, educativos, alimentarios, etc.

Como podemos ver, la violencia hacia las mujeres no es un hecho aislado o limitado al entorno de pareja (que es el que más se conoce), sino que está anclado en la sociedad actual.

Las acciones que se pueden emprender son muchas y muy diversas, desde no normalizar la violencia (en ningún ámbito y ningún colectivo) hasta realizar cambios legislativos y culturales que equilibren las diferencias de género perpetuadas a lo largo de los siglos.

 

Durante la pandemia las situaciones de violencia hacia las mujeres, en el ámbito doméstico, se incrementaron llamativamente. Es por ello que diversos organismos han implementado planes de ayuda a las víctimas.

Sé que puede dar mucho miedo estar encerrada con tu maltratador, pero no permitas que consiga su objetivo, aislarte. Habla con familiares, amigos, profesionales que puedan ayudarte.

Hace un tiempo hablé de las consecuencias del trauma, y una de las primeras que cité estaba relacionado con la alimentación. La relación entre obesidad y trauma ha sido estudiada y aquí te explico un poco qué se ha encontrado.

Datos y cifras de obesidad

Sobrepeso y obesidad son una acumulación excesiva de grasa en el cuerpo, que puede ser perjudicial para la salud. Que una persona encaje en estos supuestos depende, principalmente, de su índice de masa corporal (IMC).

A nivel de datos estadísticos, la obesidad alcanza el nivel suficiente para ser considerada epidemia.

En el año 2016, más de 1900 millones de personas adultas tenían sobrepeso, y más de 650 millones tenían obesidad. Muriendo 2,8 millones de personas cada año por esta causa.

Durante el mismo año, se determinó que 41 millones de niños y niñas menores de 5 años tenían sobrepeso. Lo que aumenta el riesgo de enfermedades diversas y de muerte prematura.

La relación entre la obesidad y trauma

Los estudios han demostrado que las experiencias de victimización infantil (especialmente el abuso sexual y emocional, o el bullying) están asociados a un incremento de entre el 28% y 45% de tener obesidad en la edad adulta. Resultados semejantes se han encontrado en relación a las negligencias (faltar al deber de cuidado y protección).

Sin embargo, algunos estudios indican que no haría falta esperar a la edad adulta para que esta consecuencia se evidencie, pudiendo observarla dentro de la infancia y adolescencia.

Algunos estudios parecerían indicar que las situaciones traumáticas durante la infancia interfieren con el correcto desarrollo neuroendocrino y el funcionamiento del metabolismo, lo que contribuiría a la obesidad.

Otros estudios explican que la sintomatología propia del TEPT (trastorno de estrés postraumático) contribuiría a un aumento de peso, habiéndose encontrado esta relación en estudios que medían el IMC en niños, niñas y adolescentes con este diagnóstico. La sintomatología ansioso-depresiva también se ha observado en personas con obesidad.

 

Estas asociaciones se generaron también en el entorno adulto; por ejemplo, en casos de mujeres y hombres veteranos de guerra, independientemente de la presencia de TEPT.

 

Otros estudios remarcan que la victimización no solo puede ser un factor de riesgo para la obesidad, sino que también puede ser consecuencia de la misma. Como puede ocurrir, por ejemplo, en casos de bullying donde los acosadores se sirven de las características físicas de la víctima para llevar adelante su acoso.

¿Cómo prevenir y tratar?

A continuación propongo algunas de las alternativas que quedan recogidas en los estudios y que se desprenden de todo lo que se comenta líneas arriba.

Hábitos de vida saludables, como hacer ejercicio físico de manera regular o llevar adelante una alimentación equilibrada y balanceada.

Educar a la población infanto-juvenil sobre los riesgos de vivir con obesidad, incorporando hábitos de vida saludable y fomentándolos con políticas públicas en las que ningún niño, niña o adolescente tenga que comer ultraprocesados o demás productos poco saludables.

Establecer una red de apoyo y contención.

Trabajar las emociones que nos puedan estar motivando a comer más o de maneras poco saludables.

Tratar las situaciones traumáticas o potencialmente traumáticas desde que ocurren, para evitar las consecuencias futuras y el establecimiento de mecanismos de resolución de conflictos poco adecuados.

Proporcionar comunicación segura, no normativa. Esto permitirá a los más pequeños explicar sus miedos y vivencias, lo que nos ayudará a prevenir situaciones de victimización o, como mínimo, intervenir prontamente.

No siempre vamos a poder evitar la victimización infantil, pero siempre podremos prevenir sus consecuencias. Prevengamos la obesidad y todas las consecuencias que acarrea.

¿Crees que puedo ayudarte?

A lo largo de la historia, los medios de comunicación han tenido la función de informar a la población sobre los acontecimientos sociales.

Con el paso del tiempo, se ha ido modernizando la manera en que se puede acceder a ellos y, por tanto, también se ha ampliado su rango de influencia.

Estaremos de acuerdo en que, con la digitalización de la información, podemos acceder a medios de comunicación que están dispersos a lo largo y ancho del mundo.

Pero bien, este incremento de competencia en el ámbito ha propiciado la búsqueda de métodos de redacción o presentación de las noticias cada vez más atrayentes para ganar público. Llegando, incluso, a mostrar imágenes explícitas sobre acontecimientos violentos.

Bajo este panorama nos preguntamos, ¿qué influencia puede tener esto en la salud mental? ¿podría favorecer a la ansiedad? ¿tendrá alguna repercusión en nuestras conductas?

Salud emocional

A nivel de salud emocional, tenemos diversos aspectos a tratar. Por un lado, está el sensacionalismo con el que se tratan algunas informaciones y, por otro, el tratamiento mediático que se realiza sobre la salud mental.

Sensacionalismo informativo

Se ha encontrado que la exposición a información relativa al terrorismo, violencia política o seguridad nacional incrementa los niveles de ansiedad de las personas. Sobre todo, cuando la misma viene acompañada de material gráfico explícito.

La ansiedad también se ve incrementada cuando las noticias están vinculadas a las elecciones y planes electorales disponibles, sobre todo en la población juvenil.

Durante la actual pandemia también se ha observado una sobreinformación sensacionalista de la población, lo que genera estados de ansiedad y alarma en el público general.

Sin embargo, el sensacionalismo no parece tener repercusiones sobre depresión u otro tipo de sintomatologías emocionales.

Salud mental

En ocasiones, encontramos noticias que estigmatizan la salud mental y las características de personalidad de quienes aparecen en ellas. Por ejemplo, es común ver que ante un homicidio los medios se preguntan por psicopatología que lo explique.

Este tipo de artículos, que no son pocos, exponen la peligrosidad o lo impredecible que una persona con antecedentes psiquiátricos puede ser, desconociendo que no necesariamente será de esa manera. Esto genera un enorme estigma social.

En general, las noticias relacionadas con salud mental en los medios de comunicación, son más propensas a hablar de enfermedad mental que de salud.

Suicidio

Los suicidios, como hemos visto en otro post, son un problema de salud mental muy importante, por ello hacemos un trato diferenciado del punto anterior. Siendo una de las principales causas de muerte entre las personas con edades comprendidas entre los 15 y 29 años.

Una de las primeras evidencias sobre el efecto de copiado que este tipo de comportamiento puede suscitar fue tras la publicación de una novela de Goethe, ocurriendo lo mismo en diversas ocasiones. Esto se lo conoce como “Efecto Werther” o “efecto Copycat”.

Se ha observado que la aparición de este fenómeno suele estar vinculada a un cubrimiento sensacionalista del suicidio, pudiendo fomentar el comportamiento en personas vulnerables.

Los medios también pueden colaborar en realizar una correcta prevención del suicidio, lo que se conoce como “efecto Papageno”.

Salud física y estética

Muchos medios de comunicación tienen un apartado especial para este tipo de información.

En ocasiones, brindan consejos de salud que son ejemplos para tener un buen funcionamiento, pero también sirven para marcar estándares de belleza y perfección que pueden dañar a quienes leen.

Estudios han encontrado un aumento de la insatisfacción corporal, mayor vergüenza por su cuerpo, ansiedad, distorsión de la imagen corporal, disminuir la autoestima. Lo que afecta a la conducta alimentaria y de consumo de productos de las personas. Todo ello puede traducirse, en algunos casos, en la incursión en prácticas alimentarias restrictivas o la utilización de métodos de purga para evitar el aumento de peso y/o favorecer su pérdida.

En resumen…

Como podemos observar, el sensacionalismo y las noticias creadas con la finalidad comercial pueden generar alteraciones emocionales en las personas que consumen los medios de comunicación de diversa índole.

