El Síndrome de Down, o trisomía del par 21, es una alteración cromosómica dada por la mutación del par 21. Fue detectada a mediados del 1800 por John Langdon Down.
La incidencia estaba fijada en torno a 1 de cada 1.000 nacimientos. Sin embargo, en los últimos años esto ha disminuido; ya que un 95% de los embarazos son interrumpidos cuando se confirma el diagnóstico en la prueba de cariotipos.
Alteraciones en el funcionamiento
Esta condición produce afectaciones en diversas áreas del desarrollo y que se mantienen a lo largo de la vida, modificándose según se realiza la estimulación oportuna para mejorar el rendimiento y adaptación general.
Aspectos cognitivos
El déficit intelectual es una de las características más conocidas. La inteligencia en estas personas varía desde inteligencias límite a retraso intelectual profundo. Esto lleva a la pérdida gradual de habilidades, así como a dificultades en sus adquisiciones.
A nivel de lenguaje suelen tardar más en comenzar a hablar, así como en comprender y procesar el lenguaje en sus diversas formas. En ocasiones, las carencias de lenguaje deben ser suplidas con pictogramas para favorecer la comunicación.
También se dan alteraciones en funciones ejecutivas (atención, concentración, inhibición, organización, planificación, velocidad de procesamiento, etc.).
Por lo que respecta al aprendizaje, tienen la capacidad para aprender cosas nuevas, aunque a un ritmo más lento que el resto de la población.
Aspectos conductuales
Hay una mayor predisposición a conductas como hiperactividad, impulsividad, agitación, movimientos repetitivos, desregulación sensorial, etc., esto se debe a la falta del control inhibitorio comentado en el apartado de aspectos cognitivos.
Aspectos psicológicos y emocionales
Algunos de ellos pueden tener presentaciones sintomáticas de ansiedad y depresión. Es común también la presencia de mayor irritabilidad.
Aspectos sociales
Derivado de algunas dificultades cognitivas, las personas con Síndrome de Down suelen tener problemas para el reconocimiento emocional, la atención conjunta, gesticulación espontánea, y menor dominio motivacional.
Los déficits en diversos ámbitos promueven que estas personas tengan un limitado grupo de apoyo, quedando en el hogar familiar junto con los cuidadores. Sin embargo, muchos alcanzan un grado de desarrollo que les permite introducirse en el mercado laboral, lo que permite el desarrollo de la independencia personal.
Victimización en personas con Síndrome de Down
Las afectaciones anteriormente mencionadas ponen, a las personas con Síndrome de Down, en una situación de vulnerabilidad que las expone a diversas formas de victimización. Al igual que ocurre con otras formas de discapacidad.
Las distintas formas de violencia están presentes en el día a día de todas las personas, pero algunas tenemos la capacidad de discriminar en quiénes podemos confiar, y poder adelantarnos a posibles situaciones abusivas. Esto no ocurre con las personas que tienen este diagnóstico, lo que las expone a diversas formas de victimización interpersonal en los diferentes contextos en los que participan.
Según algunos estudios, tener una discapacidad intelectual aumenta en 3 el riesgo de vivir situaciones de abuso infantil y negligencia. Asimismo, en la edad escolar pueden vivir mayores situaciones de bullying y otras formas de victimización por parte de iguales. En la edad adulta, serían más propensos a ataques físicos y/o sexuales, hurtos y robos.
Intervenciones
Tan importante es trabajar en la adquisición de habilidades psicomotrices, como lo es en el aspecto psicosocial para evitar que sean foco de violencia.
Esto no es siempre así y depende, en gran medida, del grado de discapacidad que se valore. Esta situación desprotege a aquellos que no la tienen tan acusada, exponiéndolos a factores de riesgo para la victimización interpersonal.
Hace un tiempo hablé de la ansiedad, pero no me había puesto a escribir aún sobre la depresión, y menos aún su vínculo con el trauma o las situaciones potencialmente traumáticas.
¿Qué es la depresión?
Muchas veces pensamos que es una sensación de tristeza momentánea, motivada por algo que ha ocurrido a nuestro alrededor. Sin embargo, la depresión es mucho más que tristeza.
La depresión es un trastorno del estado de ánimo que afecta a la persona en diversos ámbitos de su vida, dependiendo de las características personales, consumos, contexto vital, etc.
