La autoestima es un término que está en boca de todos “es que tengo baja autoestima”, “tiene una autoestima muy alta”, “tiene problemas de autoestima” … pero ¿sabemos cuál es su importancia?

Como su nombre indica, es la estima o valor propio percibido. Esta valoración puede ser de aceptación o rechazo hacia uno mismo, y se mantiene relativamente estable a lo largo de las situaciones vitales.

De manera automática todos nos valoramos; centrándonos en nuestras experiencias cotidianas, en cómo nos valoran los que no rodean (o cómo creemos que lo hacen), en nuestras emociones y pensamientos.

Esta valoración incluye facetas diversas, como el estado de salud, si somos buenas o malas personas, nuestra apariencia, las capacidades y aptitudes que tenemos (tanto físicas como cognitivas), nuestra sexualidad, las interacciones sociales que llevamos a cabo.

La autoestima consta de dos aspectos principales:

El autoconcepto, que es la imagen que tenemos de nosotros mismos (atributos, capacidades, etc.), siendo una de las variables más relevantes para el bienestar personal.

Y la autoaceptación que está centrada en aceptar o rechazar nuestras características; es decir, nuestro autoconcepto.  

¿Qué influencia tiene la autoestima?

La autoestima influye de diversas maneras en nuestra vida diaria, incluso más de lo que somos capaces de reconocer.

A nivel cognitivo crea pensamientos de cómo somos y qué podemos hacer, afectando incluso en los procesos de aprendizaje.

Participa también en las emociones y sentimientos que tenemos, respecto a nosotros mismos como hacia los que nos rodean, las situaciones en las que estamos involucrados, etc.

En las relaciones puede observarse su influencia, tanto en la importancia que brindamos a lo que nos dicen, como a cómo nos entregamos a las mismas.

Conductualmente nos animaremos o no a hacer cosas, actuaremos de determinadas maneras e, incluso, podemos desarrollar un estilo más asertivo de interacción tanto con otros como con nosotros.

Como podemos observar, la autoestima tiene incidencia en muchos aspectos de nuestras vidas. Estudios han demostrado que las personas que tienen baja autoestima también tienen mayores dificultades a nivel social, como ansiedad ante las relaciones interpersonales o bajas habilidades sociales. Siendo un factor indispensable para poder hacer frente a nuestro día a día, sobre todo cuando estamos bajo stress.

Su desarrollo y alteraciones

Una de las fuentes del desarrollo de la autoestima es el estilo educativo en primeras etapas de la infancia. Que esto sea así nos permite trabajar sobre el parenting (o el estilo parental) para favorecer una educación que propicie una correcta autoestima.

Sin embargo, igualmente importante es la fase de la adolescencia; en donde los cambios que se producen en la persona, por el propio desarrollo, pueden interferir en la percepción de la propia imagen. Siendo una etapa en la que es imprescindible una buena autoestima, ya que nos ayuda a predecir el ajuste emocional, disminuyendo la presencia de síntomas emocionales; y aportando una mejor adaptación a eventos estresantes.

Situaciones de violencia interpersonal (maltrato, abusos, bullying, victimización cibernética, etc.) pueden acarrear, como consecuencia, problemas de autoestima. Por ello es tan necesario valorar estas situaciones y trabajar en su procesamiento.

Hacerlo, ayudará a mejorar la valoración que hacemos de nosotros mismos y, con ello, nuestra capacidad de afrontar situaciones nuevas.

Y tu autoestima, ¿cómo está? ¿te quieres?

La muerte forma parte de la vida, algunas personas mueren por enfermedades, otras por accidentes, otras sin motivos aparentes, y otras porque deciden poner fin a su vida. En consulta, es muy importante valorar la ideación y conducta suicida, pero también debemos prestar atención en las señales de aquellos que no consultan a un profesional.