Estar informados es importante, pero el exceso de información es un grave riesgo para la salud mental (y física) que debemos cuidar.

¿Mi recomendación? Disminuir la exposición a noticias, especialmente las violentas, evitar reproducir vídeos u observar imágenes explícitas de violencia o de situaciones que pueden afectarnos emocionalmente.

Hace unos días la iniciativa global #ENDviolence publicó un vídeo muy ilustrativo sobre los riesgos en internet vinculados al acoso sexual, con cifras que son francamente preocupantes.

Esto ha motivado la realización de esta entrada sobre la prevención del grooming online, para evitar predadores en las redes sociales, especialmente a los pedófilos.

¿Qué entendemos por predadores?

No hay un perfil determinado que nos permita distinguir a estas personas, pero buscan la captación de contenido sexual o potencialmente sexual ya sea para satisfacción propia o para su divulgación en redes de pornografía infantil.

Otra práctica de los predadores es la búsqueda de adolescentes para concretar una cita. Para ello adaptan una identidad falsa que brinda seguridad a la otra parte.

Pueden ser personas adultas o menores de 18 años. Algunas de estas, sienten atracción sexual hacia niños, niñas y adolescentes (pedofilia).

Si bien suelen ser más hombres que mujeres quienes realizan este tipo de prácticas, ambos sexos están representados en las estadísticas internacionales.

¿Cómo se alimenta desde internet?

Internet es un campo enorme, que tiene su lado bueno y el no tan bueno.

Hay una pequeña parte que es pública y a la que podemos acceder las personas usuarias, es todo el contenido que está indexado y, por tanto, podemos buscarlo y visualizarlo. Lo usamos para aprender, comunicarnos, etc.

Después tenemos la internet profunda, donde están aquellos datos menos visibles, que contienen elementos de seguridad. En este nivel, podemos identificar los IP de los usuarios, por ejemplo. Pese a que tiene un nivel de seguridad extra, los usuarios son identificables.

Sin embargo, hay una internet que va más allá. En donde los contenidos son publicados y visualizados de manera anónima. Es en este nivel donde se publica contenido de tipo delictivo, como lo es la pornografía infantil.

En internet víctimas y predadores se encuentran, generando una gran oportunidad para la captación de imágenes, hacer que los niños, niñas y adolescentes visualicen contenido sexual explícito, se produzca el acoso e, incluso, el chantaje.  

Algunas cifras de interés

Hasta el 2019, se registraron unos 5 billones de usuarios de dispositivos móviles. 4 billones de los mismos, son usuarios de internet. Encontrando que casi en la totalidad, 3.5 billones, hacen uso de redes sociales. Estos datos van incrementándose año a año.

Entre Enero de 2018 y el mismo mes de 2019 unos 367 millones de personas son nuevas usuarias de internet. De ellas, 1.8 millones son hombres con interés sexual en niños, niñas y adolescentes.

Otro dato importante, y que no debemos perder de vista, es que 1 de cada 3 usuarios de internet es menor de edad.

Según algunos estudios, uno de cada cinco jóvenes recibe alguna solicitud sexual vía internet al año. Tanto chicos como chicas son víctimas de este tipo de situaciones, cambiando los porcentajes de incidencia dependiendo del grupo etario que valoremos.

Acciones preventivas

Las acciones para prevenir este tipo de situaciones son muchas y muy diversas. Dependerán de la edad de los peques a los que queramos proteger, pero también del tipo de exposición que vivan.  

Recordemos que prevenir este tipo de situaciones, es prevenir la exposición al trauma y, por tanto, a sus consecuencias.

Ante todo, debemos entender que cuando subimos una foto a cualquier red social (Instagram, Facebook, TikTok, WhatsApp, etc.) esta deja de pertenecernos, y comienza a ser parte del mundo digital. Esto implica que cualquier predador puede tener acceso a ella.

Todas las recomendaciones que vienen a continuación no buscan culpabilizarnos por el uso que damos a nuestras imágenes, sino que buscan advertir de la utilidad que un predador puede dar.

Recurrir a la privacidad de las cuentas en redes sociales y chats. Suena algo obvio, pero no todo el mundo tiene sus cuentas personales en privado, o no se preocupan por controlar de manera periódica las políticas de privacidad y que se mantenga la configuración que habíamos establecido.

Evitar los hashtags (#) en las fotos en las que salen niños, niñas y/o adolescentes. Estos han sido creados para conectar a las personas con intereses semejantes; por lo tanto, aunque tengas privada la cuenta, las fotos que los tienen como pie de foto pueden ser visualizadas por personas que utilicen esos términos de búsqueda.

No subir material gráfico (fotos o vídeos) con desnudos parciales o totales. Las fotos tiernas en la ducha, cambiándose para ir a la comida familiar y demás pueden ser carne de cañón para una persona pedófila.

Es recomendable que también evitemos subir material en donde los vestimos de “pequeños adultos”, pensemos que quien se recrea con ellas tiene una distorsión cognitiva que podría activarse con este tipo de material. En caso de adolescentes, es mejor controlar no sólo la ropa sino también las poses.

Reducir las fotos en las que se enseñe cuerpo entero y cara; cuanto menor sea la exposición de los más pequeños, mejor. Recordemos que el derecho a la intimidad no solo rige para los adultos, sino también para los niños, niñas y adolescentes.

Cuando decidimos que nuestros peques tengan acceso a dispositivos con conexión a internet y redes sociales, es importante hacer una labor previa de concientización y psicoeducación. Los controles parentales de poco sirven si nosotros no les enseñamos a un uso seguro de internet. Hablar de estos temas desde la educación y no la punición favorecerá que, ante situaciones de riesgo, recurran a nosotros.

Realizar un control periódico de sus medios digitales, el tipo de contenido que publican, interacciones, etc. puede ayudarnos a aproximarnos a su realidad digital y emplear acciones tempranas cuando vemos que incurren en conductas que comportan cierto riesgo.

Reducir el tiempo de exposición a internet, determinando un periodo máximo de utilización de medios electrónicos y/o de internet. Evidentemente esto requiere de la puesta en práctica, por parte de los adultos, de auto-restricciones que sirvan de ejemplo para los más jóvenes y la búsqueda de actividades complementarias.

Me atajo antes que me digan “bueno, pero si tenemos la cuenta privada…”. Lamento decirlo, pero la pedofilia no entiende de relaciones de proximidad con la familia y/o nuestros peques.

De hecho, un buen número de los abusos sexuales infantiles ocurren dentro del ámbito de ellos, en manos de personas cuidadoras (familiares, educadores, etc.).

¿Aplicabas algunas de estas recomendaciones con anterioridad? Si quieres saber cómo hablar de estas cosas en casa, contacta conmigo y buscamos soluciones que nos ayuden a prevenir.

El sexo y la sexualidad siempre han sido un tema tabú, aún hoy día lo es. Sin embargo, es importante dejarlo de lado y permitirnos hablar de sexualidad desde la infancia en adelante.

La sexualidad implica aspectos biológicos, psicológicos, emocionales, sociales, identitarios, comportamentales, relacionales, etc.

Todos estos aspectos merecen ser tratados desde la primera infancia, siempre adaptado a la fase de desarrollo que corresponda y a las características particulares de cada persona.

Es importante realizar un abordaje integrador, ya que a nivel histórico se ha trabajado en la abstinencia sexual o, en el mejor de los casos, sobre aspectos meramente biológicos y genitales.

¿Cuáles son los beneficios de hacerlo?

Promueve la salud sexual y reproductiva, lo que permite emplear métodos anticonceptivos de barrera adecuados para disminuir la probabilidad de contagiarse de enfermedades de transmisión sexual diversas, así como otros métodos que disminuyen el riesgo de natalidad precoz.

Disminuye conductas sexuales riesgosas, ofreciendo un entorno de empoderamiento para tomar decisiones de cara a la contraconcepción, prácticas sexuales, utilización de medios electrónicos, etc.

esta área y la identificación de conductas abusivas, junto a un comportamiento asertivo, ofrecen cierta protección ante actividades sexuales no deseadas y/o consentidas. También permite poner límites a destratos, sin miedo al rechazo del entorno.

Permite evitar las sensaciones de vergüenza o culpa por las elecciones de compañías sexuales. Pese a estar en el siglo XXI siguen existiendo terapias de reconversión, donde la homosexualidad es tratada como una enfermedad que debe ser curada.

Favorece el diálogo sobre la identidad de género, siendo un tema que causa mucho dolor en quien se observa en el espejo y no se encuentra. Sin embargo, la sociedad aún juzga a quienes toman la decisión de realizar un cambio.