Las alteraciones son emocionales, cognitivas, en el funcionamiento psicosocial, las conductas.
Durante muchos años se habló de depresión unipolar y bipolar para distinguir cuadros claramente diferenciados. Lo que comúnmente llamamos depresión es la unipolar. Y de ella hablaremos hoy.
Síntomas de depresión
Los síntomas varían según la edad de la persona. En personas con edades entre los 6 y 18 años veremos:
Irritabilidad grave y persistente. Que muchas veces son evidentes como arranques de cólera tanto verbal como a nivel de conducta. No es una respuesta a la frustración, sino un estado general.
Dificultades en el establecimiento y mantenimiento de relaciones sociales. Así como desinterés en actividades recreativas.
Bajada en el rendimiento escolar o académico por problemas para mantener la concentración y la atención, así como por disrupciones en los procesos de memoria. Suele observarse un descenso notable en las calificaciones.
En personas adultas vemos síntomas semejantes, aunque con ciertas adaptaciones:
Estado de ánimo deprimido, que se suele describir como tristeza, desesperanza, estar “por los suelos”, incluso sentirse con carencia de estado afectivo.
Pérdida del interés y placer por actividades habituales y hobbies, así como reducción del interés o deseo sexual. Todo esto se puede observar en un menor interés por los contactos sociales y la presencia de cierto aislamiento.
Existe una alteración en los ritmos biológicos, como son alteraciones de sueño (déficit o exceso), en el apetito o peso (déficit o exceso). Asimismo, hay alteración psicomotriz (enlentecimiento o agitación).
Suele relatarse disminución de la energía, cansancio, que se acompaña de sentimientos de inutilidad o culpa, lo que propicia una autovaloración negativa.
Se presentan dificultades para pensar, concentrarse y/o tomar decisiones, así como para recordar cosas. Esto puede llevar a conflictos en el ámbito laboral o académico.
Tanto en la población infanto-juvenil como en los adultos puede darse la presencia de pensamientos recurrentes de muerte, así como ideación y conducta suicida.
Depresión y trauma
Algunos estudios indican que vivir situaciones de negligencias, abuso físico y/o sexual en la infancia es un factor de riesgo para el desarrollo de depresión en la edad adulta.
Asimismo, estudios realizados con población infanto-juvenil han demostrado que este patrón también se mantiene, no solo cuando ellos son receptores de la violencia, sino también cuando son testigos de la misma.
La investigación también pone en evidencia que la severidad de la sintomatología está bastante vinculada a la vivencia de dos o más situaciones traumáticas. Sin embargo, algunos estudios plantean que lo que influye es el tipo de trauma vivido y la gravedad del mismo.
Es importante prevenir las situaciones potencialmente traumáticas, y trabajar de manera temprana cuando ocurren, ya que las investigaciones han demostrado una alta correlación entre éstas y síntomas de depresión, ansiedad, TEPT.
A su vez, puede interferir en el correcto desarrollo de la autoestima y en las habilidades sociales.
En general, las noticias e informaciones sobre la discapacidad y victimización nos hablan que las personas con discapacidad son más propensas a la conducta violenta o se encuentran envueltas en situaciones violentas.
De hecho, suelen utilizarse algunas de estas situaciones para disminuir las penas ante delitos violentos. Y esto es utilizado por medios para aumentar el estigma de estas personas.
Sin embargo, pocas veces hablamos de los riesgos que implica tener una discapacidad de cara a ser víctima de conductas violentas.
Lo primero que debemos saber es que tener alguna discapacidad, incrementa el riesgo de victimización en 1,5 veces más.
Tipos de discapacidad
Según la OMS un 15% de la población mundial tiene alguna forma de discapacidad, ya sea temporal o permanente. Se cree que, gracias al envejecimiento progresivo de la población, estos datos serán cada vez mayores.
¿Qué tipo de discapacidades conocemos?
Física: parálisis cerebral, distrofia muscular, hemiplejía, epilepsia, enfermedades crónicas, amputaciones, etc.
Intelectuales o cognitivas: retraso mental, trastornos del aprendizaje, retrasos del habla, etc.
Salud mental: patologías graves de salud mental que impiden el correcto desarrollo de la vida como el TEA, TDAH, depresión muy grave, algunas fobias, psicosis, etc.
Sensoriales: problemas de percepción visual o auditiva.