Cerca de 800.000 personas deciden quitarse la vida cada año a nivel mundial, considerándose un importante problema de salud pública. Según los últimos informes, cada 40 segundos se produce una muerte por esta causa. Siendo la 2da causa de muerte en jóvenes entre 15 y 29 años.

Por cada suicidio consumado, tenemos muchas más tentativas e ideaciones. Como si de la estructura de iceberg se tratase.

 

Factores de riesgo nos ayudan a encender las alertas, pero ninguno por sí solo explica la conducta suicida.

Tener un diagnóstico de patología mental, especialmente trastornos afectivos, de control de impulsos, etc. El consumo de alcohol es uno de los principales puntos a tener en cuenta, ya que puede desinhibir la conducta.

Estar pasando por situaciones de crisis que alteran la capacidad para resolver conflictos, como puede ser rupturas amorosas, enfermedades crónicas, problemas financieros.

Haber vivido experiencias adversas como situaciones traumáticas especialmente violentas (desastres, violencia, abusos, pérdidas), junto con la sensación de aislamiento también son un buen indicador de riesgo.

Formar parte de una comunidad objeto de discriminación como migrantes o refugiados, pueblos originarios, colectivo LGTBIQ, reclusos.

El principal factor de riesgo son los intentos previos, cuanto mayor historial tenga una persona de conductas fallidas e ideación, mayores serán las probabilidades que, finalmente, lo consiga.

A su vez, el conocido el efecto Werther o copycat explica otro factor de riesgo, vinculado al conocimiento de noticias explícitas relacionadas con un suicidio. Se lo conoce con este nombre gracias a una novela de 1774 que, tras su publicación, fue seguida de una ola de suicidios imitando la modalidad del protagonista.

Otros estudios han demostrado efectos semejantes con las noticias en medios de comunicación. Por eso, algunos países, prohíben este tipo de titulares explícitos.

 

Los recursos que se utilizan son muchos y muy diversos, y juegan un papel dentro del proceso psicológico que lleva a la persona a quitarse la vida. Es muy importante valorarlo para adoptar las medidas de prevención oportunas. Porque sí, son prevenibles. ¿Cómo?

Controlando el acceso y disponibilidad de diversos métodos lesivos, o que podrían propiciar la conducta (como el alcohol).

Realizando una correcta profilaxis con la información que aportan los medios de comunicación, escuelas, personal sanitario, etc. Incluyendo foros y chats sobre esta temática.

Agilizando las intervenciones en salud mental, para garantizar una identificación temprana y atención a las personas con algunos de los factores de riesgo antes mencionados.

Formando a los profesionales para evaluar y gestionar conductas suicidas. Así como implementando planes de seguimiento y atención para personas que intentaron suicidarse a nivel comunitario.

Como se puede observar, este tema requiere de intervenciones que aborden distintos aspectos de la persona con ideación y conducta suicida. Pero, sobre todo, requiere que este tema deje de ser tabú, que pueda hablarse abiertamente para poder actuar a tiempo.

Si necesitas ayuda, cuenta conmigo. Hablemos.

Resiliencia es un término que utilizamos de manera bastante común en nuestro día a día. Pero ¿sabemos qué significa? ¿Cuál es la relación entre resiliencia y trauma?

Cuando expliqué algunas consecuencias que podía tener el trauma, también dije que no en todos los casos era así, sino que podía pasar que las personas no desarrolláramos sintomatología ante una situación adversa. Incluso, podemos presentar síntomas compatibles con TEPT, pero que solos vayan mermando, sin la necesidad de una terapia.

Es aquí donde el término que hoy te propongo tiene sentido, ya que implica la capacidad que tenemos de sobreponernos a las situaciones. ¿Cómo? Lo vemos a continuación.

Según la RAE es:

 

Del ingl. resilience, y este der. del lat. resiliens, -entis, part. pres. act. de resilīre ‘saltar hacia atrás, rebotar’, ‘replegarse’.

