El maltrato infantil es un conjunto de conductas diversas que se dan hacia un niño, niña o adolescente. Son los abusos y desatenciones que reciben antes de los 18 años.
Este término engloba conductas como el maltrato físico (castigo corporal, golpes) o psicológico (denigración, insultos), abuso sexual, desatención, negligencia y explotación que pueda causar un daño a la salud, desarrollo o dignidad en un contexto de responsabilidad, confianza y/o poder.
Algunos teóricos consideran maltrato, también, la exposición a la violencia. Ya sea dentro del ámbito doméstico como fuera de este.
Las consecuencias del maltrato infantil no se limitan a las lesiones físicas que puedan quedar, sino que implica consecuencias diversas, entre ellas:
Psicológicas: alteración en la autoestima, problemas de confianza interpersonal, ansiedad, depresión, estrés postraumático, ideación y conducta suicida. Asimismo, se ha demostrado que la exposición al stress prologando en las primeras etapas de la vida genera alteraciones en el desarrollo cerebral.
Físicas: lesiones propias de la victimización como lo son morados, rasguños, e incluso lesiones permanentes como cicatrices, amputaciones, etc.
Sanitarias: síndrome de dolor crónico, embarazos no deseados, enfermedades infecto-contagiosas, uso y abuso de alcohol y drogas, obesidad, cardiopatía, cáncer, etc.
Sociales: inestabilidad en las relaciones personales y laboral, predisposición a la violencia (transmisión intergeneracional de la violencia), entre otros.
La naturaleza y gravedad de las acciones consideradas maltrato infantil es muy variable, y de ello dependerán sus consecuencias, que pueden llegar a la muerte.
Cifras del maltrato infantil
Se considera que 1 de cada 7 niños y niñas vive una situación de este tipo. Tanto niñas como niños son víctimas de este tipo de situaciones de manera equivalente.
En el año 2002 se han registrado 31.000 muertes, consideradas homicidio en menores de 15 años. Sin embargo, no se contabiliza cuántas de estas han ocurrido en un contexto de maltrato.
Las estadísticas consideran que son los más pequeños (0-4 años) los que tienen mayor riesgo, siendo el doble que el observado en niños, niñas y adolescentes más grandes (5-14 años).
Sin embargo, debemos tratar el problema del maltrato infantil como algo que está instaurado en nuestra sociedad de una manera más abarcativa que las cifras de defunciones.
Maltrato infantil en pandemia
La situación derivada de la pandemia por el virus SARS-CoV-2 ha obligado a medidas extremas con la finalidad de contener el virus, medidas que la misma OMS ha considerado oportunas.
Sin embargo, esta situación ha expuesto a niños, niñas y adolescentes a un mayor riesgo de violencia. ¿Por qué?
La presencia social y la interacción en distintos ámbitos sociales son factores protectores para la violencia, y favorecen una reacción rápida en cuanto se sospecha de una situación de maltrato infantil. Sin embargo, el aislamiento no permite realizar esta labor.
A esto se le suma que, durante esta situación, la economía ha entrado en crisis aumentando el nivel de incertidumbre y precariedad. Estas condiciones promueven un mayor nivel de stress que genera la tensión idónea para la propensión a la violencia.
La fundación ANAR recibió desde el inicio del confinamiento casi 4.000 pedidos de ayuda por parte de niños, niñas y adolescentes. La mitad fueron por situaciones de violencia intrafamiliar. Lo que confirma las sospechas por parte de la OMS del gran riesgo que corre la población infanto-juvenil en esta situación.
Según comenta esta misma entidad las ideaciones e intentos de suicidio se incrementaron de un 1,9% del año anterior a un 8% durante los días de confinamiento domiciliario.
Hace un tiempo hablé de las consecuencias del trauma, y una de las primeras que cité estaba relacionado con la alimentación. La relación entre obesidad y trauma ha sido estudiada y aquí te explico un poco qué se ha encontrado.
Datos y cifras de obesidad
Sobrepeso y obesidad son una acumulación excesiva de grasa en el cuerpo, que puede ser perjudicial para la salud. Que una persona encaje en estos supuestos depende, principalmente, de su índice de masa corporal (IMC).
A nivel de datos estadísticos, la obesidad alcanza el nivel suficiente para ser considerada epidemia.
En el año 2016, más de 1900 millones de personas adultas tenían sobrepeso, y más de 650 millones tenían obesidad. Muriendo 2,8 millones de personas cada año por esta causa.
Durante el mismo año, se determinó que 41 millones de niños y niñas menores de 5 años tenían sobrepeso. Lo que aumenta el riesgo de enfermedades diversas y de muerte prematura.
La relación entre la obesidad y trauma
Los estudios han demostrado que las experiencias de victimización infantil (especialmente el abuso sexual y emocional, o el bullying) están asociados a un incremento de entre el 28% y 45% de tener obesidad en la edad adulta. Resultados semejantes se han encontrado en relación a las negligencias (faltar al deber de cuidado y protección).
Sin embargo, algunos estudios indican que no haría falta esperar a la edad adulta para que esta consecuencia se evidencie, pudiendo observarla dentro de la infancia y adolescencia.
Algunos estudios parecerían indicar que las situaciones traumáticas durante la infancia interfieren con el correcto desarrollo neuroendocrino y el funcionamiento del metabolismo, lo que contribuiría a la obesidad.
Otros estudios explican que la sintomatología propia del TEPT (trastorno de estrés postraumático) contribuiría a un aumento de peso, habiéndose encontrado esta relación en estudios que medían el IMC en niños, niñas y adolescentes con este diagnóstico. La sintomatología ansioso-depresiva también se ha observado en personas con obesidad.
Estas asociaciones se generaron también en el entorno adulto; por ejemplo, en casos de mujeres y hombres veteranos de guerra, independientemente de la presencia de TEPT.
Otros estudios remarcan que la victimización no solo puede ser un factor de riesgo para la obesidad, sino que también puede ser consecuencia de la misma. Como puede ocurrir, por ejemplo, en casos de bullying donde los acosadores se sirven de las características físicas de la víctima para llevar adelante su acoso.
¿Cómo prevenir y tratar?
A continuación propongo algunas de las alternativas que quedan recogidas en los estudios y que se desprenden de todo lo que se comenta líneas arriba.
Hábitos de vida saludables, como hacer ejercicio físico de manera regular o llevar adelante una alimentación equilibrada y balanceada.
Educar a la población infanto-juvenil sobre los riesgos de vivir con obesidad, incorporando hábitos de vida saludable y fomentándolos con políticas públicas en las que ningún niño, niña o adolescente tenga que comer ultraprocesados o demás productos poco saludables.
Establecer una red de apoyo y contención.
Trabajar las emociones que nos puedan estar motivando a comer más o de maneras poco saludables.
Tratar las situaciones traumáticas o potencialmente traumáticas desde que ocurren, para evitar las consecuencias futuras y el establecimiento de mecanismos de resolución de conflictos poco adecuados.
Proporcionar comunicación segura, no normativa. Esto permitirá a los más pequeños explicar sus miedos y vivencias, lo que nos ayudará a prevenir situaciones de victimización o, como mínimo, intervenir prontamente.
No siempre vamos a poder evitar la victimización infantil, pero siempre podremos prevenir sus consecuencias. Prevengamos la obesidad y todas las consecuencias que acarrea.
¿Crees que puedo ayudarte?
Hace unos días la iniciativa global #ENDviolence publicó un vídeo muy ilustrativo sobre los riesgos en internet vinculados al acoso sexual, con cifras que son francamente preocupantes.
Esto ha motivado la realización de esta entrada sobre la prevención del grooming online, para evitar predadores en las redes sociales, especialmente a los pedófilos.