Todas estas pueden impedir la participación plena y efectiva de las personas en la sociedad, de la misma manera y en las mismas condiciones que el resto de personas sin discapacidad.
Evidentemente, hay grados diversos de discapacidad, que actúan como factor de riesgo para la vulnerabilidad a situaciones diversas de victimización interpersonal.
Tipos de victimizaciones más habituales
No todas las discapacidades harán vulnerable a la persona al mismo tipo de victimización; sin embargo, estas son las formas de victimización más comentadas por la comunidad científica.
Pública: como son las agresiones verbales, intimidaciones, robos, hurtos, amenazas, etc.
Por parte de cuidadores: abuso físico y verbal, agresividad, abuso emocional, negligencias, abandono, etc.
Sexual: besos forzosos, asalto sexual, exhibicionismo, exposición sexual, abuso y agresión sexual, etc.
Indirecta o ser testigo de violencia: observar situaciones violentas diversas que ocurren en el contexto familiar o comunitario.
Electrónica: acoso por medios electrónicos, acoso sexual online, etc.
Por parte de iguales: bullying, abuso físico, psicológico o sexual, violencia de pareja, etc.
incluso más que la población general, pudiéndose constituir más en una condición que un evento aislado por la cantidad de experiencias semejantes que viven (polivictimización).
Este tipo de situaciones son germen de trauma en las personas y pueden generar alteraciones diversas, entre ellas ansiedad, problemas de autoestima, de asertividad, ideación y conducta suicida, etc.
Debemos trabajar en la prevención de estas situaciones desde edades tempranas, brindando un buen soporte al entorno de la persona.
Habitualmente pensamos los trastornos de conducta alimentaria ligados a la adolescencia, pero no a la edad adulta. También solemos pensar en conductas restrictivas o purgativas, pero no en las de ingesta.
Los trastornos de la conducta alimentaria son diversos y tienen consecuencias muy diferentes en cada caso.
Suele ser un problema más recurrente en mujeres que en hombres, lo que genera una discriminación al momento de realizarse el diagnóstico de estas situaciones. También se ve más comúnmente en adolescentes o adultos jóvenes, pero puede aparecer a lo largo de la vida.
Restrictivos
Suelen estar basados en disminuir o eliminar la ingesta de alimentos o emplear métodos compensatorios para eliminar las calorías consumidas. Entre ellos encontramos:
Evitación o restricción de la ingesta: basado en la preocupación por ingerir alimentos, falta de interés ante ellos, y demás conductas de evitación que denotan un fracaso persistente para cumplir necesidades nutritivas y/o energéticas.
Anorexia nerviosa: caracterizado por un miedo intenso a ganar peso o engordar, llevando adelante conductas extremas para evitarlo. Puede dar solo de manera restrictiva o con la utilización de métodos de purga (producirse el vómito, utilizar laxantes, etc.). Las personas con este tipo de problemas tienen un peso notoriamente bajo.
Bulimia nerviosa: se producen atracones o ingestas descontroladas, que la persona siente incontrolables, seguidos de un comportamiento compensatorio (vomitar, laxantes, etc.).
Ingesta excesiva
En este grupo encontramos todas aquellas conductas que tienen como denominador común la ingesta excesiva de alimentos, en general, hipercalóricos. Pueden o no seguirse de conductas compensatorias.
Pica: es la ingesta constante de alimentos no nutritivos, a lo largo del día de manera constante y fuera de los patrones habituales y convencionales.
Rumiación: se trata de la regurgitación repetida de alimentos. Los alimentos regurgitados se vuelven a masticar, tragar o se escupen. La conducta llevada a cabo no está dentro de patrones de patología física.
Atracones: se caracteriza por la ingesta excesiva de alimentos en un corto periodo de tiempo, que se acompaña con la sensación de falta de control por parte de quien lo vive. Algunas características son comer mucho más rápido de lo normal en la persona, comer hasta sentirse desagradablemente lleno, comer incluso sin hambre, comer por vergüenza, sensación de disgusto, vergüenza, depresión.
Hace unos días escribí sobre la obesidad y su relación con el trauma, conductas como el picoteo o los atracones son muy comunes en esta población.
Los motivos por los que pueden aparecer este tipo de conductas alimentarias son muchos y muy diversos, suelen estar asociados a formas de resolución de conflictos y emociones muy disfuncionales, que no permiten llevar adelante el correcto funcionamiento de las herramientas personales.