  1. f. Capacidad de adaptación de un ser vivo frente a un agente perturbador o un estado o situaciónadversos.
  2. f. Capacidad de un material, mecanismo o sistema para recuperar su estado inicial cuando ha cesado la perturbación a la que había estado sometido.”

El término de resiliencia comenzó a utilizarse para hacer referencia, en la física, a la segunda acepción del término que realiza la RAE. Sobre todo, vinculado a los metales que tenían la capacidad de volver a su estado inicial.

A nivel de trauma, hablamos de la resiliencia en dos sentidos. Por un lado, como la capacidad de soportar el embate vital; y, por otro, como la capacidad de sobreponerse a él y volver a un estado de equilibrio previo (aunque algunos autores prefieren denominar a esta segunda como recuperación postraumática).

Este término es altamente dinámico y no debemos entenderlo como un proceso rígido, sino como la relación entre distintos factores que actúan en cada momento de una manera particular.

¿Qué favorece la resiliencia? Según está visto hay distintos factores que intervienen al momento de afrontar una situación potencialmente traumática.

Factores personales: dentro de este grupo se incluye la personalidad, el autoconcepto, apreciación cognitiva, optimismo, flexibilidad cognitiva, regulación emocional, adaptabilidad. Asimismo, incluye cuestiones más sociodemográficas como la edad, el género, cultura, etc.

Factores biológicos: hay estudios que nos hablan de la incidencia del desarrollo y activación de estructuras cerebrales, así como de sistemas funcionales y neurobiológicos que intervienen en la resiliencia. Estos factores son tan importantes que la alteración en este factor (por causa genética, congénita o por vivencial) puede aumentar el riesgo de psicopatología a lo largo de la vida.

Factores ambientales y del entorno: como el apoyo social, relaciones saludables con amigos y familia, apego seguro, estabilidad vincular, factores culturales, políticas sociales, etc. contribuyen a desarrollar la resiliencia.

Todos estos factores interactúan de manera conjunta en cada momento de la vida de una persona, brindando un tipo de respuesta particular a las adversidades que vivimos. 

Nuestra capacidad de resiliencia cambia con las situaciones a las que debemos hacer frente. Pero, también podemos entrenar características personales que nos permitan afrontar las situaciones lo mejor posible.

Si crees que te puedo ayudar, cuenta con ello. Puedes verificar qué modalidad es la mejor para ti o contactar conmigo.

La OMS fija la prevalencia de personas que viven con síntomas de ansiedad cerca del 10% de la población mundial, estos datos también se han visto reflejados en estudios de España. Siendo, junto a la depresión, el trastorno que afecta a más número de personas.  

La ansiedad es un trastorno mayormente presente en las mujeres que en los hombres.

Ansiedad y palabras derivadas o semejantes son de uso muy habitual, pero pocas veces los usamos de manera correcta o sabiendo exactamente qué implica. Tiene implicaciones diversas, y hay personas que realmente sufren con ella.

En ocasiones, confundimos el miedo con la ansiedad. Más allá que ambos pueden solaparse, e incluso influirse, ya que una situación que nos genera miedo puede desarrollarnos ansiedad, pero debemos entender que:

Miedo: es una reacción emocional a una amenaza inminente, ya sea real o imaginaria.

Ansiedad: es la respuesta emocional a una amenaza futura, real o imaginaria.

Esta diferenciación nos da una pista de por dónde pueden ir los tiros, ya que la anticipación es una de las características de la ansiedad, repasemos algunas de sus características:

Aparece de manera anticipatoria a eventos o situaciones que se valoran cognitivamente como amenazantes.

Aumento del sistema autónomo (respiración y ritmo cardíaco) para prepararse para la huida.

Evitación de aquellas situaciones que son plausibles de generar malestar. O de las circunstancias donde el estímulo que genera ansiedad pueda estar presente (o presentarse).