¿Qué entendemos por predadores?
No hay un perfil determinado que nos permita distinguir a estas personas, pero buscan la captación de contenido sexual o potencialmente sexual ya sea para satisfacción propia o para su divulgación en redes de pornografía infantil.
Otra práctica de los predadores es la búsqueda de adolescentes para concretar una cita. Para ello adaptan una identidad falsa que brinda seguridad a la otra parte.
Pueden ser personas adultas o menores de 18 años. Algunas de estas, sienten atracción sexual hacia niños, niñas y adolescentes (pedofilia).
Si bien suelen ser más hombres que mujeres quienes realizan este tipo de prácticas, ambos sexos están representados en las estadísticas internacionales.
¿Cómo se alimenta desde internet?
Internet es un campo enorme, que tiene su lado bueno y el no tan bueno.
Hay una pequeña parte que es pública y a la que podemos acceder las personas usuarias, es todo el contenido que está indexado y, por tanto, podemos buscarlo y visualizarlo. Lo usamos para aprender, comunicarnos, etc.
Después tenemos la internet profunda, donde están aquellos datos menos visibles, que contienen elementos de seguridad. En este nivel, podemos identificar los IP de los usuarios, por ejemplo. Pese a que tiene un nivel de seguridad extra, los usuarios son identificables.
Sin embargo, hay una internet que va más allá. En donde los contenidos son publicados y visualizados de manera anónima. Es en este nivel donde se publica contenido de tipo delictivo, como lo es la pornografía infantil.
En internet víctimas y predadores se encuentran, generando una gran oportunidad para la captación de imágenes, hacer que los niños, niñas y adolescentes visualicen contenido sexual explícito, se produzca el acoso e, incluso, el chantaje.
Algunas cifras de interés
Hasta el 2019, se registraron unos 5 billones de usuarios de dispositivos móviles. 4 billones de los mismos, son usuarios de internet. Encontrando que casi en la totalidad, 3.5 billones, hacen uso de redes sociales. Estos datos van incrementándose año a año.
Entre Enero de 2018 y el mismo mes de 2019 unos 367 millones de personas son nuevas usuarias de internet. De ellas, 1.8 millones son hombres con interés sexual en niños, niñas y adolescentes.
Otro dato importante, y que no debemos perder de vista, es que 1 de cada 3 usuarios de internet es menor de edad.
Según algunos estudios, uno de cada cinco jóvenes recibe alguna solicitud sexual vía internet al año. Tanto chicos como chicas son víctimas de este tipo de situaciones, cambiando los porcentajes de incidencia dependiendo del grupo etario que valoremos.
Acciones preventivas
Las acciones para prevenir este tipo de situaciones son muchas y muy diversas. Dependerán de la edad de los peques a los que queramos proteger, pero también del tipo de exposición que vivan.
Recordemos que prevenir este tipo de situaciones, es prevenir la exposición al trauma y, por tanto, a sus consecuencias.
Ante todo, debemos entender que cuando subimos una foto a cualquier red social (Instagram, Facebook, TikTok, WhatsApp, etc.) esta deja de pertenecernos, y comienza a ser parte del mundo digital. Esto implica que cualquier predador puede tener acceso a ella.
Todas las recomendaciones que vienen a continuación no buscan culpabilizarnos por el uso que damos a nuestras imágenes, sino que buscan advertir de la utilidad que un predador puede dar.
Recurrir a la privacidad de las cuentas en redes sociales y chats. Suena algo obvio, pero no todo el mundo tiene sus cuentas personales en privado, o no se preocupan por controlar de manera periódica las políticas de privacidad y que se mantenga la configuración que habíamos establecido.
Evitar los hashtags (#) en las fotos en las que salen niños, niñas y/o adolescentes. Estos han sido creados para conectar a las personas con intereses semejantes; por lo tanto, aunque tengas privada la cuenta, las fotos que los tienen como pie de foto pueden ser visualizadas por personas que utilicen esos términos de búsqueda.
No subir material gráfico (fotos o vídeos) con desnudos parciales o totales. Las fotos tiernas en la ducha, cambiándose para ir a la comida familiar y demás pueden ser carne de cañón para una persona pedófila.
Es recomendable que también evitemos subir material en donde los vestimos de “pequeños adultos”, pensemos que quien se recrea con ellas tiene una distorsión cognitiva que podría activarse con este tipo de material. En caso de adolescentes, es mejor controlar no sólo la ropa sino también las poses.
Reducir las fotos en las que se enseñe cuerpo entero y cara; cuanto menor sea la exposición de los más pequeños, mejor. Recordemos que el derecho a la intimidad no solo rige para los adultos, sino también para los niños, niñas y adolescentes.
Cuando decidimos que nuestros peques tengan acceso a dispositivos con conexión a internet y redes sociales, es importante hacer una labor previa de concientización y psicoeducación. Los controles parentales de poco sirven si nosotros no les enseñamos a un uso seguro de internet. Hablar de estos temas desde la educación y no la punición favorecerá que, ante situaciones de riesgo, recurran a nosotros.
Realizar un control periódico de sus medios digitales, el tipo de contenido que publican, interacciones, etc. puede ayudarnos a aproximarnos a su realidad digital y emplear acciones tempranas cuando vemos que incurren en conductas que comportan cierto riesgo.
Reducir el tiempo de exposición a internet, determinando un periodo máximo de utilización de medios electrónicos y/o de internet. Evidentemente esto requiere de la puesta en práctica, por parte de los adultos, de auto-restricciones que sirvan de ejemplo para los más jóvenes y la búsqueda de actividades complementarias.
Me atajo antes que me digan “bueno, pero si tenemos la cuenta privada…”. Lamento decirlo, pero la pedofilia no entiende de relaciones de proximidad con la familia y/o nuestros peques.
De hecho, un buen número de los abusos sexuales infantiles ocurren dentro del ámbito de ellos, en manos de personas cuidadoras (familiares, educadores, etc.).
¿Aplicabas algunas de estas recomendaciones con anterioridad? Si quieres saber cómo hablar de estas cosas en casa, contacta conmigo y buscamos soluciones que nos ayuden a prevenir.
El sexo y la sexualidad siempre han sido un tema tabú, aún hoy día lo es. Sin embargo, es importante dejarlo de lado y permitirnos hablar de sexualidad desde la infancia en adelante.
La sexualidad implica aspectos biológicos, psicológicos, emocionales, sociales, identitarios, comportamentales, relacionales, etc.
Todos estos aspectos merecen ser tratados desde la primera infancia, siempre adaptado a la fase de desarrollo que corresponda y a las características particulares de cada persona.
Es importante realizar un abordaje integrador, ya que a nivel histórico se ha trabajado en la abstinencia sexual o, en el mejor de los casos, sobre aspectos meramente biológicos y genitales.
¿Cuáles son los beneficios de hacerlo?
Promueve la salud sexual y reproductiva, lo que permite emplear métodos anticonceptivos de barrera adecuados para disminuir la probabilidad de contagiarse de enfermedades de transmisión sexual diversas, así como otros métodos que disminuyen el riesgo de natalidad precoz.
Disminuye conductas sexuales riesgosas, ofreciendo un entorno de empoderamiento para tomar decisiones de cara a la contraconcepción, prácticas sexuales, utilización de medios electrónicos, etc.
esta área y la identificación de conductas abusivas, junto a un comportamiento asertivo, ofrecen cierta protección ante actividades sexuales no deseadas y/o consentidas. También permite poner límites a destratos, sin miedo al rechazo del entorno.
Permite evitar las sensaciones de vergüenza o culpa por las elecciones de compañías sexuales. Pese a estar en el siglo XXI siguen existiendo terapias de reconversión, donde la homosexualidad es tratada como una enfermedad que debe ser curada.