Brinda la oportunidad de decidir cuál es el mejor momento de cada uno para iniciarse en prácticas sexuales ya que, en ocasiones, los chicos y chicas se ven presionados a iniciarse en una vida sexual para la que aún no están preparados.

Limita las conductas y pensamientos penalizadores sobre la vida sexual de las otras personas, como la homofobia o transfobia.

No hablar de estos temas en el ámbito familiar y educativo no significa que los conocimientos no se obtengan por otras vías.

Es común el diálogo entre, sobre todo, adolescentes o la búsqueda en sitios de internet poco fiables, incluso la visualización de pornografía (que se da en casi 7 de cada 10 chicos y chicas de España entre 13 y 17 años).

Esto lleva al desconocimiento sobre un tema central en la vida del ser humano, que puede afectar de manera directa o indirecta a las formas de relacionarse con otros, e incluso derivar en conductas de riesgo.

A su vez, brindar un entorno seguro en el que se pueda hablar de estos temas, favorece la posibilidad de explicar situaciones abusivas que puedan haberse dado con mayor premura que cuando estamos en entornos más distantes.

Por ello es tan importante hablar de estos temas. ¿Te han explicado cosas sobre la sexualidad y la salud sexual?

Si eres padre o familiar y no sabes cómo abordar estos temas, contáctame.  

Somos seres bio-psico-socio-espirituales. Esto significa que debemos encontrar un equilibrio entre diversos aspectos de nuestra vida para poder disfrutar de cierto un estado de bienestar. En los últimos años las investigaciones han puesto el foco en la interacción que se genera entre alimentación y la salud mental.

Tres campos principales de estudio

En este campo podemos encontrar investigaciones que apuntan en diferentes investigaciones y que muestran lo complejo que puede resultar y la cantidad de interacciones que pueden brindarse, veámoslo:

Cómo las emociones influyen en las elecciones y rutinas alimentarias. Por ejemplo, algunos estudios han demostrado que las personas consumen mayor cantidad de alimentos cuando están aburridas, deprimidas o cansadas; comiendo menos cuando sienten miedo, estados de tensión y/o dolor. Asimismo, las personas que sienten bienestar suelen hacer elecciones más saludables que quienes no se sienten bien con sus vidas. Ocurriendo esto mismo con el tamaño de las porciones y la impulsividad con la que se ingieren los alimentos. Las emociones consiguen desarrollar la sensación de hambre, pero de tipo psicológico.

Cómo los alimentos y dietas pueden generarnos estados diversos a nivel emocional y conductual. En este sentido existen como dos aspectos: por un lado, aquellas personas que se obsesionan con la pérdida de peso y esto lleva a distorsiones en la imagen corporal, alteraciones en la autoestima, etc. Pero también tenemos un aspecto vinculado al bienestar que muchas personas sienten cuando comienzan a realizar una dieta balanceada. E incluso, el placer cuando se ingieren determinados alimentos, por ejemplo, el azafrán aumenta el deseo sexual, el chocolate suele degustarse como placentero.

Cómo la alimentación y nuestra salud mental pueden interferir en la microbiota y, a su vez, esta alterar en la segunda. En los últimos años se han hecho diversos estudios sobre qué tipo de alimentos pueden alterar el correcto funcionamiento de nuestra microbiota (que son todas aquellas bacterias saludables que nos ayudan a conseguir un óptimo estado de salud). Pero también se ha incrementado el interés por conocer cómo una alteración en la microbiota intestinal puede afectar y/o estar involucrada en la salud mental. Algunos estudios demuestran alteraciones en casos de TDAH, así como la doble influencia entre el stress y la microbiota que se retroalimentan entre sí.

Llevar adelante una dieta balanceada (incluso la que nuestras madres la lleven antes y durante la gestación) genera beneficios de cara a la constitución de la microbiota de cada uno.

La alimentación no solo influye en nuestras emociones, tiene un papel fundamental para el desarrollo cerebral y, por ende, de su correcto funcionamiento.

Esto hace que sea imprescindible introducir una alimentación saludable desde edades tempranas.

A su vez, por este camino de doble vía, si queremos conseguir objetivos físicos sería recomendable comenzar con un proceso terapéutico paralelo que nos ayude a controlar las emociones y cogniciones que pueden llevarnos a incurrir en déficits o excesos nutricionales.

Como comentaba en el post de salud mental, recibir asistencia psicológica suele estar mal visto. Estigmatizado. Así que veamos en cuándo ir al psicólogo está más que justificado:

Sientes que las cosas no te están yendo bien, has perdido la capacidad de disfrutar y proyectar.

Notas dentro tuyo un torbellino de emociones, pensamientos, sensaciones que hacen que sientas que todo te desborde.

Estás pasando por una crisis vital, en la que no sabes cómo continuar con tu vida, si haces lo que te apetece. Sientes que tienes que cambiar algo, pero no el qué.

Has pasado por una situación adversa en tu vida, que de tanto en tanto aparece y que interfiere en tu rutina habitual.

Quieres aprender a gestionar situaciones de una mejor manera, para seguir progresando en tu vida personal y/o profesional.

Acabas de pasar por una ruptura, o te planteas una, y sientes que no estás pensando las cosas con la claridad que requieren. O, incluso, te da miedo equivocarte.

Alguien muy cercano ha fallecido y sientes que no puedes levantar cabeza luego de la pérdida.

Tu vida tiene una alta demanda externa y requiere que estés a tope todo el tiempo, así quieres una vía de escape que te permita seguir dándolo todo.

Crees que te iría bien hablar con alguien, que te brinde puntos de vista objetivos sobre tu vida y tu persona, y que te ayude a plantearte cambios.

Tú o alguien cercano ha recibido un diagnóstico médico que implica cambios vitales o que implican cierta gravedad, y necesitas ayuda para superarlo y/o afrontar la situación lo mejor posible.

Algún peque de casa tiene algunas dificultades para hacer amigos, o para concentrarse; puede que no pare quieto, o que le interesen cosas que al resto de niños no. En este caso, la consulta puede ser por ellos, para ayudar a que mejoren sus habilidades, o por nosotros para que sepamos sobrellevarlo y brindarle herramientas.

Te planteas traer una vida al mundo, pero está siendo difícil o se han planteado complicaciones que no esperabas. O, también, has decidido empezar un proceso que demanda mucho a nivel emocional.

Se te hace difícil decir que no, pedir ayuda, ponerte en un primer plano, pero crees que ya va siendo hora de hacerlo.

Creo que podría continuar hasta la eternidad, porque ir a un psicólogo no requiere de una prescripción determinada, no es necesario encontrarnos mal o tener síntomas que nos incapaciten para el día a día.

Con la pandemia del SARS-CoV-2 hemos aprendido que podemos ser asintomáticos y aún así contagiar. Eso motiva acciones concretas de prevención, aunque nos encontremos bien. Pero, aún así, dudamos si consultamos o no con un profesional en salud mental

Pedir asistencia psicológica no es como comenzar a tomar un antibiótico que creas resistencia si no lo necesitas, ni te pone en riesgo como otros medicamentos que pueden tener contraindicaciones o efectos adversos brutales.

En lo personal, me encanta cuando la gente me escribe o llama porque siente que puede cambiar o mejorar cosas; cuando se sienten bien, pero saben podrían estar aún mejor. Ni que hablar de cuando los síntomas principales remiten, pero quieren continuar porque ven que les va bien en dominios vitales que no habían valorado.

Lamentablemente ni el sistema público, ni las aseguradoras de salud, valoran la salud mental como un trampolín a una mejora sanitaria integral. Esperemos que esto pronto cambie, no es un lujo, es una necesidad.

Hay personas pidiéndole a San Google diagnósticos, síntomas, tratamientos… Hay personas llamando o escribiendo “por consejos” porque no se pueden permitir una terapia privada.

¿Qué calidad pueden tener estas intervenciones? ¿Qué ayuda se puede brindar? ¿Qué valor se le pone al bienestar? ¿Qué valor nos ponemos a nosotros mismos?

Sin lugar a dudas, todo lo que hacemos en nuestro día a día ayuda o entorpece conseguir un estilo de vida saludable. Muchas veces, cuando nos planificamos actividades, nos olvidamos de cuidar y promover hábitos que propicien la salud mental e, incluso, que la preserven.

No hay salud, sin salud mental

Se estima que son unos 450 millones de personas las que viven a diario con problemas de salud mental. En todos sus tipos: del neurodesarrollo, afectivos, trauma, adicciones, neurodegenerativas, conducta, etc.