El tipo de ansiedad que tengamos dependerá de diversos factores, como la intensidad de los síntomas, qué la origina, el momento vital de la persona, o su edad de desarrollo.

Los tipos de ansiedad más habituales son:

Trastorno de ansiedad por separación, especialmente en niños y niñas pequeños ante la separación del hogar y/o de las figuras de apego.

Mutismo selectivo, también en la población infantil que no tiene problemas de habla, excepto en determinadas situaciones sociales.

Fobia específica que, como su nombre indica, es un miedo excesivo e irracional a una situación concreta y bien delimitada.

Fobia social o ansiedad social, es cuando la tenemos ansiedad muy intensa ante situaciones sociales diversas, que no necesariamente abarcan todas las que mantiene en su vida.

Trastorno de pánico, caracterizado por los famosos ataques de pánico.

Agorafobia, vinculada a diversas situaciones fuera del entorno doméstico como puede ser transporte público, espacios abiertos, sitios cerrados, multitudes, etc.

Trastorno de ansiedad generalizada, que abarca diversas situaciones o actividades de la vida diaria.

A su vez, la ansiedad puede aparecer como respuesta a la ingesta de fármacos o drogas que, como efecto secundario, incrementen el nivel de ansiedad de la persona.

Hay dos grandes grupos que, antes se trabajaban y consideraban parte de los trastornos de ansiedad, pero por sus características más particulares se han establecido como categorías propias y separadas de la ansiedad. Por un lado, las situaciones traumáticas y TEPT, del que he hablado en otro post (aunque no expliqué toda la diversidad de trastornos vinculados al trauma en el mismo), y en segundo lugar el TOC (Trastorno obsesivo compulsivo).

Es importante destacar que el miedo y la ansiedad tienen un componente adaptativo, que colabora en la supervivencia. De no tener una cierta cuota de ellos, seríamos temerarios y, posiblemente, nos pondríamos en riesgo de manera reiterada. El problema aparece cuando nuestras reacciones llegan al punto de afectarnos en nuestro día a día.

Con cuadros de ansiedad se trabaja de maneras diversas, siempre valorando meticulosamente su presencia y el grado en el que nos esté afectando. La psicoterapia es fundamental para conocer su origen, aprender a controlarla y trabajar de manera directa con sus causas. Pero, en ocasiones, podemos necesitar derivar a un profesional que decida si sería adecuado el uso de ayuda farmacológica.

 

Es muy importante tratarlos, ya que pueden empeorar con el tiempo. Siendo especialmente importante el tratamiento de la ansiedad en la etapa infantil. Si tienes cualquier duda, no dudes en escribirme que estoy para ayudarte.

En nuestra memoria el 2020 quedará como sinónimo de pandemia por SARS-CoV-2 (más conocido como COVID-19 o coronavirus), de confinamiento, y distancia social.

Mucho se habla de crisis sanitaria, económica, y social. Pero poco hablamos de las repercusiones emocionales que esta situación nos está generando. 

Si nos preguntamos si podemos hablar del SARS-CoV-2 como trauma, estoy segura que muchos diríamos que no, alegando que no lo hemos pasado tan mal en casa o que nadie cercano se ha contagiado o que no hemos sufrido una pérdida directa.

Sin embargo, estudios vinculados a pandemias anteriores muestran que éstas aumentan la prevalencia del TEPT, sobre todo en aquellas personas que están expuestas al virus; por lo que pensar al SARS-CoV-2 como un trauma no es descabellado.

De hecho, estudios actuales comentan que hay un 7% de prevalencia de sintomatología del estrés post-traumático (valores que, según los autores, se incrementarán dado que los datos corresponden al primer mes de pandemia en China).

Aspectos traumáticos de la pandemia

Algunas de las características que resaltan diversos estudios sobre este tema son:

Es un evento sorpresivo que genera una disrupción en la vida cotidiana. Las características de la pandemia generan una sensación de pérdida de control, clave al momento de pensarla como un evento traumático.