Favorece el diálogo sobre la identidad de género, siendo un tema que causa mucho dolor en quien se observa en el espejo y no se encuentra. Sin embargo, la sociedad aún juzga a quienes toman la decisión de realizar un cambio.
Brinda la oportunidad de decidir cuál es el mejor momento de cada uno para iniciarse en prácticas sexuales ya que, en ocasiones, los chicos y chicas se ven presionados a iniciarse en una vida sexual para la que aún no están preparados.
Limita las conductas y pensamientos penalizadores sobre la vida sexual de las otras personas, como la homofobia o transfobia.
No hablar de estos temas en el ámbito familiar y educativo no significa que los conocimientos no se obtengan por otras vías.
Es común el diálogo entre, sobre todo, adolescentes o la búsqueda en sitios de internet poco fiables, incluso la visualización de pornografía (que se da en casi 7 de cada 10 chicos y chicas de España entre 13 y 17 años).
Esto lleva al desconocimiento sobre un tema central en la vida del ser humano, que puede afectar de manera directa o indirecta a las formas de relacionarse con otros, e incluso derivar en conductas de riesgo.
A su vez, brindar un entorno seguro en el que se pueda hablar de estos temas, favorece la posibilidad de explicar situaciones abusivas que puedan haberse dado con mayor premura que cuando estamos en entornos más distantes.
Por ello es tan importante hablar de estos temas. ¿Te han explicado cosas sobre la sexualidad y la salud sexual?
Si eres padre o familiar y no sabes cómo abordar estos temas, contáctame.
Somos seres bio-psico-socio-espirituales. Esto significa que debemos encontrar un equilibrio entre diversos aspectos de nuestra vida para poder disfrutar de cierto un estado de bienestar. En los últimos años las investigaciones han puesto el foco en la interacción que se genera entre alimentación y la salud mental.
Tres campos principales de estudio
En este campo podemos encontrar investigaciones que apuntan en diferentes investigaciones y que muestran lo complejo que puede resultar y la cantidad de interacciones que pueden brindarse, veámoslo:
Cómo las emociones influyen en las elecciones y rutinas alimentarias. Por ejemplo, algunos estudios han demostrado que las personas consumen mayor cantidad de alimentos cuando están aburridas, deprimidas o cansadas; comiendo menos cuando sienten miedo, estados de tensión y/o dolor. Asimismo, las personas que sienten bienestar suelen hacer elecciones más saludables que quienes no se sienten bien con sus vidas. Ocurriendo esto mismo con el tamaño de las porciones y la impulsividad con la que se ingieren los alimentos. Las emociones consiguen desarrollar la sensación de hambre, pero de tipo psicológico.
Cómo los alimentos y dietas pueden generarnos estados diversos a nivel emocional y conductual. En este sentido existen como dos aspectos: por un lado, aquellas personas que se obsesionan con la pérdida de peso y esto lleva a distorsiones en la imagen corporal, alteraciones en la autoestima, etc. Pero también tenemos un aspecto vinculado al bienestar que muchas personas sienten cuando comienzan a realizar una dieta balanceada. E incluso, el placer cuando se ingieren determinados alimentos, por ejemplo, el azafrán aumenta el deseo sexual, el chocolate suele degustarse como placentero.
Cómo la alimentación y nuestra salud mental pueden interferir en la microbiota y, a su vez, esta alterar en la segunda. En los últimos años se han hecho diversos estudios sobre qué tipo de alimentos pueden alterar el correcto funcionamiento de nuestra microbiota (que son todas aquellas bacterias saludables que nos ayudan a conseguir un óptimo estado de salud). Pero también se ha incrementado el interés por conocer cómo una alteración en la microbiota intestinal puede afectar y/o estar involucrada en la salud mental. Algunos estudios demuestran alteraciones en casos de TDAH, así como la doble influencia entre el stress y la microbiota que se retroalimentan entre sí.
Llevar adelante una dieta balanceada (incluso la que nuestras madres la lleven antes y durante la gestación) genera beneficios de cara a la constitución de la microbiota de cada uno.
La alimentación no solo influye en nuestras emociones, tiene un papel fundamental para el desarrollo cerebral y, por ende, de su correcto funcionamiento.
Esto hace que sea imprescindible introducir una alimentación saludable desde edades tempranas.
A su vez, por este camino de doble vía, si queremos conseguir objetivos físicos sería recomendable comenzar con un proceso terapéutico paralelo que nos ayude a controlar las emociones y cogniciones que pueden llevarnos a incurrir en déficits o excesos nutricionales.
Como comentaba en el post de salud mental, recibir asistencia psicológica suele estar mal visto. Estigmatizado. Así que veamos en cuándo ir al psicólogo está más que justificado:
Sientes que las cosas no te están yendo bien, has perdido la capacidad de disfrutar y proyectar.
Notas dentro tuyo un torbellino de emociones, pensamientos, sensaciones que hacen que sientas que todo te desborde.
Estás pasando por una crisis vital, en la que no sabes cómo continuar con tu vida, si haces lo que te apetece. Sientes que tienes que cambiar algo, pero no el qué.
Has pasado por una situación adversa en tu vida, que de tanto en tanto aparece y que interfiere en tu rutina habitual.
Quieres aprender a gestionar situaciones de una mejor manera, para seguir progresando en tu vida personal y/o profesional.
Acabas de pasar por una ruptura, o te planteas una, y sientes que no estás pensando las cosas con la claridad que requieren. O, incluso, te da miedo equivocarte.
Alguien muy cercano ha fallecido y sientes que no puedes levantar cabeza luego de la pérdida.
Tu vida tiene una alta demanda externa y requiere que estés a tope todo el tiempo, así quieres una vía de escape que te permita seguir dándolo todo.
Crees que te iría bien hablar con alguien, que te brinde puntos de vista objetivos sobre tu vida y tu persona, y que te ayude a plantearte cambios.
Tú o alguien cercano ha recibido un diagnóstico médico que implica cambios vitales o que implican cierta gravedad, y necesitas ayuda para superarlo y/o afrontar la situación lo mejor posible.
Algún peque de casa tiene algunas dificultades para hacer amigos, o para concentrarse; puede que no pare quieto, o que le interesen cosas que al resto de niños no. En este caso, la consulta puede ser por ellos, para ayudar a que mejoren sus habilidades, o por nosotros para que sepamos sobrellevarlo y brindarle herramientas.
Te planteas traer una vida al mundo, pero está siendo difícil o se han planteado complicaciones que no esperabas. O, también, has decidido empezar un proceso que demanda mucho a nivel emocional.
Se te hace difícil decir que no, pedir ayuda, ponerte en un primer plano, pero crees que ya va siendo hora de hacerlo.
Creo que podría continuar hasta la eternidad, porque ir a un psicólogo no requiere de una prescripción determinada, no es necesario encontrarnos mal o tener síntomas que nos incapaciten para el día a día.
Con la pandemia del SARS-CoV-2 hemos aprendido que podemos ser asintomáticos y aún así contagiar. Eso motiva acciones concretas de prevención, aunque nos encontremos bien. Pero, aún así, dudamos si consultamos o no con un profesional en salud mental
Pedir asistencia psicológica no es como comenzar a tomar un antibiótico que creas resistencia si no lo necesitas, ni te pone en riesgo como otros medicamentos que pueden tener contraindicaciones o efectos adversos brutales.
En lo personal, me encanta cuando la gente me escribe o llama porque siente que puede cambiar o mejorar cosas; cuando se sienten bien, pero saben podrían estar aún mejor. Ni que hablar de cuando los síntomas principales remiten, pero quieren continuar porque ven que les va bien en dominios vitales que no habían valorado.