Esto significa que 1 de cada 4 tendremos, al menos, un problema de salud mental puntual en nuestra vida. Son más prevalentes en mujeres que en hombres, incluso aquellas modalidades graves que implican una discapacidad.

Lamentablemente, y pese a la alta prevalencia, la salud mental es un tema tabú. Incluso en pleno siglo XXI. Esto no favorece políticas públicas de prevención, ni la correcta psicoeducación comunitaria.

No trabajar sobre este tema nos expone a una mayor vulnerabilidad a enfermedades físicas. Dentro de las cuales consideramos las de corazón, digestivas, cáncer, sexuales, etc. Como puede verse en las consecuencias del trauma.

Sabiendo lo importante que es nuestra salud mental ¿qué podemos hacer para mantenerla y favorecerla?

Mantener rutinas, ya que organizan la mente y propician un entorno conocido y seguro.

Realizar actividad física de manera regular, así como ejercitar nuestro cerebro con juegos de mesa, sudokus, cambios en caminos cotidianos, etc.

Llevar adelante una dieta saludable. Quizás no lo habías pensado, pero los alimentos ayudan a liberar y controlar hormonas, y éstas participan en procesos mentales continuos, entre ellos los estados emocionales.

Privilegiar la vida social y las vías de comunicación interpersonal. Tener la capacidad de hablar con otros nos ayuda a alejarnos de nuestro mundo mental y propicia una mejor resolución de problemas.

Trabajar en vías de resolución de conflictos, autoestima, asertividad. Saber llevar adelante situaciones conflictivas, manteniendo nuestra sensación de valía es de lo más importante.

Dejar tiempo para la recreación, incluso para el aburrimiento. Es sano encontrarse en la situación de la nada, siempre y cuando no sea la norma.

Tomar riesgos, realizar actividades que no creíamos que podríamos hacer. Así como llevar adelante decisiones importantes y que pueden cambiar nuestra vida. Lo que conocemos como “salir de la zona de confort”.

Evidentemente, hay cosas que no están tanto en nuestras manos y que han demostrado influir en la salud mental. Como la posición socio-económica, cuestiones culturales, etc.

Como no siempre tendremos a nuestro alcance el control de todas las variables (si lo intentásemos tampoco sería sano) podemos aplicar algunos de los cuidados previamente propuestos.

¿Tienes salud mental? Esto solo podría responderlo en consulta. Sin embargo, observamos algunos indicadores que están presentes en personas con salubridad mental:

A nivel personal: se observa satisfacción, autoaceptación, felicidad, y buen nivel de autoestima. Somos capaces de no abrumarnos por nuestras emociones, aceptando los embates vitales, nuestra capacidad resiliente e, incluso, longánime.

En el ámbito social: ser capaces de amar, tener en consideración a quienes nos rodean, ser empáticos. Tener la capacidad de confiar y ser suficientemente asertivos tanto para solucionar los conflictos que se puedan plantear, como para poder pedir ayuda cuando la necesitamos.

Por lo que respecta a la vida: tener la posibilidad de hacer frente a las demandas, siendo responsable ante los problemas o situaciones que se nos presentan. Ser capaces de vivir en el aquí y ahora, pero planificando y proyectando en el futuro, sin olvidar que tenemos un pasado. Poder proyectar nuestros objetivos y metas.

En general, tenemos la visión social que si vamos haciendo o nos pasan cosas buenas no tenemos por qué hacer nada más con nuestras vidas. Sin embargo, preservar la salud mental debería ser valorado como cuando vamos al control anual del médico.

¿Hace cuánto que no haces un chequeo general de tu salud mental?

Las habilidades (o competencias sociales) son un conjunto de conductas (verbales o no verbales) que permiten al individuo desarrollarse tanto a nivel individual como interpersonal, expresando sentimientos, actitudes, deseos, opiniones o derechos de manera adecuada a la situación.

Algunas de las conductas en que observamos estas habilidades son:

Mantener contacto visual con las personas mientras se desarrolla una conversación y asegurarse que el resto de personas observan lo mismo que nosotros.

Dar y recibir cumplidos, las gracias o disculpas.

Compartir elementos (comida, juegos, etc.), pedir favores o permiso, ayudar, etc.

Uno de los primeros entornos en los que se desarrollan estas habilidades es la familia, como núcleo primario de aprendizajes. Es importante favorecer la inclusión social, ya que ayuda a prevenir riesgos psicosociales diversos.

Tiene una alta influencia sobre la autoestima, roles sociales, autorregulación, el rendimiento académico, tolerancia al stress y frustración, gestión de conflictos, etc.

Su utilidad no se ciñe a las etapas de desarrollo, sino también a lo largo de la vida adulta, ya que favorecen la adquisición de normas sociales.

Estos son algunos de los aspectos que integran el concepto de habilidades sociales.

La asertividad permite llevar adelante conductas prosociales para la resolución de situaciones que pueden comportar cierta tensión o, incluso, conflicto.

Sociabilidad positiva, basada en la participación en actividades, la capacidad para pedir ayuda (u ofrecerla), comunicarse con quienes nos rodean, compartir, etc.

El desarrollo de la empatía permite ser consciente de los estados emocionales y cognitivos de las personas que tenemos delante y comprenderlo, permitiéndonos un acercamiento a su posición. Esto favorece las interacciones sociales y la reciprocidad de las mismas.

Expresividad emocional y responsibidad afectiva, permite discernir entre las emociones propias y expresarlas; así como las de los demás. Favoreciendo el afrontamiento a emociones displacenteras.

Un punto fundamental es la adecuación social, que hace referencia a la capacidad de actuar según lo esperable en relación al contexto y momento en que estamos.

Las experiencias de apego en la primera infancia, ya que las mismas brindan una base de confianza/desconfianza sobre nosotros y nuestro entorno.

Algunos problemas de salud mental tienen dificultades en habilidades sociales, como podría ser el Trastorno del Espectro del Autismo (TEA), el TDAH, psicopatía, sociopatía, etc.

Vale aclarar que no todos las dificultades en este campo son indicadores de patologías como las antes mencionadas, pero sí que a largo plazo, están relacionadas con la ansiedad y/o depresión, alteraciones conductuales (incluyendo la conducta antisocial), enfermedades cardiovasculares, abuso de sustancias, etc.

Teniendo en cuenta estas posibles consecuencias futuras, es que se propone el trabajo y la intervención para el desarrollo de habilidades sociales desde la infancia. No solo de manera directa con los niños, niñas y adolescentes, sino también con sus cuidadores favoreciendo la parentalidad positiva.

Sin embargo, los adultos también podemos trabajar en ellas y beneficiarnos de cambios en otros dominios personales y sociales.

Habitualmente entendemos los conflictos como situaciones de alta tensión, difíciles de resolver. Solemos adjudicar un sentido negativo a la palabra, como si fuese sinónimo de violencia. Pero no tiene por qué ser así.

Un conflicto está dado por la incompatibilidad que observamos entre modos de actuar, objetivos, percepciones, y/o emociones. Y esto es válido tanto para los conflictos personales, como sociales o grupales.  

Saber resolver estas situaciones no solo es útil para llevarlo acabo de manera constructiva, sino que puede ayudarnos a prevenir síntomas y patologías de salud mental. Asimismo, es útil para evitar resoluciones violentas que pueden implicar mayores perjuicios para todos los implicados.

Revisemos qué factores contribuyen al desarrollo de buenas estrategias para la resolución de conflictos:

La empatía, entendida como el acercamiento a las emociones y pensamientos que tiene otra persona sobre un tema concreto. Entender al otro permite una resolución pacífica y consensuada de los conflictos interpersonales.

Estrategias de resolución basadas en el compromiso y transigencia, fomentando la actitud de “ganar-ganar” y aceptando que los demás pueden tener opiniones diferentes a las nuestras y no, por ello, menos válidas.

El estilo comunicativo asertivo nos permitirá abordar la situación, en lugar de evitarla (pasividad) o ser destructivo con la otra postura (agresividad).

Disponer de conocimiento sobre el tema que se está tratando. La información incompleta puede propiciar el inicio del conflicto, por lo que ampliarla puede ayudar a buscar soluciones que contemplen diversas posturas.

Muchos de estos factores son aplicables no solo a los conflictos interpersonales, sino también a los personales. Mejorando las herramientas disponibles para la gestión de situaciones.

Hay muchas maneras de resolver conflictos, algunas son informales (las que usamos habitualmente) y otras se ven enmarcadas en procesos formales (como las mediaciones judiciales).