Amenaza atentar contra la propia integridad, hecho que queda constatado en los muerto por esta enfermedad; teniendo también consecuencias diversas (sobre todo las relativas a la economía) que amenazan el bienestar personal y familiar.

Esta situación genera un elevado monto de ansiedad anticipatoria, basada en el pronóstico experto de nuevas oleadas, los diversos aumentos de casos, la posible escasez de alimentos o servicios básicos, etc. Todo esto alimentado por los medios. Aumentando la hipervigilancia de las personas.

El aislamiento domiciliario durante períodos de tiempo prolongados ha tenido una doble repercusión; por un lado, a nivel social se han dado menos encuentros y se ha generado más temor a establecer relaciones de proximidad, pero también a nivel cognitivo mediante la aparición y proliferación de pensamientos intrusivos sobre el propio bienestar (relativo al estado de salud, e incluso la muerte).

Estar tanto tiempo en los hogares ha favorecido que las personas tengan más tiempo y, por ende, mayor acceso a recursos de información en donde se podía realizar un seguimiento minuto a minuto de la situación tanto local como mundial. Esto, más el conocimiento de casos cercanos (aunque no nos haya afectado de manera directa), ha promovido la victimización vicaria de la población general.

A su vez, debemos pensar que cada persona estaba en situaciones particulares, que se han agudizado o precipitado a raíz de los confinamientos.

A este respecto, la OMS advierte sobre el riesgo de incrementarse situaciones de violencia intrafamiliar y la poca capacidad de detección de las mismas, que derivan en problemas de salud diversos y a largo plazo.

La situación del personal esencial

Sin lugar a dudas, muchas de las cosas que hemos expuesto hasta aquí son válidas para la población general; pero ¿qué pasa con todos aquellos que han trabajado activamente en la lucha contra el virus, y a favor de mantener con vida a la mayor cantidad de personas posibles?

En estas personas (personal sanitario, de limpieza, seguridad, etc.) todos los puntos mencionados anteriormente se han agudizado mucho, siendo la población con mayor incidencia de victimización vicaria, según algunos estudios y la que más características propias del TEPT presentan.

A su vez, aquellos que trabajan en el ámbito sanitario se han visto, en ocasiones, envueltos en situaciones de discriminación y aislamiento dentro del propio entorno comunitario. Algunos recibieron golpes, insultos, amenazas, y fueron echados de sus propios domicilios o barrios. Esto incrementa el nivel de estrés al que están expuestas estas personas y, por tanto, pueden potenciar la respuesta post-traumática.

 

Y tú, ¿cómo lo vives? ¿crees que podría ser un trauma para ti todo lo que está pasando, o es algo más en la memoria? Si crees que toda esta situación te ha afectado, cuenta conmigo. Estaré encantada de ayudarte. 

Estoy segura que alguna vez escuchaste hablar del Trastorno de Estrés Postraumático (o TEPT). Suele ser de lo que más se habla cuando ocurre cualquier situación traumática.

De hecho, si estás en un proceso judicial por una situación potencialmente traumática, lo primero que se valorará será la presencia de TEPT. Como si fuese un oráculo para determinar si es cierto lo que te ha pasado (quiero aclarar, como el otro post, que no necesariamente desarrollamos TEPT ante un trauma).  

Pero, más allá de sonarte, ¿sabes cómo se empezó a hablar de él? En una primera versión del DSM (manual diagnóstico de trastornos mentales) estuvo vinculado al estrés en veteranos y prisioneros de guerra, así como supervivientes de campos de concentración; luego desapareció, pero con el tiempo se vinculó a los veteranos de guerra de Vietnam. Formando un conjunto de síntomas que aparecían tras la vivencia de situaciones traumáticas.