También existen factores socioculturales y exigencias sociales que pueden jugar un papel en el desarrollo y mantenimiento de este tipo de trastornos.
Otra de las causas más estudiada son los problemas familiares, las dificultades para el establecimiento de límites y para desarrollar un diálogo familiar franco, que permita la correcta expresión de emociones y preocupaciones.
Suelen estar, estos problemas de conducta alimentaria, muy asociados a problemas de ansiedad, depresión, problemas en el control de impulsos, autoestima, etc. Situaciones traumáticas también pueden tener su influencia en este campo.
Si conoces a alguien con este tipo de problemas o estás pasando por problemas de este tipo, consulta.
Como comentaba en el post de salud mental, recibir asistencia psicológica suele estar mal visto. Estigmatizado. Así que veamos en cuándo ir al psicólogo está más que justificado:
Sientes que las cosas no te están yendo bien, has perdido la capacidad de disfrutar y proyectar.
Notas dentro tuyo un torbellino de emociones, pensamientos, sensaciones que hacen que sientas que todo te desborde.
Estás pasando por una crisis vital, en la que no sabes cómo continuar con tu vida, si haces lo que te apetece. Sientes que tienes que cambiar algo, pero no el qué.
Has pasado por una situación adversa en tu vida, que de tanto en tanto aparece y que interfiere en tu rutina habitual.
Quieres aprender a gestionar situaciones de una mejor manera, para seguir progresando en tu vida personal y/o profesional.
Acabas de pasar por una ruptura, o te planteas una, y sientes que no estás pensando las cosas con la claridad que requieren. O, incluso, te da miedo equivocarte.
Alguien muy cercano ha fallecido y sientes que no puedes levantar cabeza luego de la pérdida.
Tu vida tiene una alta demanda externa y requiere que estés a tope todo el tiempo, así quieres una vía de escape que te permita seguir dándolo todo.
Crees que te iría bien hablar con alguien, que te brinde puntos de vista objetivos sobre tu vida y tu persona, y que te ayude a plantearte cambios.
Tú o alguien cercano ha recibido un diagnóstico médico que implica cambios vitales o que implican cierta gravedad, y necesitas ayuda para superarlo y/o afrontar la situación lo mejor posible.
Algún peque de casa tiene algunas dificultades para hacer amigos, o para concentrarse; puede que no pare quieto, o que le interesen cosas que al resto de niños no. En este caso, la consulta puede ser por ellos, para ayudar a que mejoren sus habilidades, o por nosotros para que sepamos sobrellevarlo y brindarle herramientas.
Te planteas traer una vida al mundo, pero está siendo difícil o se han planteado complicaciones que no esperabas. O, también, has decidido empezar un proceso que demanda mucho a nivel emocional.
Se te hace difícil decir que no, pedir ayuda, ponerte en un primer plano, pero crees que ya va siendo hora de hacerlo.
Creo que podría continuar hasta la eternidad, porque ir a un psicólogo no requiere de una prescripción determinada, no es necesario encontrarnos mal o tener síntomas que nos incapaciten para el día a día.
Con la pandemia del SARS-CoV-2 hemos aprendido que podemos ser asintomáticos y aún así contagiar. Eso motiva acciones concretas de prevención, aunque nos encontremos bien. Pero, aún así, dudamos si consultamos o no con un profesional en salud mental
Pedir asistencia psicológica no es como comenzar a tomar un antibiótico que creas resistencia si no lo necesitas, ni te pone en riesgo como otros medicamentos que pueden tener contraindicaciones o efectos adversos brutales.
En lo personal, me encanta cuando la gente me escribe o llama porque siente que puede cambiar o mejorar cosas; cuando se sienten bien, pero saben podrían estar aún mejor. Ni que hablar de cuando los síntomas principales remiten, pero quieren continuar porque ven que les va bien en dominios vitales que no habían valorado.
Lamentablemente ni el sistema público, ni las aseguradoras de salud, valoran la salud mental como un trampolín a una mejora sanitaria integral. Esperemos que esto pronto cambie, no es un lujo, es una necesidad.
Hay personas pidiéndole a San Google diagnósticos, síntomas, tratamientos… Hay personas llamando o escribiendo “por consejos” porque no se pueden permitir una terapia privada.