Lamentablemente ni el sistema público, ni las aseguradoras de salud, valoran la salud mental como un trampolín a una mejora sanitaria integral. Esperemos que esto pronto cambie, no es un lujo, es una necesidad.
Hay personas pidiéndole a San Google diagnósticos, síntomas, tratamientos… Hay personas llamando o escribiendo “por consejos” porque no se pueden permitir una terapia privada.
¿Qué calidad pueden tener estas intervenciones? ¿Qué ayuda se puede brindar? ¿Qué valor se le pone al bienestar? ¿Qué valor nos ponemos a nosotros mismos?
Sin lugar a dudas, todo lo que hacemos en nuestro día a día ayuda o entorpece conseguir un estilo de vida saludable. Muchas veces, cuando nos planificamos actividades, nos olvidamos de cuidar y promover hábitos que propicien la salud mental e, incluso, que la preserven.
“No hay salud, sin salud mental”
Se estima que son unos 450 millones de personas las que viven a diario con problemas de salud mental. En todos sus tipos: del neurodesarrollo, afectivos, trauma, adicciones, neurodegenerativas, conducta, etc.
Esto significa que 1 de cada 4 tendremos, al menos, un problema de salud mental puntual en nuestra vida. Son más prevalentes en mujeres que en hombres, incluso aquellas modalidades graves que implican una discapacidad.
Lamentablemente, y pese a la alta prevalencia, la salud mental es un tema tabú. Incluso en pleno siglo XXI. Esto no favorece políticas públicas de prevención, ni la correcta psicoeducación comunitaria.
No trabajar sobre este tema nos expone a una mayor vulnerabilidad a enfermedades físicas. Dentro de las cuales consideramos las de corazón, digestivas, cáncer, sexuales, etc. Como puede verse en las consecuencias del trauma.
Sabiendo lo importante que es nuestra salud mental ¿qué podemos hacer para mantenerla y favorecerla?
Mantener rutinas, ya que organizan la mente y propician un entorno conocido y seguro.
Realizar actividad física de manera regular, así como ejercitar nuestro cerebro con juegos de mesa, sudokus, cambios en caminos cotidianos, etc.
Llevar adelante una dieta saludable. Quizás no lo habías pensado, pero los alimentos ayudan a liberar y controlar hormonas, y éstas participan en procesos mentales continuos, entre ellos los estados emocionales.
Privilegiar la vida social y las vías de comunicación interpersonal. Tener la capacidad de hablar con otros nos ayuda a alejarnos de nuestro mundo mental y propicia una mejor resolución de problemas.
Trabajar en vías de resolución de conflictos, autoestima, asertividad. Saber llevar adelante situaciones conflictivas, manteniendo nuestra sensación de valía es de lo más importante.
Dejar tiempo para la recreación, incluso para el aburrimiento. Es sano encontrarse en la situación de la nada, siempre y cuando no sea la norma.
Tomar riesgos, realizar actividades que no creíamos que podríamos hacer. Así como llevar adelante decisiones importantes y que pueden cambiar nuestra vida. Lo que conocemos como “salir de la zona de confort”.
Evidentemente, hay cosas que no están tanto en nuestras manos y que han demostrado influir en la salud mental. Como la posición socio-económica, cuestiones culturales, etc.
Como no siempre tendremos a nuestro alcance el control de todas las variables (si lo intentásemos tampoco sería sano) podemos aplicar algunos de los cuidados previamente propuestos.
¿Tienes salud mental? Esto solo podría responderlo en consulta. Sin embargo, observamos algunos indicadores que están presentes en personas con salubridad mental:
A nivel personal: se observa satisfacción, autoaceptación, felicidad, y buen nivel de autoestima. Somos capaces de no abrumarnos por nuestras emociones, aceptando los embates vitales, nuestra capacidad resiliente e, incluso, longánime.
En el ámbito social: ser capaces de amar, tener en consideración a quienes nos rodean, ser empáticos. Tener la capacidad de confiar y ser suficientemente asertivos tanto para solucionar los conflictos que se puedan plantear, como para poder pedir ayuda cuando la necesitamos.
Por lo que respecta a la vida: tener la posibilidad de hacer frente a las demandas, siendo responsable ante los problemas o situaciones que se nos presentan. Ser capaces de vivir en el aquí y ahora, pero planificando y proyectando en el futuro, sin olvidar que tenemos un pasado. Poder proyectar nuestros objetivos y metas.
En general, tenemos la visión social que si vamos haciendo o nos pasan cosas buenas no tenemos por qué hacer nada más con nuestras vidas. Sin embargo, preservar la salud mental debería ser valorado como cuando vamos al control anual del médico.
¿Hace cuánto que no haces un chequeo general de tu salud mental?
Las habilidades (o competencias sociales) son un conjunto de conductas (verbales o no verbales) que permiten al individuo desarrollarse tanto a nivel individual como interpersonal, expresando sentimientos, actitudes, deseos, opiniones o derechos de manera adecuada a la situación.
Algunas de las conductas en que observamos estas habilidades son:
Mantener contacto visual con las personas mientras se desarrolla una conversación y asegurarse que el resto de personas observan lo mismo que nosotros.
Dar y recibir cumplidos, las gracias o disculpas.
Compartir elementos (comida, juegos, etc.), pedir favores o permiso, ayudar, etc.
Uno de los primeros entornos en los que se desarrollan estas habilidades es la familia, como núcleo primario de aprendizajes. Es importante favorecer la inclusión social, ya que ayuda a prevenir riesgos psicosociales diversos.
Tiene una alta influencia sobre la autoestima, roles sociales, autorregulación, el rendimiento académico, tolerancia al stress y frustración, gestión de conflictos, etc.
Su utilidad no se ciñe a las etapas de desarrollo, sino también a lo largo de la vida adulta, ya que favorecen la adquisición de normas sociales.
Estos son algunos de los aspectos que integran el concepto de habilidades sociales.
La asertividad permite llevar adelante conductas prosociales para la resolución de situaciones que pueden comportar cierta tensión o, incluso, conflicto.
Sociabilidad positiva, basada en la participación en actividades, la capacidad para pedir ayuda (u ofrecerla), comunicarse con quienes nos rodean, compartir, etc.
El desarrollo de la empatía permite ser consciente de los estados emocionales y cognitivos de las personas que tenemos delante y comprenderlo, permitiéndonos un acercamiento a su posición. Esto favorece las interacciones sociales y la reciprocidad de las mismas.
Expresividad emocional y responsibidad afectiva, permite discernir entre las emociones propias y expresarlas; así como las de los demás. Favoreciendo el afrontamiento a emociones displacenteras.
Un punto fundamental es la adecuación social, que hace referencia a la capacidad de actuar según lo esperable en relación al contexto y momento en que estamos.
Las experiencias de apego en la primera infancia, ya que las mismas brindan una base de confianza/desconfianza sobre nosotros y nuestro entorno.
Algunos problemas de salud mental tienen dificultades en habilidades sociales, como podría ser el Trastorno del Espectro del Autismo (TEA), el TDAH, psicopatía, sociopatía, etc.
Vale aclarar que no todos las dificultades en este campo son indicadores de patologías como las antes mencionadas, pero sí que a largo plazo, están relacionadas con la ansiedad y/o depresión, alteraciones conductuales (incluyendo la conducta antisocial), enfermedades cardiovasculares, abuso de sustancias, etc.
Teniendo en cuenta estas posibles consecuencias futuras, es que se propone el trabajo y la intervención para el desarrollo de habilidades sociales desde la infancia. No solo de manera directa con los niños, niñas y adolescentes, sino también con sus cuidadores favoreciendo la parentalidad positiva.