¿Sabes qué características tiene este cuadro? Te dejo algunas de ellas para que las revises. Según el DSM-5, la principal es que haya ocurrido algún evento traumático (inesperado y todo lo que hablamos en el post que explico qué es el trauma), pero veamos qué más características tiene el TEPT:

Memorias intrusivas, que se presentan como recuerdos, juegos o sueños angustiosos (incluso pesadillas), que se presentan sin previo aviso, y cuyo contenido tiene vinculación con el evento traumático.

Disociación, sentir y/o actuar como si se reviviese el suceso traumático. Se puede llegar, incluso, a perder la noción respecto del momento actual.

Malestar físico y emocional ante la exposición a factores vinculados a la situación traumática vivida.

Realizar intentos para evitar los recuerdos traumáticos o los elementos que podrían recordar al evento. Esto incluye lugares, situaciones o personas vinculadas al mismo.

Alteraciones cognitivas y emocionales, como fallos/olvidos en la memoria de la situación traumática, generalización de creencias negativas sobre la propia valía o la de los demás, sensación de culpa o vergüenza, desinterés en el juego y/o en actividades diversas.

Alerta y reactividad excesiva asociada al evento, como puede ser comportamiento irritable, arrebatos de furia, hipervigilancia, sobresaltos continuos, problemas de concentración, dificultades a la hora de dormir (para conciliar o mantener el sueño).

Todos estos síntomas pueden variar en intensidad, duración, características (dependiendo de la situación traumática que hayamos vivido, la edad cuando ello ocurrió, cómo lo valoramos). Por lo tanto, no nos ceñimos a un formato único y puede adquirir diversas presentaciones.   

Más allá de la información que te acabo de proporcionar, tengo que hacerte una advertencia/recomendación asentada en la base del último párrafo.

No alcanza con hacer un listado de “late, late, nola, late, nola”. Si has pasado por una situación potencialmente traumática, y crees que puedes tener TEPT, ponte en manos de un profesional especializado. Esto ayudará a determinar si es el diagnóstico correcto y, en caso que así sea, minimizar o eliminar sus síntomas con técnicas específicas y que hayan probado efectividad y eficacia.

Cualquier duda que tengas, contáctame.  

¿Sabes qué es el TDAH? En los últimos años cada vez hemos oído más y más hablar de estas siglas, pero no todos sabemos qué significan y, muchos, no conocemos las características que lo definen.

TDAH son las letras que resumen al “Trastorno por Déficit de Atención e Hiperactividad”, es uno de los trastornos más prevalentes en la población infanto-juvenil, y se trata de un problema del neurodesarrollo.

Como indica el nombre, es un retraso en el desarrollo de funciones ejecutivas que generan una alteración a nivel de la atención (con dificultades para establecerla o mantenerla), combinado con dificultades para controlar impulsos y conductas.

Cabe destacar que el TDAH es un diagnóstico crónico, ya que el desarrollo de áreas cerebrales y funciones neurológicas siempre irá un poco por detrás de la población normativa.

Según la edad podemos observar algunas características del TDAH diferentes:

Infancia:

Poca capacidad para concentrarse, siendo muy fácil distraerse con estímulos diversos.

Gran impulsividad, lo que traduce en hablar o realizar sonidos constantemente, interrumpir en conversaciones ajenas, dificultad para esperar. Constantemente están llamando la atención de quienes los rodean.

A nivel motriz también se observa inquietud, cambiando constantemente de actividades, moviéndose mucho y de manera inapropiada, llegando a incurrir en conductas de riesgo por lo peligrosas que pueden ser.

Dificultades para controlar las propias emociones, siendo una suerte de volcán en erupción con reacciones emocionales de gran intensidad.

Adolescencia:

Elevada desorganización, tanto en las actividades cotidianas como en aspectos académicos. La falta de organización y planificación lleva a tener olvidos recurrentes, lo que podría parecer irresponsable.

Baja constancia académica, al ser una actividad poco motivadora los adolescentes se muestran más “pasotas”, en buena parte porque les resulta dificultoso llevar adelante las actividades.