¿Qué calidad pueden tener estas intervenciones? ¿Qué ayuda se puede brindar? ¿Qué valor se le pone al bienestar? ¿Qué valor nos ponemos a nosotros mismos?
Las habilidades (o competencias sociales) son un conjunto de conductas (verbales o no verbales) que permiten al individuo desarrollarse tanto a nivel individual como interpersonal, expresando sentimientos, actitudes, deseos, opiniones o derechos de manera adecuada a la situación.
Algunas de las conductas en que observamos estas habilidades son:
Mantener contacto visual con las personas mientras se desarrolla una conversación y asegurarse que el resto de personas observan lo mismo que nosotros.
Dar y recibir cumplidos, las gracias o disculpas.
Compartir elementos (comida, juegos, etc.), pedir favores o permiso, ayudar, etc.
Uno de los primeros entornos en los que se desarrollan estas habilidades es la familia, como núcleo primario de aprendizajes. Es importante favorecer la inclusión social, ya que ayuda a prevenir riesgos psicosociales diversos.
Tiene una alta influencia sobre la autoestima, roles sociales, autorregulación, el rendimiento académico, tolerancia al stress y frustración, gestión de conflictos, etc.
Su utilidad no se ciñe a las etapas de desarrollo, sino también a lo largo de la vida adulta, ya que favorecen la adquisición de normas sociales.
Estos son algunos de los aspectos que integran el concepto de habilidades sociales.
La asertividad permite llevar adelante conductas prosociales para la resolución de situaciones que pueden comportar cierta tensión o, incluso, conflicto.
Sociabilidad positiva, basada en la participación en actividades, la capacidad para pedir ayuda (u ofrecerla), comunicarse con quienes nos rodean, compartir, etc.
El desarrollo de la empatía permite ser consciente de los estados emocionales y cognitivos de las personas que tenemos delante y comprenderlo, permitiéndonos un acercamiento a su posición. Esto favorece las interacciones sociales y la reciprocidad de las mismas.
Expresividad emocional y responsibidad afectiva, permite discernir entre las emociones propias y expresarlas; así como las de los demás. Favoreciendo el afrontamiento a emociones displacenteras.
Un punto fundamental es la adecuación social, que hace referencia a la capacidad de actuar según lo esperable en relación al contexto y momento en que estamos.
Las experiencias de apego en la primera infancia, ya que las mismas brindan una base de confianza/desconfianza sobre nosotros y nuestro entorno.
Algunos problemas de salud mental tienen dificultades en habilidades sociales, como podría ser el Trastorno del Espectro del Autismo (TEA), el TDAH, psicopatía, sociopatía, etc.
Vale aclarar que no todos las dificultades en este campo son indicadores de patologías como las antes mencionadas, pero sí que a largo plazo, están relacionadas con la ansiedad y/o depresión, alteraciones conductuales (incluyendo la conducta antisocial), enfermedades cardiovasculares, abuso de sustancias, etc.
Teniendo en cuenta estas posibles consecuencias futuras, es que se propone el trabajo y la intervención para el desarrollo de habilidades sociales desde la infancia. No solo de manera directa con los niños, niñas y adolescentes, sino también con sus cuidadores favoreciendo la parentalidad positiva.
Sin embargo, los adultos también podemos trabajar en ellas y beneficiarnos de cambios en otros dominios personales y sociales.
La muerte forma parte de la vida, algunas personas mueren por enfermedades, otras por accidentes, otras sin motivos aparentes, y otras porque deciden poner fin a su vida. En consulta, es muy importante valorar la ideación y conducta suicida, pero también debemos prestar atención en las señales de aquellos que no consultan a un profesional.
Cerca de 800.000 personas deciden quitarse la vida cada año a nivel mundial, considerándose un importante problema de salud pública. Según los últimos informes, cada 40 segundos se produce una muerte por esta causa. Siendo la 2da causa de muerte en jóvenes entre 15 y 29 años.
Por cada suicidio consumado, tenemos muchas más tentativas e ideaciones. Como si de la estructura de iceberg se tratase.
Factores de riesgo nos ayudan a encender las alertas, pero ninguno por sí solo explica la conducta suicida.
Tener un diagnóstico de patología mental, especialmente trastornos afectivos, de control de impulsos, etc. El consumo de alcohol es uno de los principales puntos a tener en cuenta, ya que puede desinhibir la conducta.