Sin embargo, los adultos también podemos trabajar en ellas y beneficiarnos de cambios en otros dominios personales y sociales.
Habitualmente entendemos los conflictos como situaciones de alta tensión, difíciles de resolver. Solemos adjudicar un sentido negativo a la palabra, como si fuese sinónimo de violencia. Pero no tiene por qué ser así.
Un conflicto está dado por la incompatibilidad que observamos entre modos de actuar, objetivos, percepciones, y/o emociones. Y esto es válido tanto para los conflictos personales, como sociales o grupales.
Saber resolver estas situaciones no solo es útil para llevarlo acabo de manera constructiva, sino que puede ayudarnos a prevenir síntomas y patologías de salud mental. Asimismo, es útil para evitar resoluciones violentas que pueden implicar mayores perjuicios para todos los implicados.
Revisemos qué factores contribuyen al desarrollo de buenas estrategias para la resolución de conflictos:
La empatía, entendida como el acercamiento a las emociones y pensamientos que tiene otra persona sobre un tema concreto. Entender al otro permite una resolución pacífica y consensuada de los conflictos interpersonales.
Estrategias de resolución basadas en el compromiso y transigencia, fomentando la actitud de “ganar-ganar” y aceptando que los demás pueden tener opiniones diferentes a las nuestras y no, por ello, menos válidas.
El estilo comunicativo asertivo nos permitirá abordar la situación, en lugar de evitarla (pasividad) o ser destructivo con la otra postura (agresividad).
Disponer de conocimiento sobre el tema que se está tratando. La información incompleta puede propiciar el inicio del conflicto, por lo que ampliarla puede ayudar a buscar soluciones que contemplen diversas posturas.
Muchos de estos factores son aplicables no solo a los conflictos interpersonales, sino también a los personales. Mejorando las herramientas disponibles para la gestión de situaciones.
Hay muchas maneras de resolver conflictos, algunas son informales (las que usamos habitualmente) y otras se ven enmarcadas en procesos formales (como las mediaciones judiciales).
La modalidad de elección dependerá del tipo de conflicto, la actitud de los involucrados, y/o la gravedad de la situación.
Adelantarnos, y trabajarlo de manera preventiva, es imprescindible cuando tenemos dificultades en las interacciones sociales de base, como puede ser en los casos de niños, niñas y adolescentes con TDAH, TEA, ansiedad.
Este aprendizaje es capaz de mejorar la tolerancia a la frustración, la búsqueda de resoluciones pacíficas, mejora la autoestima, etc.
Sin embargo, como sociedad, no estamos acostumbrados a hacer entrenamiento en resolución pacífica y, en ocasiones, normalizamos las soluciones violentas o poco adecuadas. El famoso “cachete correctivo”, los gritos, dietas extremas, y un sinfín de modalidades.
Los adultos tenemos la obligación, no solo de enseñarles a los más jóvenes a resolver conflictos, sino también de poner en práctica aquellas modalidades más sanas de hacerlo. Debemos educar en la cultura de la paz.
¿Sabes resolver conflictos? Si quieres puedo darte una mano.
Para poder saber cómo desarrollar la asertividad, primero debemos saber qué es y contextualizar las conductas asertivas.
Las personas actuamos de maneras diferentes según la situación; pero, generalmente, utilizamos formas coherentes con nuestro estilo. ¿Qué es esto de los estilos?
Existen 3 tipos de aptitudes sociales de autoafirmación: pasiva, agresiva y asertiva.
En la primera, la persona reprime emociones, necesidades y pensamientos, poniendo por delante los requerimientos del entorno. La segunda se caracteriza por el actuar avasallante, imponiendo los propios intereses. Ambas plantean respuestas cargadas de ansiedad y, generalmente, se las relaciona con baja autoestima.
Diversos teóricos han hablado y hecho referencia a distintos aspectos, pero actualmente existe consenso en que la asertividad hace referencia a la palabra latina “assertum”, que significa defender. Lo que nos hace suponer una postura intermedia a las anteriores, pero veámoslo en detenimiento.
¿Qué es la asertividad?
Es la capacidad de mantener una comunicación segura y eficiente. Implica expresar lo sentimos, pensamos, necesitamos y queremos de manera honesta y directa, en el momento preciso y de manera adecuada; haciendo valer nuestros derechos, pero respetando a quien tenemos delante.
Este concepto está estrechamente vinculado al de autoestima, ya que requiere aceptarse y valorarse, considerar que nuestros puntos de vista y emociones son igual de válidos que los de quienes nos rodean.
Para saber cómo desarrollar la asertividad, tenemos que conocer los factores que ayudan al correcto desarrollo y funcionamiento de la misma. Todos ellos son, como se podrá intuir al leerlos, entrenables y dinámicos en cierta medida.
El primero es una buena autoestima, no caer en críticas constantes y desmesuradas sobre quién somos y lo que valemos. Nuestra autoestima y autoconcepto se retroalimentan, a su vez, de las conductas asertivas.
Autocontrol, como su nombre indica, es la capacidad de tener el control sobre los pensamientos y acciones propios. Siendo especialmente importante mantenerlo en aquellas situaciones estresantes o en las que estamos bajo presión. Ser capaces de tener un cierto umbral de control permitirá gestionar nuestras necesidades y la manera en que las expresamos.
La capacidad que tenemos para identificar, distinguir y expresar las emociones propias, así como nuestras necesidades.
El sentido de independencia, muy vinculado también al de autoestima, nos propicia la percepción de poder expresarnos independientemente de quién tengamos delante.
Finalmente, pero no menos importante, las habilidades para resolver problemas, ya que las mismas nos permiten abordar las situaciones de las maneras más apropiadas, teniendo en consideración diversos factores personales y contextuales.
La asertividad puede ayudarnos a prevenir situaciones que acaben siendo un trauma interpersonal de diversas características y en diferentes momentos de nuestra vida.
Asimismo, ayuda a mejorar nuestras relaciones tanto las que tenemos con otras personas, como la que mantenemos con nosotros mismos.
Uno de los mejores indicadores que podemos tener de la asertividad es saber decir que no, así que te planteo la siguiente pregunta ¿sabes decir que no? Quizás va siendo hora, ¿no crees?
El bullying (o acoso escolar) es un grave problema presente, principalmente, en los entornos educativos. No es un problema de los últimos años, pero el acceso a internet ha favorecido a formas cibernéticas de este tipo de victimizaciones.
Bajo esta palabra encuadramos aquellas situaciones de violencia sistemática que se lleva a cabo entre pares, generalmente en un contexto escolar. Donde quienes ejercen la violencia se encuentran en una posición de superioridad respecto a quien la recibe, que no puede defenderse.
Algunos datos destacan que es una situación tan extendida que se dan situaciones de bullying en, aproximadamente, un tercio de los estudiantes. Observándose que, en los últimos años, han comenzado a darse casos cada vez más prematuros.
Muchas de las actitudes agresivas están normalizadas por la sociedad y quedan encubiertas dentro del campo de la competitividad. Competencia académica o deportiva, éxito social, etc.
Lamentablemente, un buen número de estas ocurren en un contexto de intolerancia a la diversidad. Siendo foco de estas conductas personas con diversidad funcional y/o síndromes genéticos/congénitos diversos.
¿Qué tipo de conductas, consideradas bullying, son las más habituales?
Violencia física como empujar, pegar, patear, robar cosas, romper el material escolar o la ropa, acoso sexual, etc.
Maltrato emocional y/o verbal, en forma de insultos, degradaciones, burlas, comentarios sobre la valía de la víctima, amenazas, chantajes, etc.
Psicosocial como mantener aislada a la persona, más allá de los intentos que esta haga por interactuar. Esta es la forma más habitual en chicas.