La modalidad de elección dependerá del tipo de conflicto, la actitud de los involucrados, y/o la gravedad de la situación.

Adelantarnos, y trabajarlo de manera preventiva, es imprescindible cuando tenemos dificultades en las interacciones sociales de base, como puede ser en los casos de niños, niñas y adolescentes con TDAH, TEA, ansiedad.

Este aprendizaje es capaz de mejorar la tolerancia a la frustración, la búsqueda de resoluciones pacíficas, mejora la autoestima, etc.

Sin embargo, como sociedad, no estamos acostumbrados a hacer entrenamiento en resolución pacífica y, en ocasiones, normalizamos las soluciones violentas o poco adecuadas. El famoso “cachete correctivo”, los gritos, dietas extremas, y un sinfín de modalidades.

Los adultos tenemos la obligación, no solo de enseñarles a los más jóvenes a resolver conflictos, sino también de poner en práctica aquellas modalidades más sanas de hacerlo. Debemos educar en la cultura de la paz.

¿Sabes resolver conflictos? Si quieres puedo darte una mano.

Todos, o casi todos, hemos pasado por situaciones de duelo. Casi todos hemos vivido la pérdida de alguna persona querida o cercana.

El duelo, está constituido por todas las reacciones físicas (falta de apetito, insomnio, cefaleas, etc.), emocionales (tristeza, falta de interés o motivación, etc.) y sociales (retraimiento, dificultad para seguir rutinas, etc.) que se producen tras la pérdida. Y las sensaciones pueden variar tanto en su duración, como en su intensidad; dependiendo de cada persona y de cada momento.

Hay que entender al duelo como un proceso de adaptación, y como toda adaptación puede costarnos más o menos, no hay una guía de “cómo adaptarse a…”.

Hasta hace unos años se consideraba que había un tiempo máximo (6 meses) para hacer esta adaptación, estando definido en los manuales diagnósticos este período y las reacciones.

Actualmente entendemos que cada persona lo hace a su manera y con sus tiempos, despatologizando la reacción a un hecho natural, la muerte.  

Es conocido que el duelo tiene diversas fases, a lo largo de la historia han ido variando la manera de conceptualizarse, pero lo importante es que se distinguen momentos donde las cogniciones y conductas de la persona van cambiando, aquí quedan resumidas en cuatro fases.

Al recibirse la noticia, se produce la negación o shock inicial. En esta primera fase no somos capaces de comprender y aceptar la información sobre la pérdida. Algunas personas actúan como si no hubiese ocurrido nada y otras, en cambio, se paralizan.

Una vez que la información se ha procesado, aparece la irritabilidad e ira en la búsqueda de la persona perdida. Durante esta fase pueden aparecen reproches a uno mismo, pérdida de seguridad y una bajada de autoestima.

Cuando comienza a asimilarse la nueva situación, aparecen los sentimientos de tristeza y falta de interés vital. La persona comienza a comprender que no se recuperará al ser perdido.

Finalmente, aparece la aceptación de lo ocurrido. La información ha sido asimilada y la persona adapta su vida a la nueva situación, volviendo a la rutina preestablecida, con las modificaciones oportunas para el caso.

Factores protectores

Algunos factores de nuestra vida nos ayudan a llevar estas situaciones de manera tal que el sufrimiento no se cronifique o no implique un dolor insoportable, permitiendo el avance por las etapas recién mencionadas.

Estos son algunos de esos elementos.

Recursos personales, como la gestión emocional, estilo de vida equilibrada, aficiones gratificantes, ausencia de psicopatología previa. Incluso tener la capacidad de encontrar un sentido a lo que ha ocurrido.

Paso del tiempo y retomar la rutina diaria, son elementos que ayudan a avanzar en el proceso del duelo y aceptar la nueva situación. “El tiempo todo lo cura”.

Apoyo familiar y social, así como disfrutar de cierta seguridad económica.

Como vemos, los factores de protección disminuyen al mínimo el stress vital previo. Esto favorece que la persona pueda focalizarse en la asimilación de la nueva situación.

Factores de riesgo

Pero, al momento de valorar a alguien que está viviendo un duelo, también tenemos que pensar si hay factores que podrían poner en riesgo el normal desarrollo del procesamiento, pudiéndose cronificar o volverse un problema de salud mental.

Carencia de herramientas personales para afrontar situaciones, así como antecedentes de psicopatología (ansiedad, depresión, obsesiones, etc.).

Muertes traumáticas, especialmente las violentas. Observándose que las situaciones violentas con características múltiples dificultan más la resolución del duelo. En este sentido, la falta de cuerpo hace más difícil su procesamiento.

La relación que se tenía con la persona fallecida, se considera que la muerte de descendientes es de las más traumáticas, cerca del 20% de los padres que pierden hijos no logran superarlo nunca.

Tener experiencias negativas de pérdidas anteriores, sobre todo cuando éstas son relativamente recientes, y particularmente intensas y/o duraderas.

Dificultades psicosociales diversas (precariedad económica, reducido círculo social, tener que hacerse cargo de niños pequeños, etc.).

Todos estos elementos nos hacen despertar las alarmas, y poner a disposición de la persona que está atravesando una pérdida distintos recursos, con el fin de ayudarla a superarlo lo mejor posible.

Duelo patológico

Se considera que un duelo es patológico cuando aparecen algunas de las siguientes señales de alarma.

Aparición de alucinaciones, sobre ver o escuchar a quien falleció.

Incapacidad para volver a la rutina, teniendo conductas desadaptativas como falta de cuidado personal.

Pueden aparecer constantes autorreproches, irritabilidad, tristeza patológica, ansiedad. Alteraciones en los ciclos circadianos, problemas de alimentación, consumo excesivo de alcohol, etc.

Aumento de consultas médicas por malestar físico general, como dolores corporales, cefaleas pronunciadas, estreñimientos, etc.

Las personas que presentan estas características requerirán de un trabajo terapéutico psicológico y, posiblemente, farmacológico.

La manera de trabajar sobre el duelo dependerá no solo de las características del mismo, sino también (y especialmente) de quién sea la persona que lo está viviendo. No es lo mismo trabajar con niños que, con adolescentes, adultos, o adultos mayores sobre estos temas. Las implicaciones en cada caso son diferentes.

Para poder saber cómo desarrollar la asertividad, primero debemos saber qué es y contextualizar las conductas asertivas.

Las personas actuamos de maneras diferentes según la situación; pero, generalmente, utilizamos formas coherentes con nuestro estilo. ¿Qué es esto de los estilos?

Existen 3 tipos de aptitudes sociales de autoafirmación: pasiva, agresiva y asertiva.

En la primera, la persona reprime emociones, necesidades y pensamientos, poniendo por delante los requerimientos del entorno. La segunda se caracteriza por el actuar avasallante, imponiendo los propios intereses. Ambas plantean respuestas cargadas de ansiedad y, generalmente, se las relaciona con baja autoestima.

Diversos teóricos han hablado y hecho referencia a distintos aspectos, pero actualmente existe consenso en que la asertividad hace referencia a la palabra latina assertum”, que significa defender. Lo que nos hace suponer una postura intermedia a las anteriores, pero veámoslo en detenimiento.

¿Qué es la asertividad?

Es la capacidad de mantener una comunicación segura y eficiente. Implica expresar lo sentimos, pensamos, necesitamos y queremos de manera honesta y directa, en el momento preciso y de manera adecuada; haciendo valer nuestros derechos, pero respetando a quien tenemos delante.

Este concepto está estrechamente vinculado al de autoestima, ya que requiere aceptarse y valorarse, considerar que nuestros puntos de vista y emociones son igual de válidos que los de quienes nos rodean.  

Para saber cómo desarrollar la asertividad, tenemos que conocer los factores que ayudan al correcto desarrollo y funcionamiento de la misma. Todos ellos son, como se podrá intuir al leerlos, entrenables y dinámicos en cierta medida.

El primero es una buena autoestima, no caer en críticas constantes y desmesuradas sobre quién somos y lo que valemos. Nuestra autoestima y autoconcepto se retroalimentan, a su vez, de las conductas asertivas.

Autocontrol, como su nombre indica, es la capacidad de tener el control sobre los pensamientos y acciones propios. Siendo especialmente importante mantenerlo en aquellas situaciones estresantes o en las que estamos bajo presión. Ser capaces de tener un cierto umbral de control permitirá gestionar nuestras necesidades y la manera en que las expresamos.

La capacidad que tenemos para identificar, distinguir y expresar las emociones propias, así como nuestras necesidades.