Estar pasando por situaciones de crisis que alteran la capacidad para resolver conflictos, como puede ser rupturas amorosas, enfermedades crónicas, problemas financieros.
Haber vivido experiencias adversas como situaciones traumáticas especialmente violentas (desastres, violencia, abusos, pérdidas), junto con la sensación de aislamiento también son un buen indicador de riesgo.
Formar parte de una comunidad objeto de discriminación como migrantes o refugiados, pueblos originarios, colectivo LGTBIQ, reclusos.
El principal factor de riesgo son los intentos previos, cuanto mayor historial tenga una persona de conductas fallidas e ideación, mayores serán las probabilidades que, finalmente, lo consiga.
A su vez, el conocido el efecto Werther o copycat explica otro factor de riesgo, vinculado al conocimiento de noticias explícitas relacionadas con un suicidio. Se lo conoce con este nombre gracias a una novela de 1774 que, tras su publicación, fue seguida de una ola de suicidios imitando la modalidad del protagonista.
Otros estudios han demostrado efectos semejantes con las noticias en medios de comunicación. Por eso, algunos países, prohíben este tipo de titulares explícitos.
Los recursos que se utilizan son muchos y muy diversos, y juegan un papel dentro del proceso psicológico que lleva a la persona a quitarse la vida. Es muy importante valorarlo para adoptar las medidas de prevención oportunas. Porque sí, son prevenibles. ¿Cómo?
Controlando el acceso y disponibilidad de diversos métodos lesivos, o que podrían propiciar la conducta (como el alcohol).
Realizando una correcta profilaxis con la información que aportan los medios de comunicación, escuelas, personal sanitario, etc. Incluyendo foros y chats sobre esta temática.
Agilizando las intervenciones en salud mental, para garantizar una identificación temprana y atención a las personas con algunos de los factores de riesgo antes mencionados.
Formando a los profesionales para evaluar y gestionar conductas suicidas. Así como implementando planes de seguimiento y atención para personas que intentaron suicidarse a nivel comunitario.
Como se puede observar, este tema requiere de intervenciones que aborden distintos aspectos de la persona con ideación y conducta suicida. Pero, sobre todo, requiere que este tema deje de ser tabú, que pueda hablarse abiertamente para poder actuar a tiempo.
Si necesitas ayuda, cuenta conmigo. Hablemos.
La OMS fija la prevalencia de personas que viven con síntomas de ansiedad cerca del 10% de la población mundial, estos datos también se han visto reflejados en estudios de España. Siendo, junto a la depresión, el trastorno que afecta a más número de personas.
La ansiedad es un trastorno mayormente presente en las mujeres que en los hombres.
Ansiedad y palabras derivadas o semejantes son de uso muy habitual, pero pocas veces los usamos de manera correcta o sabiendo exactamente qué implica. Tiene implicaciones diversas, y hay personas que realmente sufren con ella.
En ocasiones, confundimos el miedo con la ansiedad. Más allá que ambos pueden solaparse, e incluso influirse, ya que una situación que nos genera miedo puede desarrollarnos ansiedad, pero debemos entender que:
Miedo: es una reacción emocional a una amenaza inminente, ya sea real o imaginaria.
Ansiedad: es la respuesta emocional a una amenaza futura, real o imaginaria.
Esta diferenciación nos da una pista de por dónde pueden ir los tiros, ya que la anticipación es una de las características de la ansiedad, repasemos algunas de sus características:
Aparece de manera anticipatoria a eventos o situaciones que se valoran cognitivamente como amenazantes.
Aumento del sistema autónomo (respiración y ritmo cardíaco) para prepararse para la huida.
Evitación de aquellas situaciones que son plausibles de generar malestar. O de las circunstancias donde el estímulo que genera ansiedad pueda estar presente (o presentarse).
El tipo de ansiedad que tengamos dependerá de diversos factores, como la intensidad de los síntomas, qué la origina, el momento vital de la persona, o su edad de desarrollo.
Los tipos de ansiedad más habituales son:
Trastorno de ansiedad por separación, especialmente en niños y niñas pequeños ante la separación del hogar y/o de las figuras de apego.
Mutismo selectivo, también en la población infantil que no tiene problemas de habla, excepto en determinadas situaciones sociales.