El cyberbullying recoge formas anteriores, como puede ser el acoso sexual, amenazas o chantajes, difundir rumores, aislar a la persona, pero en medios electrónicos. Teniendo un mayor alcance, dado que las agresiones pueden venir por parte de gente externa al centro educativo, pero también porque las personas que pueden verlo son más.
Estas situaciones se ven favorecidas por la necesidad de pertenencia de la persona víctima de estos malos tratos, que es aprovechado por quien (o quienes) los lleva a cabo para satisfacer su necesidad de control y dominación.
El papel preventivo, o de intervención temprana, de las instituciones educativas es clave para frenar el acoso.
Si bien, como otro tipo de eventos adversos, la variedad de consecuencias varía ampliamente, las más comunes que tiene este tipo de conductas son:
Alteración en la percepción de uno mismo, observándose baja autoestima y autoconcepto.
Desconfianza social, que lleva a la víctima al aislamiento incluso fuera del entorno en que se da el acoso. Se observa falta de motivación para interactuar con personas, sin importar el comportamiento de estas con la persona.
Problemas en el desempeño académico, fomentados por la falta de motivación e interés en aprender. Que puede verse agravado si el motivo del acoso son dificultades preexistentes.
Promueve estados de ansiedad y depresión, pudiendo llegarse a la ideación y conducta suicida (siendo una de las primeras causas que lo motivan).
Como hemos podido observar en post anteriores, muchas personas pueden sobrellevar este tipo de situaciones sin mayores dificultades, e incluso obtener aprendizajes y herramientas de circunstancias como esta.
Dado que algunos estudios demuestran que existe un bajo nivel de inteligencia emocional en personas que vivieron estas situaciones, es importante realizar un trabajo en este campo. Favoreciendo la autoestima, tolerancia a la frustración, herramientas de afrontamiento, etc.
Longanimidad es una palabra poco conocida, y la RAE la define como:
“Del lat. longanimĭtas, -ātis.
-
- f. Grandeza y constancia de ánimo en las adversidades.
- f. Benignidad, clemencia, generosidad.”
Este concepto, muy cercano al de resiliencia, está más vinculado a lo que se conoce como “crecimiento postraumático”. Lo que implica, no solo adaptarse y sobreponerse a la situación adversa que se haya vivido (ser resiliente), sino aprender de ella y desarrollar nuevas herramientas vitales; e, incluso, obtener beneficios de la misma.
No es, en ningún caso, gracias al trauma que se crece. El trauma ofrece una posibilidad de cambio, y el crecimiento se produce gracias al esfuerzo que hace la persona que ha vivido una situación traumática o estresante para reinterpretar la vida y cambiar las cogniciones previas.
Los eventos estresantes que han sido estudiados que han desarrollado una respuesta de este tipo son muchos y muy diversos. Aquí recojo los que hay evidencia, pero no son los únicos.
Eventos naturales diversos: terremotos, tsunami, alud, incendio forestal, etc.
Diagnóstico de enfermedades de diverso tipo, como la artritis reumatoide, infección de VIH, distintos tipos de cáncer, trasplante de médula, infarto, enfermedades infantiles.
Accidentes viales, o incendios domésticos.
Duelos o pérdidas inesperadas, o especialmente violentas.
Diversas formas de victimización interpersonal, como la agresión o abuso sexual, ser secuestrado, ser refugiado. A su vez, se incluye también ser combatiente de guerra.
Todos podemos desarrollar este tipo de respuestas ante eventos estresantes. Al igual que la resiliencia, el crecimiento postraumático es dinámico. Sin embargo, algunos estudios resaltan los siguientes factores que favorecen a este tipo de respuesta:
Fortaleza y confianza en uno mismo, y propósito vital. Las personas con elevada autoeficacia confían en sus habilidades para afrontar las situaciones desafiantes de manera exitosa; teniendo, también, una mayor claridad y estabilidad en sus metas.
El apoyo social es un predictor importante, sobre todo en las mujeres. Las redes de contención social permiten realizar una narrativa sobre los acontecimientos traumáticos, lo que ayuda a procesar y superar la angustia que la situación comporta. Las relaciones interpersonales, también, favorecen la autoestima y confianza, promoviendo el punto anterior.
Las personas optimistas transforman sus objetivos y metas en comportamientos; esto ayuda que consideren las situaciones traumáticas y/o estresantes como un desafío, que aumenta el compromiso y control de las emociones para hacerle frente con éxito.
Vale, ya sabemos qué es el crecimiento traumático, qué situaciones han generado este tipo de respuesta, factores que ayudan a que se desarrolla, pero ¿qué observamos en las personas que han conseguido el crecimiento postraumático?
Sensación de crecimiento personal y aprendizaje sobre capacidades, habilidades y resistencia propia. Percibiéndose un aumento de la sabiduría y el conocimiento práctico, y sobre uno mismo.
Mejor valoración cualitativa vital, realizándose una apreciación subjetiva de lo que se tiene, lo que se es, y las prioridades vitales. Incluyéndose, también, la sensación de tener suerte; lo cual es visto en muchas personas que se sienten afortunadas por el desenlace que han vivido, apreciando que podría haber sido peor.
También se ha observado un aumento o fortalecimiento de los lazos con las creencias espirituales o existenciales; mostrando un mayor compromiso con las mismas. Encontrándose, incluso, que personas que no tenían creencia religiosa comienzan a creer.
Como vemos, la teoría del crecimiento postraumático nos explica que las experiencias adversas que vivimos pueden ser una oportunidad de crecimiento personal, más allá de la angustia o problemas que pueda llegar a generarnos.
Los trastornos o problemas de aprendizaje quedan incluidos dentro de lo que se conoce como “Trastornos del neurodesarrollo”, al igual que el TDAH o el autismo.
Consiste en una alteración en la capacidad que tiene el cerebro para percibir y/o procesar la información del ambiente (ya sea verbal o no verbal) de manera adecuada. Esta alteración es independiente del nivel de inteligencia, las ayudas recibidas para compensarlas o las oportunidades socioculturales de escolarización.
No está vinculado al retraso en el desarrollo de habilidades como caminar o hablar, sino a los procesos de enseñanza-aprendizaje. Es por ello que suelen detectarse cuando comienza la escolaridad, ya que es dificultoso estar a la altura de las exigencias académicas.
Los problemas de aprendizaje suelen estar vinculados a un dominio puntual, pero esta alteración puede generar dificultades académicas diversas, problemas de conducta, o alteraciones en el estado de ánimo (ansiedad y/o depresión). Quienes tienen este tipo de dificultades tienden a aislarse cada vez más del entorno, dificultando el cuadro general.
Es sumamente necesario detectarlos a tiempo, para evitar que los frecuentes fallos académicos eleven la frustración, minimicen la motivación y disminuyan la autoestima.
A grandes rasgos, se detectan cuatro tipos de problemas de aprendizaje:
Dificultades en la lectura (o dislexia), son diversas y la presencia de un tipo de alteración no tiene por qué implicar otro. Esta incluye enlentecimiento y falta de fluidez (lectura por palabras, lenta, vacilación, etc.), poca precisión (cambio de palabras, invenciones, dificultad para expresarlas, etc.), y problemas para comprender lo que se lee (puede leerlo correctamente, pero no entender el significado, la oración, las relaciones que se establecen en la misma, etc.).
Dificultades en la escritura, presentando problemas de corrección ortográfica (añadir, omitir o sustituir letras), gramatical y/o puntuación, o en la claridad y/u organización de la expresión escrita (mala organización de párrafos, expresión de ideas poco claras, etc.).