El sentido de independencia, muy vinculado también al de autoestima, nos propicia la percepción de poder expresarnos independientemente de quién tengamos delante.

Finalmente, pero no menos importante, las habilidades para resolver problemas, ya que las mismas nos permiten abordar las situaciones de las maneras más apropiadas, teniendo en consideración diversos factores personales y contextuales.

La asertividad puede ayudarnos a prevenir situaciones que acaben siendo un trauma interpersonal de diversas características y en diferentes momentos de nuestra vida.

Asimismo, ayuda a mejorar nuestras relaciones tanto las que tenemos con otras personas, como la que mantenemos con nosotros mismos.

Uno de los mejores indicadores que podemos tener de la asertividad es saber decir que no, así que te planteo la siguiente pregunta ¿sabes decir que no? Quizás va siendo hora, ¿no crees?

Longanimidad es una palabra poco conocida, y la RAE la define como:

Del lat. longanimĭtas, -ātis.

    1. f. Grandeza y constancia de ánimo en las adversidades.
    2. f. Benignidad, clemencia, generosidad.”

Este concepto, muy cercano al de resiliencia, está más vinculado a lo que se conoce como “crecimiento postraumático”. Lo que implica, no solo adaptarse y sobreponerse a la situación adversa que se haya vivido (ser resiliente), sino aprender de ella y desarrollar nuevas herramientas vitales; e, incluso, obtener beneficios de la misma.

No es, en ningún caso, gracias al trauma que se crece. El trauma ofrece una posibilidad de cambio, y el crecimiento se produce gracias al esfuerzo que hace la persona que ha vivido una situación traumática o estresante para reinterpretar la vida y cambiar las cogniciones previas.

Los eventos estresantes que han sido estudiados que han desarrollado una respuesta de este tipo son muchos y muy diversos. Aquí recojo los que hay evidencia, pero no son los únicos.

Eventos naturales diversos: terremotos, tsunami, alud, incendio forestal, etc.

Diagnóstico de enfermedades de diverso tipo, como la artritis reumatoide, infección de VIH, distintos tipos de cáncer, trasplante de médula, infarto, enfermedades infantiles.

Accidentes viales, o incendios domésticos.

Duelos o pérdidas inesperadas, o especialmente violentas.

Diversas formas de victimización interpersonal, como la agresión o abuso sexual, ser secuestrado, ser refugiado. A su vez, se incluye también ser combatiente de guerra.

Todos podemos desarrollar este tipo de respuestas ante eventos estresantes. Al igual que la resiliencia, el crecimiento postraumático es dinámico. Sin embargo, algunos estudios resaltan los siguientes factores que favorecen a este tipo de respuesta:

Fortaleza y confianza en uno mismo, y propósito vital. Las personas con elevada autoeficacia confían en sus habilidades para afrontar las situaciones desafiantes de manera exitosa; teniendo, también, una mayor claridad y estabilidad en sus metas.

El apoyo social es un predictor importante, sobre todo en las mujeres. Las redes de contención social permiten realizar una narrativa sobre los acontecimientos traumáticos, lo que ayuda a procesar y superar la angustia que la situación comporta. Las relaciones interpersonales, también, favorecen la autoestima y confianza, promoviendo el punto anterior.

Las personas optimistas transforman sus objetivos y metas en comportamientos; esto ayuda que consideren las situaciones traumáticas y/o estresantes como un desafío, que aumenta el compromiso y control de las emociones para hacerle frente con éxito.

Vale, ya sabemos qué es el crecimiento traumático, qué situaciones han generado este tipo de respuesta, factores que ayudan a que se desarrolla, pero ¿qué observamos en las personas que han conseguido el crecimiento postraumático?

Sensación de crecimiento personal y aprendizaje sobre capacidades, habilidades y resistencia propia. Percibiéndose un aumento de la sabiduría y el conocimiento práctico, y sobre uno mismo.

Mejor valoración cualitativa vital, realizándose una apreciación subjetiva de lo que se tiene, lo que se es, y las prioridades vitales. Incluyéndose, también, la sensación de tener suerte; lo cual es visto en muchas personas que se sienten afortunadas por el desenlace que han vivido, apreciando que podría haber sido peor.

También se ha observado un aumento o fortalecimiento de los lazos con las creencias espirituales o existenciales; mostrando un mayor compromiso con las mismas. Encontrándose, incluso, que personas que no tenían creencia religiosa comienzan a creer.

Como vemos, la teoría del crecimiento postraumático nos explica que las experiencias adversas que vivimos pueden ser una oportunidad de crecimiento personal, más allá de la angustia o problemas que pueda llegar a generarnos.

Los trastornos o problemas de aprendizaje quedan incluidos dentro de lo que se conoce como “Trastornos del neurodesarrollo”, al igual que el TDAH o el autismo.

Consiste en una alteración en la capacidad que tiene el cerebro para percibir y/o procesar la información del ambiente (ya sea verbal o no verbal) de manera adecuada. Esta alteración es independiente del nivel de inteligencia, las ayudas recibidas para compensarlas o las oportunidades socioculturales de escolarización.

No está vinculado al retraso en el desarrollo de habilidades como caminar o hablar, sino a los procesos de enseñanza-aprendizaje. Es por ello que suelen detectarse cuando comienza la escolaridad, ya que es dificultoso estar a la altura de las exigencias académicas.

Los problemas de aprendizaje suelen estar vinculados a un dominio puntual, pero esta alteración puede generar dificultades académicas diversas, problemas de conducta, o alteraciones en el estado de ánimo (ansiedad y/o depresión). Quienes tienen este tipo de dificultades tienden a aislarse cada vez más del entorno, dificultando el cuadro general.

Es sumamente necesario detectarlos a tiempo, para evitar que los frecuentes fallos académicos eleven la frustración, minimicen la motivación y disminuyan la autoestima.

A grandes rasgos, se detectan cuatro tipos de problemas de aprendizaje:

Dificultades en la lectura (o dislexia), son diversas y la presencia de un tipo de alteración no tiene por qué implicar otro. Esta incluye enlentecimiento y falta de fluidez (lectura por palabras, lenta, vacilación, etc.), poca precisión (cambio de palabras, invenciones, dificultad para expresarlas, etc.), y problemas para comprender lo que se lee (puede leerlo correctamente, pero no entender el significado, la oración, las relaciones que se establecen en la misma, etc.).

Dificultades en la escritura, presentando problemas de corrección ortográfica (añadir, omitir o sustituir letras), gramatical y/o puntuación, o en la claridad y/u organización de la expresión escrita (mala organización de párrafos, expresión de ideas poco claras, etc.).

Dificultades matemáticas (o discalculia), lo que implica problemas en el sentido de los números (mala comprensión de los números, magnitud y relaciones), memorización de operaciones aritméticas (realizar conteo con dedos), cálculo correcto y/o fluido (intercambio de procedimientos matemáticos), razonamiento matemático (dificultad para aplicar conceptos, hechos u operaciones).

Dificultades no verbales (o de aprendizaje procedimental); que, si bien no están incluidos en el DSM-5 como específicos del aprendizaje, los estudios los contemplan como tal por la gran implicación que tienen en los procesos. En este grupo encontramos déficits perceptivos (táctiles y visuales), en las habilidades de coordinación psicomotriz (como subir escaleras, andar en bicicleta, etc.), y destreza para manipular materiales (moticidad fina y gruesa).

Algunas de estas dificultades pueden coexistir entre sí, o formar parte de un cuadro más complejo y acompañar a otro diagnóstico, como el TDAH con el que tiene una elevada comorbilidad.

En la población infantojuvenil, este tipo de problemas de aprendizaje requiere de intervenciones coordinadas, que incluyan:

La autoestima es un término que está en boca de todos “es que tengo baja autoestima”, “tiene una autoestima muy alta”, “tiene problemas de autoestima” … pero ¿sabemos cuál es su importancia?

Como su nombre indica, es la estima o valor propio percibido. Esta valoración puede ser de aceptación o rechazo hacia uno mismo, y se mantiene relativamente estable a lo largo de las situaciones vitales.

De manera automática todos nos valoramos; centrándonos en nuestras experiencias cotidianas, en cómo nos valoran los que no rodean (o cómo creemos que lo hacen), en nuestras emociones y pensamientos.

Esta valoración incluye facetas diversas, como el estado de salud, si somos buenas o malas personas, nuestra apariencia, las capacidades y aptitudes que tenemos (tanto físicas como cognitivas), nuestra sexualidad, las interacciones sociales que llevamos a cabo.