Fobia específica que, como su nombre indica, es un miedo excesivo e irracional a una situación concreta y bien delimitada.
Fobia social o ansiedad social, es cuando la tenemos ansiedad muy intensa ante situaciones sociales diversas, que no necesariamente abarcan todas las que mantiene en su vida.
Trastorno de pánico, caracterizado por los famosos ataques de pánico.
Agorafobia, vinculada a diversas situaciones fuera del entorno doméstico como puede ser transporte público, espacios abiertos, sitios cerrados, multitudes, etc.
Trastorno de ansiedad generalizada, que abarca diversas situaciones o actividades de la vida diaria.
A su vez, la ansiedad puede aparecer como respuesta a la ingesta de fármacos o drogas que, como efecto secundario, incrementen el nivel de ansiedad de la persona.
Hay dos grandes grupos que, antes se trabajaban y consideraban parte de los trastornos de ansiedad, pero por sus características más particulares se han establecido como categorías propias y separadas de la ansiedad. Por un lado, las situaciones traumáticas y TEPT, del que he hablado en otro post (aunque no expliqué toda la diversidad de trastornos vinculados al trauma en el mismo), y en segundo lugar el TOC (Trastorno obsesivo compulsivo).
Es importante destacar que el miedo y la ansiedad tienen un componente adaptativo, que colabora en la supervivencia. De no tener una cierta cuota de ellos, seríamos temerarios y, posiblemente, nos pondríamos en riesgo de manera reiterada. El problema aparece cuando nuestras reacciones llegan al punto de afectarnos en nuestro día a día.
Con cuadros de ansiedad se trabaja de maneras diversas, siempre valorando meticulosamente su presencia y el grado en el que nos esté afectando. La psicoterapia es fundamental para conocer su origen, aprender a controlarla y trabajar de manera directa con sus causas. Pero, en ocasiones, podemos necesitar derivar a un profesional que decida si sería adecuado el uso de ayuda farmacológica.
Es muy importante tratarlos, ya que pueden empeorar con el tiempo. Siendo especialmente importante el tratamiento de la ansiedad en la etapa infantil. Si tienes cualquier duda, no dudes en escribirme que estoy para ayudarte.
Estoy segura que alguna vez escuchaste hablar del Trastorno de Estrés Postraumático (o TEPT). Suele ser de lo que más se habla cuando ocurre cualquier situación traumática.
De hecho, si estás en un proceso judicial por una situación potencialmente traumática, lo primero que se valorará será la presencia de TEPT. Como si fuese un oráculo para determinar si es cierto lo que te ha pasado (quiero aclarar, como el otro post, que no necesariamente desarrollamos TEPT ante un trauma).
Pero, más allá de sonarte, ¿sabes cómo se empezó a hablar de él? En una primera versión del DSM (manual diagnóstico de trastornos mentales) estuvo vinculado al estrés en veteranos y prisioneros de guerra, así como supervivientes de campos de concentración; luego desapareció, pero con el tiempo se vinculó a los veteranos de guerra de Vietnam. Formando un conjunto de síntomas que aparecían tras la vivencia de situaciones traumáticas.
¿Sabes qué características tiene este cuadro? Te dejo algunas de ellas para que las revises. Según el DSM-5, la principal es que haya ocurrido algún evento traumático (inesperado y todo lo que hablamos en el post que explico qué es el trauma), pero veamos qué más características tiene el TEPT:
Memorias intrusivas, que se presentan como recuerdos, juegos o sueños angustiosos (incluso pesadillas), que se presentan sin previo aviso, y cuyo contenido tiene vinculación con el evento traumático.
Disociación, sentir y/o actuar como si se reviviese el suceso traumático. Se puede llegar, incluso, a perder la noción respecto del momento actual.
Malestar físico y emocional ante la exposición a factores vinculados a la situación traumática vivida.
Realizar intentos para evitar los recuerdos traumáticos o los elementos que podrían recordar al evento. Esto incluye lugares, situaciones o personas vinculadas al mismo.
Alteraciones cognitivas y emocionales, como fallos/olvidos en la memoria de la situación traumática, generalización de creencias negativas sobre la propia valía o la de los demás, sensación de culpa o vergüenza, desinterés en el juego y/o en actividades diversas.