Dificultades matemáticas (o discalculia), lo que implica problemas en el sentido de los números (mala comprensión de los números, magnitud y relaciones), memorización de operaciones aritméticas (realizar conteo con dedos), cálculo correcto y/o fluido (intercambio de procedimientos matemáticos), razonamiento matemático (dificultad para aplicar conceptos, hechos u operaciones).
Dificultades no verbales (o de aprendizaje procedimental); que, si bien no están incluidos en el DSM-5 como específicos del aprendizaje, los estudios los contemplan como tal por la gran implicación que tienen en los procesos. En este grupo encontramos déficits perceptivos (táctiles y visuales), en las habilidades de coordinación psicomotriz (como subir escaleras, andar en bicicleta, etc.), y destreza para manipular materiales (moticidad fina y gruesa).
Algunas de estas dificultades pueden coexistir entre sí, o formar parte de un cuadro más complejo y acompañar a otro diagnóstico, como el TDAH con el que tiene una elevada comorbilidad.
En la población infantojuvenil, este tipo de problemas de aprendizaje requiere de intervenciones coordinadas, que incluyan:
- Planes educativos con adaptaciones curriculares.
- Reeducaciones que ayuden a compensar las dificultades y potenciar las habilidades
- Intervenciones psicoterapéuticas que potencien aspectos emocionales que pueden verse afectados por estos problemas.
La autoestima es un término que está en boca de todos “es que tengo baja autoestima”, “tiene una autoestima muy alta”, “tiene problemas de autoestima” … pero ¿sabemos cuál es su importancia?
Como su nombre indica, es la estima o valor propio percibido. Esta valoración puede ser de aceptación o rechazo hacia uno mismo, y se mantiene relativamente estable a lo largo de las situaciones vitales.
De manera automática todos nos valoramos; centrándonos en nuestras experiencias cotidianas, en cómo nos valoran los que no rodean (o cómo creemos que lo hacen), en nuestras emociones y pensamientos.
Esta valoración incluye facetas diversas, como el estado de salud, si somos buenas o malas personas, nuestra apariencia, las capacidades y aptitudes que tenemos (tanto físicas como cognitivas), nuestra sexualidad, las interacciones sociales que llevamos a cabo.
La autoestima consta de dos aspectos principales:
El autoconcepto, que es la imagen que tenemos de nosotros mismos (atributos, capacidades, etc.), siendo una de las variables más relevantes para el bienestar personal.
Y la autoaceptación que está centrada en aceptar o rechazar nuestras características; es decir, nuestro autoconcepto.
¿Qué influencia tiene la autoestima?
La autoestima influye de diversas maneras en nuestra vida diaria, incluso más de lo que somos capaces de reconocer.
A nivel cognitivo crea pensamientos de cómo somos y qué podemos hacer, afectando incluso en los procesos de aprendizaje.
Participa también en las emociones y sentimientos que tenemos, respecto a nosotros mismos como hacia los que nos rodean, las situaciones en las que estamos involucrados, etc.
En las relaciones puede observarse su influencia, tanto en la importancia que brindamos a lo que nos dicen, como a cómo nos entregamos a las mismas.
Conductualmente nos animaremos o no a hacer cosas, actuaremos de determinadas maneras e, incluso, podemos desarrollar un estilo más asertivo de interacción tanto con otros como con nosotros.
Como podemos observar, la autoestima tiene incidencia en muchos aspectos de nuestras vidas. Estudios han demostrado que las personas que tienen baja autoestima también tienen mayores dificultades a nivel social, como ansiedad ante las relaciones interpersonales o bajas habilidades sociales. Siendo un factor indispensable para poder hacer frente a nuestro día a día, sobre todo cuando estamos bajo stress.
Su desarrollo y alteraciones
Una de las fuentes del desarrollo de la autoestima es el estilo educativo en primeras etapas de la infancia. Que esto sea así nos permite trabajar sobre el parenting (o el estilo parental) para favorecer una educación que propicie una correcta autoestima.
Sin embargo, igualmente importante es la fase de la adolescencia; en donde los cambios que se producen en la persona, por el propio desarrollo, pueden interferir en la percepción de la propia imagen. Siendo una etapa en la que es imprescindible una buena autoestima, ya que nos ayuda a predecir el ajuste emocional, disminuyendo la presencia de síntomas emocionales; y aportando una mejor adaptación a eventos estresantes.
Situaciones de violencia interpersonal (maltrato, abusos, bullying, victimización cibernética, etc.) pueden acarrear, como consecuencia, problemas de autoestima. Por ello es tan necesario valorar estas situaciones y trabajar en su procesamiento.
Hacerlo, ayudará a mejorar la valoración que hacemos de nosotros mismos y, con ello, nuestra capacidad de afrontar situaciones nuevas.
Y tu autoestima, ¿cómo está? ¿te quieres?
La muerte forma parte de la vida, algunas personas mueren por enfermedades, otras por accidentes, otras sin motivos aparentes, y otras porque deciden poner fin a su vida. En consulta, es muy importante valorar la ideación y conducta suicida, pero también debemos prestar atención en las señales de aquellos que no consultan a un profesional.
Cerca de 800.000 personas deciden quitarse la vida cada año a nivel mundial, considerándose un importante problema de salud pública. Según los últimos informes, cada 40 segundos se produce una muerte por esta causa. Siendo la 2da causa de muerte en jóvenes entre 15 y 29 años.
Por cada suicidio consumado, tenemos muchas más tentativas e ideaciones. Como si de la estructura de iceberg se tratase.
Factores de riesgo nos ayudan a encender las alertas, pero ninguno por sí solo explica la conducta suicida.
Tener un diagnóstico de patología mental, especialmente trastornos afectivos, de control de impulsos, etc. El consumo de alcohol es uno de los principales puntos a tener en cuenta, ya que puede desinhibir la conducta.
Estar pasando por situaciones de crisis que alteran la capacidad para resolver conflictos, como puede ser rupturas amorosas, enfermedades crónicas, problemas financieros.
Haber vivido experiencias adversas como situaciones traumáticas especialmente violentas (desastres, violencia, abusos, pérdidas), junto con la sensación de aislamiento también son un buen indicador de riesgo.
Formar parte de una comunidad objeto de discriminación como migrantes o refugiados, pueblos originarios, colectivo LGTBIQ, reclusos.
El principal factor de riesgo son los intentos previos, cuanto mayor historial tenga una persona de conductas fallidas e ideación, mayores serán las probabilidades que, finalmente, lo consiga.
A su vez, el conocido el efecto Werther o copycat explica otro factor de riesgo, vinculado al conocimiento de noticias explícitas relacionadas con un suicidio. Se lo conoce con este nombre gracias a una novela de 1774 que, tras su publicación, fue seguida de una ola de suicidios imitando la modalidad del protagonista.
Otros estudios han demostrado efectos semejantes con las noticias en medios de comunicación. Por eso, algunos países, prohíben este tipo de titulares explícitos.
Los recursos que se utilizan son muchos y muy diversos, y juegan un papel dentro del proceso psicológico que lleva a la persona a quitarse la vida. Es muy importante valorarlo para adoptar las medidas de prevención oportunas. Porque sí, son prevenibles. ¿Cómo?
Controlando el acceso y disponibilidad de diversos métodos lesivos, o que podrían propiciar la conducta (como el alcohol).
Realizando una correcta profilaxis con la información que aportan los medios de comunicación, escuelas, personal sanitario, etc. Incluyendo foros y chats sobre esta temática.
Agilizando las intervenciones en salud mental, para garantizar una identificación temprana y atención a las personas con algunos de los factores de riesgo antes mencionados.
Formando a los profesionales para evaluar y gestionar conductas suicidas. Así como implementando planes de seguimiento y atención para personas que intentaron suicidarse a nivel comunitario.