La autoestima consta de dos aspectos principales:

El autoconcepto, que es la imagen que tenemos de nosotros mismos (atributos, capacidades, etc.), siendo una de las variables más relevantes para el bienestar personal.

Y la autoaceptación que está centrada en aceptar o rechazar nuestras características; es decir, nuestro autoconcepto.  

¿Qué influencia tiene la autoestima?

La autoestima influye de diversas maneras en nuestra vida diaria, incluso más de lo que somos capaces de reconocer.

A nivel cognitivo crea pensamientos de cómo somos y qué podemos hacer, afectando incluso en los procesos de aprendizaje.

Participa también en las emociones y sentimientos que tenemos, respecto a nosotros mismos como hacia los que nos rodean, las situaciones en las que estamos involucrados, etc.

En las relaciones puede observarse su influencia, tanto en la importancia que brindamos a lo que nos dicen, como a cómo nos entregamos a las mismas.

Conductualmente nos animaremos o no a hacer cosas, actuaremos de determinadas maneras e, incluso, podemos desarrollar un estilo más asertivo de interacción tanto con otros como con nosotros.

Como podemos observar, la autoestima tiene incidencia en muchos aspectos de nuestras vidas. Estudios han demostrado que las personas que tienen baja autoestima también tienen mayores dificultades a nivel social, como ansiedad ante las relaciones interpersonales o bajas habilidades sociales. Siendo un factor indispensable para poder hacer frente a nuestro día a día, sobre todo cuando estamos bajo stress.

Su desarrollo y alteraciones

Una de las fuentes del desarrollo de la autoestima es el estilo educativo en primeras etapas de la infancia. Que esto sea así nos permite trabajar sobre el parenting (o el estilo parental) para favorecer una educación que propicie una correcta autoestima.

Sin embargo, igualmente importante es la fase de la adolescencia; en donde los cambios que se producen en la persona, por el propio desarrollo, pueden interferir en la percepción de la propia imagen. Siendo una etapa en la que es imprescindible una buena autoestima, ya que nos ayuda a predecir el ajuste emocional, disminuyendo la presencia de síntomas emocionales; y aportando una mejor adaptación a eventos estresantes.

Situaciones de violencia interpersonal (maltrato, abusos, bullying, victimización cibernética, etc.) pueden acarrear, como consecuencia, problemas de autoestima. Por ello es tan necesario valorar estas situaciones y trabajar en su procesamiento.

Hacerlo, ayudará a mejorar la valoración que hacemos de nosotros mismos y, con ello, nuestra capacidad de afrontar situaciones nuevas.

Y tu autoestima, ¿cómo está? ¿te quieres?

La muerte forma parte de la vida, algunas personas mueren por enfermedades, otras por accidentes, otras sin motivos aparentes, y otras porque deciden poner fin a su vida. En consulta, es muy importante valorar la ideación y conducta suicida, pero también debemos prestar atención en las señales de aquellos que no consultan a un profesional.

Cerca de 800.000 personas deciden quitarse la vida cada año a nivel mundial, considerándose un importante problema de salud pública. Según los últimos informes, cada 40 segundos se produce una muerte por esta causa. Siendo la 2da causa de muerte en jóvenes entre 15 y 29 años.

Por cada suicidio consumado, tenemos muchas más tentativas e ideaciones. Como si de la estructura de iceberg se tratase.

 

Factores de riesgo nos ayudan a encender las alertas, pero ninguno por sí solo explica la conducta suicida.

Tener un diagnóstico de patología mental, especialmente trastornos afectivos, de control de impulsos, etc. El consumo de alcohol es uno de los principales puntos a tener en cuenta, ya que puede desinhibir la conducta.

Estar pasando por situaciones de crisis que alteran la capacidad para resolver conflictos, como puede ser rupturas amorosas, enfermedades crónicas, problemas financieros.

Haber vivido experiencias adversas como situaciones traumáticas especialmente violentas (desastres, violencia, abusos, pérdidas), junto con la sensación de aislamiento también son un buen indicador de riesgo.

Formar parte de una comunidad objeto de discriminación como migrantes o refugiados, pueblos originarios, colectivo LGTBIQ, reclusos.

El principal factor de riesgo son los intentos previos, cuanto mayor historial tenga una persona de conductas fallidas e ideación, mayores serán las probabilidades que, finalmente, lo consiga.

A su vez, el conocido el efecto Werther o copycat explica otro factor de riesgo, vinculado al conocimiento de noticias explícitas relacionadas con un suicidio. Se lo conoce con este nombre gracias a una novela de 1774 que, tras su publicación, fue seguida de una ola de suicidios imitando la modalidad del protagonista.

Otros estudios han demostrado efectos semejantes con las noticias en medios de comunicación. Por eso, algunos países, prohíben este tipo de titulares explícitos.

 

Los recursos que se utilizan son muchos y muy diversos, y juegan un papel dentro del proceso psicológico que lleva a la persona a quitarse la vida. Es muy importante valorarlo para adoptar las medidas de prevención oportunas. Porque sí, son prevenibles. ¿Cómo?

Controlando el acceso y disponibilidad de diversos métodos lesivos, o que podrían propiciar la conducta (como el alcohol).

Realizando una correcta profilaxis con la información que aportan los medios de comunicación, escuelas, personal sanitario, etc. Incluyendo foros y chats sobre esta temática.

Agilizando las intervenciones en salud mental, para garantizar una identificación temprana y atención a las personas con algunos de los factores de riesgo antes mencionados.

Formando a los profesionales para evaluar y gestionar conductas suicidas. Así como implementando planes de seguimiento y atención para personas que intentaron suicidarse a nivel comunitario.

Como se puede observar, este tema requiere de intervenciones que aborden distintos aspectos de la persona con ideación y conducta suicida. Pero, sobre todo, requiere que este tema deje de ser tabú, que pueda hablarse abiertamente para poder actuar a tiempo.

Si necesitas ayuda, cuenta conmigo. Hablemos.

La OMS fija la prevalencia de personas que viven con síntomas de ansiedad cerca del 10% de la población mundial, estos datos también se han visto reflejados en estudios de España. Siendo, junto a la depresión, el trastorno que afecta a más número de personas.  

La ansiedad es un trastorno mayormente presente en las mujeres que en los hombres.

Ansiedad y palabras derivadas o semejantes son de uso muy habitual, pero pocas veces los usamos de manera correcta o sabiendo exactamente qué implica. Tiene implicaciones diversas, y hay personas que realmente sufren con ella.

En ocasiones, confundimos el miedo con la ansiedad. Más allá que ambos pueden solaparse, e incluso influirse, ya que una situación que nos genera miedo puede desarrollarnos ansiedad, pero debemos entender que:

Miedo: es una reacción emocional a una amenaza inminente, ya sea real o imaginaria.

Ansiedad: es la respuesta emocional a una amenaza futura, real o imaginaria.

Esta diferenciación nos da una pista de por dónde pueden ir los tiros, ya que la anticipación es una de las características de la ansiedad, repasemos algunas de sus características:

Aparece de manera anticipatoria a eventos o situaciones que se valoran cognitivamente como amenazantes.

Aumento del sistema autónomo (respiración y ritmo cardíaco) para prepararse para la huida.

Evitación de aquellas situaciones que son plausibles de generar malestar. O de las circunstancias donde el estímulo que genera ansiedad pueda estar presente (o presentarse).

El tipo de ansiedad que tengamos dependerá de diversos factores, como la intensidad de los síntomas, qué la origina, el momento vital de la persona, o su edad de desarrollo.

Los tipos de ansiedad más habituales son:

Trastorno de ansiedad por separación, especialmente en niños y niñas pequeños ante la separación del hogar y/o de las figuras de apego.

Mutismo selectivo, también en la población infantil que no tiene problemas de habla, excepto en determinadas situaciones sociales.

Fobia específica que, como su nombre indica, es un miedo excesivo e irracional a una situación concreta y bien delimitada.

Fobia social o ansiedad social, es cuando la tenemos ansiedad muy intensa ante situaciones sociales diversas, que no necesariamente abarcan todas las que mantiene en su vida.

Trastorno de pánico, caracterizado por los famosos ataques de pánico.

Agorafobia, vinculada a diversas situaciones fuera del entorno doméstico como puede ser transporte público, espacios abiertos, sitios cerrados, multitudes, etc.

Trastorno de ansiedad generalizada, que abarca diversas situaciones o actividades de la vida diaria.

A su vez, la ansiedad puede aparecer como respuesta a la ingesta de fármacos o drogas que, como efecto secundario, incrementen el nivel de ansiedad de la persona.