Alerta y reactividad excesiva asociada al evento, como puede ser comportamiento irritable, arrebatos de furia, hipervigilancia, sobresaltos continuos, problemas de concentración, dificultades a la hora de dormir (para conciliar o mantener el sueño).
Todos estos síntomas pueden variar en intensidad, duración, características (dependiendo de la situación traumática que hayamos vivido, la edad cuando ello ocurrió, cómo lo valoramos). Por lo tanto, no nos ceñimos a un formato único y puede adquirir diversas presentaciones.
Más allá de la información que te acabo de proporcionar, tengo que hacerte una advertencia/recomendación asentada en la base del último párrafo.
No alcanza con hacer un listado de “late, late, nola, late, nola”. Si has pasado por una situación potencialmente traumática, y crees que puedes tener TEPT, ponte en manos de un profesional especializado. Esto ayudará a determinar si es el diagnóstico correcto y, en caso que así sea, minimizar o eliminar sus síntomas con técnicas específicas y que hayan probado efectividad y eficacia.
Cualquier duda que tengas, contáctame.
¿Sabes qué es el TDAH? En los últimos años cada vez hemos oído más y más hablar de estas siglas, pero no todos sabemos qué significan y, muchos, no conocemos las características que lo definen.
TDAH son las letras que resumen al “Trastorno por Déficit de Atención e Hiperactividad”, es uno de los trastornos más prevalentes en la población infanto-juvenil, y se trata de un problema del neurodesarrollo.
Como indica el nombre, es un retraso en el desarrollo de funciones ejecutivas que generan una alteración a nivel de la atención (con dificultades para establecerla o mantenerla), combinado con dificultades para controlar impulsos y conductas.
Cabe destacar que el TDAH es un diagnóstico crónico, ya que el desarrollo de áreas cerebrales y funciones neurológicas siempre irá un poco por detrás de la población normativa.
Según la edad podemos observar algunas características del TDAH diferentes:
Infancia:
Poca capacidad para concentrarse, siendo muy fácil distraerse con estímulos diversos.
Gran impulsividad, lo que traduce en hablar o realizar sonidos constantemente, interrumpir en conversaciones ajenas, dificultad para esperar. Constantemente están llamando la atención de quienes los rodean.
A nivel motriz también se observa inquietud, cambiando constantemente de actividades, moviéndose mucho y de manera inapropiada, llegando a incurrir en conductas de riesgo por lo peligrosas que pueden ser.
Dificultades para controlar las propias emociones, siendo una suerte de volcán en erupción con reacciones emocionales de gran intensidad.
Adolescencia:
Elevada desorganización, tanto en las actividades cotidianas como en aspectos académicos. La falta de organización y planificación lleva a tener olvidos recurrentes, lo que podría parecer irresponsable.
Baja constancia académica, al ser una actividad poco motivadora los adolescentes se muestran más “pasotas”, en buena parte porque les resulta dificultoso llevar adelante las actividades.
También presentan inquietud interna, lo que les lleva a probar actividades diversas que los ponen en riesgo (consumo de tóxicos, deportes extremos, etc.). Esta inquietud también puede verse reflejada en los estados emocionales de estos adolescentes.
Dificultades en las relaciones sociales, suelen tener pocos amigos o tener conflictos constantes. Lo que atenta directamente contra su autoestima.
Adultez:
Pobre capacidad de planificación y organización, lo que lleva a grandes dificultades para acabar con el trabajo diario.
Impulsividad, que se ve reflejada en cambios vitales frecuentes (pareja, amigos, trabajo, vivienda).
La inquietud interna se salda con la búsqueda de actividades dinámicas y la búsqueda de nuevas sensaciones. Pudiendo incurrir en conductas de riesgo como las mencionadas anteriormente.
Dificultades en el control de las emociones y en las relaciones sociales, lo que favorece una baja autoestima y el cambio constante del que hablábamos líneas antes.
Leyendo toda esta cronología seguramente te preguntas ¿esto significa que siempre vamos a ser igual de despistados y/o inquietos? (Tú o la personas en la que estemos pensando) No necesariamente, podemos trabajar para conseguir que estas características del TDAH interfieran lo menos posible.
Cualquier duda, ponte en contacto conmigo. Verás que tengo muchas opciones para trabajarlo.
*Por favor, no realices diagnósticos por lo que puedas encontrar en internet, si tienes alguna duda consulta con un profesional que sepa evaluar la situación y asesorarte.