Como se puede observar, este tema requiere de intervenciones que aborden distintos aspectos de la persona con ideación y conducta suicida. Pero, sobre todo, requiere que este tema deje de ser tabú, que pueda hablarse abiertamente para poder actuar a tiempo.
Si necesitas ayuda, cuenta conmigo. Hablemos.
La OMS fija la prevalencia de personas que viven con síntomas de ansiedad cerca del 10% de la población mundial, estos datos también se han visto reflejados en estudios de España. Siendo, junto a la depresión, el trastorno que afecta a más número de personas.
La ansiedad es un trastorno mayormente presente en las mujeres que en los hombres.
Ansiedad y palabras derivadas o semejantes son de uso muy habitual, pero pocas veces los usamos de manera correcta o sabiendo exactamente qué implica. Tiene implicaciones diversas, y hay personas que realmente sufren con ella.
En ocasiones, confundimos el miedo con la ansiedad. Más allá que ambos pueden solaparse, e incluso influirse, ya que una situación que nos genera miedo puede desarrollarnos ansiedad, pero debemos entender que:
Miedo: es una reacción emocional a una amenaza inminente, ya sea real o imaginaria.
Ansiedad: es la respuesta emocional a una amenaza futura, real o imaginaria.
Esta diferenciación nos da una pista de por dónde pueden ir los tiros, ya que la anticipación es una de las características de la ansiedad, repasemos algunas de sus características:
Aparece de manera anticipatoria a eventos o situaciones que se valoran cognitivamente como amenazantes.
Aumento del sistema autónomo (respiración y ritmo cardíaco) para prepararse para la huida.
Evitación de aquellas situaciones que son plausibles de generar malestar. O de las circunstancias donde el estímulo que genera ansiedad pueda estar presente (o presentarse).
El tipo de ansiedad que tengamos dependerá de diversos factores, como la intensidad de los síntomas, qué la origina, el momento vital de la persona, o su edad de desarrollo.
Los tipos de ansiedad más habituales son:
Trastorno de ansiedad por separación, especialmente en niños y niñas pequeños ante la separación del hogar y/o de las figuras de apego.
Mutismo selectivo, también en la población infantil que no tiene problemas de habla, excepto en determinadas situaciones sociales.
Fobia específica que, como su nombre indica, es un miedo excesivo e irracional a una situación concreta y bien delimitada.
Fobia social o ansiedad social, es cuando la tenemos ansiedad muy intensa ante situaciones sociales diversas, que no necesariamente abarcan todas las que mantiene en su vida.
Trastorno de pánico, caracterizado por los famosos ataques de pánico.
Agorafobia, vinculada a diversas situaciones fuera del entorno doméstico como puede ser transporte público, espacios abiertos, sitios cerrados, multitudes, etc.
Trastorno de ansiedad generalizada, que abarca diversas situaciones o actividades de la vida diaria.
A su vez, la ansiedad puede aparecer como respuesta a la ingesta de fármacos o drogas que, como efecto secundario, incrementen el nivel de ansiedad de la persona.
Hay dos grandes grupos que, antes se trabajaban y consideraban parte de los trastornos de ansiedad, pero por sus características más particulares se han establecido como categorías propias y separadas de la ansiedad. Por un lado, las situaciones traumáticas y TEPT, del que he hablado en otro post (aunque no expliqué toda la diversidad de trastornos vinculados al trauma en el mismo), y en segundo lugar el TOC (Trastorno obsesivo compulsivo).
Es importante destacar que el miedo y la ansiedad tienen un componente adaptativo, que colabora en la supervivencia. De no tener una cierta cuota de ellos, seríamos temerarios y, posiblemente, nos pondríamos en riesgo de manera reiterada. El problema aparece cuando nuestras reacciones llegan al punto de afectarnos en nuestro día a día.
Con cuadros de ansiedad se trabaja de maneras diversas, siempre valorando meticulosamente su presencia y el grado en el que nos esté afectando. La psicoterapia es fundamental para conocer su origen, aprender a controlarla y trabajar de manera directa con sus causas. Pero, en ocasiones, podemos necesitar derivar a un profesional que decida si sería adecuado el uso de ayuda farmacológica.
Es muy importante tratarlos, ya que pueden empeorar con el tiempo. Siendo especialmente importante el tratamiento de la ansiedad en la etapa infantil. Si tienes cualquier duda, no dudes en escribirme que estoy para ayudarte.
¿Sabes qué es el TDAH? En los últimos años cada vez hemos oído más y más hablar de estas siglas, pero no todos sabemos qué significan y, muchos, no conocemos las características que lo definen.
TDAH son las letras que resumen al “Trastorno por Déficit de Atención e Hiperactividad”, es uno de los trastornos más prevalentes en la población infanto-juvenil, y se trata de un problema del neurodesarrollo.
Como indica el nombre, es un retraso en el desarrollo de funciones ejecutivas que generan una alteración a nivel de la atención (con dificultades para establecerla o mantenerla), combinado con dificultades para controlar impulsos y conductas.
Cabe destacar que el TDAH es un diagnóstico crónico, ya que el desarrollo de áreas cerebrales y funciones neurológicas siempre irá un poco por detrás de la población normativa.
Según la edad podemos observar algunas características del TDAH diferentes:
Infancia:
Poca capacidad para concentrarse, siendo muy fácil distraerse con estímulos diversos.
Gran impulsividad, lo que traduce en hablar o realizar sonidos constantemente, interrumpir en conversaciones ajenas, dificultad para esperar. Constantemente están llamando la atención de quienes los rodean.
A nivel motriz también se observa inquietud, cambiando constantemente de actividades, moviéndose mucho y de manera inapropiada, llegando a incurrir en conductas de riesgo por lo peligrosas que pueden ser.
Dificultades para controlar las propias emociones, siendo una suerte de volcán en erupción con reacciones emocionales de gran intensidad.
Adolescencia:
Elevada desorganización, tanto en las actividades cotidianas como en aspectos académicos. La falta de organización y planificación lleva a tener olvidos recurrentes, lo que podría parecer irresponsable.
Baja constancia académica, al ser una actividad poco motivadora los adolescentes se muestran más “pasotas”, en buena parte porque les resulta dificultoso llevar adelante las actividades.
También presentan inquietud interna, lo que les lleva a probar actividades diversas que los ponen en riesgo (consumo de tóxicos, deportes extremos, etc.). Esta inquietud también puede verse reflejada en los estados emocionales de estos adolescentes.
Dificultades en las relaciones sociales, suelen tener pocos amigos o tener conflictos constantes. Lo que atenta directamente contra su autoestima.
Adultez:
Pobre capacidad de planificación y organización, lo que lleva a grandes dificultades para acabar con el trabajo diario.
Impulsividad, que se ve reflejada en cambios vitales frecuentes (pareja, amigos, trabajo, vivienda).
La inquietud interna se salda con la búsqueda de actividades dinámicas y la búsqueda de nuevas sensaciones. Pudiendo incurrir en conductas de riesgo como las mencionadas anteriormente.
Dificultades en el control de las emociones y en las relaciones sociales, lo que favorece una baja autoestima y el cambio constante del que hablábamos líneas antes.
Leyendo toda esta cronología seguramente te preguntas ¿esto significa que siempre vamos a ser igual de despistados y/o inquietos? (Tú o la personas en la que estemos pensando) No necesariamente, podemos trabajar para conseguir que estas características del TDAH interfieran lo menos posible.
Cualquier duda, ponte en contacto conmigo. Verás que tengo muchas opciones para trabajarlo.
*Por favor, no realices diagnósticos por lo que puedas encontrar en internet, si tienes alguna duda consulta con un profesional que sepa evaluar la situación y asesorarte.