Hay dos grandes grupos que, antes se trabajaban y consideraban parte de los trastornos de ansiedad, pero por sus características más particulares se han establecido como categorías propias y separadas de la ansiedad. Por un lado, las situaciones traumáticas y TEPT, del que he hablado en otro post (aunque no expliqué toda la diversidad de trastornos vinculados al trauma en el mismo), y en segundo lugar el TOC (Trastorno obsesivo compulsivo).

Es importante destacar que el miedo y la ansiedad tienen un componente adaptativo, que colabora en la supervivencia. De no tener una cierta cuota de ellos, seríamos temerarios y, posiblemente, nos pondríamos en riesgo de manera reiterada. El problema aparece cuando nuestras reacciones llegan al punto de afectarnos en nuestro día a día.

Con cuadros de ansiedad se trabaja de maneras diversas, siempre valorando meticulosamente su presencia y el grado en el que nos esté afectando. La psicoterapia es fundamental para conocer su origen, aprender a controlarla y trabajar de manera directa con sus causas. Pero, en ocasiones, podemos necesitar derivar a un profesional que decida si sería adecuado el uso de ayuda farmacológica.

 

Es muy importante tratarlos, ya que pueden empeorar con el tiempo. Siendo especialmente importante el tratamiento de la ansiedad en la etapa infantil. Si tienes cualquier duda, no dudes en escribirme que estoy para ayudarte.

En nuestra memoria el 2020 quedará como sinónimo de pandemia por SARS-CoV-2 (más conocido como COVID-19 o coronavirus), de confinamiento, y distancia social.

Mucho se habla de crisis sanitaria, económica, y social. Pero poco hablamos de las repercusiones emocionales que esta situación nos está generando. 

Si nos preguntamos si podemos hablar del SARS-CoV-2 como trauma, estoy segura que muchos diríamos que no, alegando que no lo hemos pasado tan mal en casa o que nadie cercano se ha contagiado o que no hemos sufrido una pérdida directa.

Sin embargo, estudios vinculados a pandemias anteriores muestran que éstas aumentan la prevalencia del TEPT, sobre todo en aquellas personas que están expuestas al virus; por lo que pensar al SARS-CoV-2 como un trauma no es descabellado.

De hecho, estudios actuales comentan que hay un 7% de prevalencia de sintomatología del estrés post-traumático (valores que, según los autores, se incrementarán dado que los datos corresponden al primer mes de pandemia en China).

Aspectos traumáticos de la pandemia

Algunas de las características que resaltan diversos estudios sobre este tema son:

Es un evento sorpresivo que genera una disrupción en la vida cotidiana. Las características de la pandemia generan una sensación de pérdida de control, clave al momento de pensarla como un evento traumático.

Amenaza atentar contra la propia integridad, hecho que queda constatado en los muerto por esta enfermedad; teniendo también consecuencias diversas (sobre todo las relativas a la economía) que amenazan el bienestar personal y familiar.

Esta situación genera un elevado monto de ansiedad anticipatoria, basada en el pronóstico experto de nuevas oleadas, los diversos aumentos de casos, la posible escasez de alimentos o servicios básicos, etc. Todo esto alimentado por los medios. Aumentando la hipervigilancia de las personas.

El aislamiento domiciliario durante períodos de tiempo prolongados ha tenido una doble repercusión; por un lado, a nivel social se han dado menos encuentros y se ha generado más temor a establecer relaciones de proximidad, pero también a nivel cognitivo mediante la aparición y proliferación de pensamientos intrusivos sobre el propio bienestar (relativo al estado de salud, e incluso la muerte).

Estar tanto tiempo en los hogares ha favorecido que las personas tengan más tiempo y, por ende, mayor acceso a recursos de información en donde se podía realizar un seguimiento minuto a minuto de la situación tanto local como mundial. Esto, más el conocimiento de casos cercanos (aunque no nos haya afectado de manera directa), ha promovido la victimización vicaria de la población general.

A su vez, debemos pensar que cada persona estaba en situaciones particulares, que se han agudizado o precipitado a raíz de los confinamientos.

A este respecto, la OMS advierte sobre el riesgo de incrementarse situaciones de violencia intrafamiliar y la poca capacidad de detección de las mismas, que derivan en problemas de salud diversos y a largo plazo.

La situación del personal esencial

Sin lugar a dudas, muchas de las cosas que hemos expuesto hasta aquí son válidas para la población general; pero ¿qué pasa con todos aquellos que han trabajado activamente en la lucha contra el virus, y a favor de mantener con vida a la mayor cantidad de personas posibles?

En estas personas (personal sanitario, de limpieza, seguridad, etc.) todos los puntos mencionados anteriormente se han agudizado mucho, siendo la población con mayor incidencia de victimización vicaria, según algunos estudios y la que más características propias del TEPT presentan.

A su vez, aquellos que trabajan en el ámbito sanitario se han visto, en ocasiones, envueltos en situaciones de discriminación y aislamiento dentro del propio entorno comunitario. Algunos recibieron golpes, insultos, amenazas, y fueron echados de sus propios domicilios o barrios. Esto incrementa el nivel de estrés al que están expuestas estas personas y, por tanto, pueden potenciar la respuesta post-traumática.

 

Y tú, ¿cómo lo vives? ¿crees que podría ser un trauma para ti todo lo que está pasando, o es algo más en la memoria? Si crees que toda esta situación te ha afectado, cuenta conmigo. Estaré encantada de ayudarte. 

En otra entrada has podido saber qué es el trauma, ahora te propongo que nos adentremos un poco en las secuelas (consecuencias) que un trauma puede tener para quien vive este tipo de acontecimientos.

Primero hay que aclarar un punto fundamental. No todas las situaciones potencialmente traumáticas tienen que dejar secuelas inmediatas y evidentes. Algunas secuelas pueden aparecer años después o, incluso, pueden no generar tales.

En cualquier caso, estén o no presentes, no podemos apuntarlas como algo descabellado. ¿Qué quiero decir con esto? Si estás preparando una ensalada, y te cortas con el cuchillo… ¿esperarías que no saliese sangre o que no te doliese? Pues eso, que el trauma no se pueda ver, como una herida externa, no significa que no lo sea.

Esto significa que todas las reacciones son normales, y siempre deberemos trabajar para que estas no interfieran con el discurrir habitual de nuestra vida. Y, si se consolidan en un trastorno, trabajar para atenuar y/o eliminar sus síntomas.

Veamos algunas de las consecuencias más habituales:

Enfermedades crónicas no transmisibles y conductas de riesgo, como puede ser el consumo de sustancias y alcohol. A su vez, en la victimización infantil se lo ha vinculado con mayor propensión a desarrollar obesidad, diabetes y otro tipo de enfermedades crónicas.

Dificultades en la salud sexual y reproductiva, como puede ser el dolor pélvico crónico. Este tipo de dificultades suele darse, principalmente, ante situaciones de trauma sexual.

Alteraciones de salud mental y problemas de conducta, como el Trastorno de Estrés Postraumático (TEPT), depresión, ansiedad, problemas de alimentación y sueño, incluso ideas y conductas suicidas.

Lesiones físicas diversas, dependiendo del tipo de trauma ante el que nos encontremos. Hablamos de heridas físicas que pueden comportar una discapacidad temporal o permanente.

Alteraciones cognitivas y del desarrollo, como bajo rendimiento académico/laboral, dificultades en el habla, dificultades en la atención y concentración.

Problemas de relación, como inseguridad, desconfianza, conducta antisocial, retraimiento social, etc.

Cabe destacar que cada tipo de trauma tendrá su propio perfil potencial de consecuencias. Vivir una situación traumática no implicará, automática e inequívocamente, experimentar todo este listado de posibles síntomas.

Que estas consecuencias aparezcan o no dependerá del tipo de evento, de la edad de la persona afectada, de sus recursos y características previas.

De todos los mencionados, quizás el TEPT sea el más conocido, dada su complejidad por la cantidad de síntomas que implica te invito a que leas la entrada en el blog que habla específicamente de él.

Quiero que tengas en cuenta algo fundamental, que no tengas síntomas no significa que no haya pasado o que no haya sido importante, espero que nadie te haga sentir que una situación no ha sido “para tanto” porque estás bien. Para cuánto ha sido depende exclusivamente de ti. Y, si necesitas ayuda, aquí estaré para brindártela.

Hablemos

Decide cuál es tu destino, escríbeme o llámame, y empecemos este viaje hacia tu interior, estoy segura que encontrarás paisajes inimaginables.

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