También presentan inquietud interna, lo que les lleva a probar actividades diversas que los ponen en riesgo (consumo de tóxicos, deportes extremos, etc.). Esta inquietud también puede verse reflejada en los estados emocionales de estos adolescentes.

Dificultades en las relaciones sociales, suelen tener pocos amigos o tener conflictos constantes. Lo que atenta directamente contra su autoestima.

Adultez:

Pobre capacidad de planificación y organización, lo que lleva a grandes dificultades para acabar con el trabajo diario.

Impulsividad, que se ve reflejada en cambios vitales frecuentes (pareja, amigos, trabajo, vivienda).

La inquietud interna se salda con la búsqueda de actividades dinámicas y la búsqueda de nuevas sensaciones. Pudiendo incurrir en conductas de riesgo como las mencionadas anteriormente.

Dificultades en el control de las emociones y en las relaciones sociales, lo que favorece una baja autoestima y el cambio constante del que hablábamos líneas antes.

Leyendo toda esta cronología seguramente te preguntas ¿esto significa que siempre vamos a ser igual de despistados y/o inquietos? (Tú o la personas en la que estemos pensando) No necesariamente, podemos trabajar para conseguir que estas características del TDAH interfieran lo menos posible.

Cualquier duda, ponte en contacto conmigo. Verás que tengo muchas opciones para trabajarlo

*Por favor, no realices diagnósticos por lo que puedas encontrar en internet, si tienes alguna duda consulta con un profesional que sepa evaluar la situación y asesorarte.

En otra entrada has podido saber qué es el trauma, ahora te propongo que nos adentremos un poco en las secuelas (consecuencias) que un trauma puede tener para quien vive este tipo de acontecimientos.

Primero hay que aclarar un punto fundamental. No todas las situaciones potencialmente traumáticas tienen que dejar secuelas inmediatas y evidentes. Algunas secuelas pueden aparecer años después o, incluso, pueden no generar tales.

En cualquier caso, estén o no presentes, no podemos apuntarlas como algo descabellado. ¿Qué quiero decir con esto? Si estás preparando una ensalada, y te cortas con el cuchillo… ¿esperarías que no saliese sangre o que no te doliese? Pues eso, que el trauma no se pueda ver, como una herida externa, no significa que no lo sea.

Esto significa que todas las reacciones son normales, y siempre deberemos trabajar para que estas no interfieran con el discurrir habitual de nuestra vida. Y, si se consolidan en un trastorno, trabajar para atenuar y/o eliminar sus síntomas.

Veamos algunas de las consecuencias más habituales:

Enfermedades crónicas no transmisibles y conductas de riesgo, como puede ser el consumo de sustancias y alcohol. A su vez, en la victimización infantil se lo ha vinculado con mayor propensión a desarrollar obesidad, diabetes y otro tipo de enfermedades crónicas.

Dificultades en la salud sexual y reproductiva, como puede ser el dolor pélvico crónico. Este tipo de dificultades suele darse, principalmente, ante situaciones de trauma sexual.

Alteraciones de salud mental y problemas de conducta, como el Trastorno de Estrés Postraumático (TEPT), depresión, ansiedad, problemas de alimentación y sueño, incluso ideas y conductas suicidas.

Lesiones físicas diversas, dependiendo del tipo de trauma ante el que nos encontremos. Hablamos de heridas físicas que pueden comportar una discapacidad temporal o permanente.

Alteraciones cognitivas y del desarrollo, como bajo rendimiento académico/laboral, dificultades en el habla, dificultades en la atención y concentración.

Problemas de relación, como inseguridad, desconfianza, conducta antisocial, retraimiento social, etc.

Cabe destacar que cada tipo de trauma tendrá su propio perfil potencial de consecuencias. Vivir una situación traumática no implicará, automática e inequívocamente, experimentar todo este listado de posibles síntomas.

Que estas consecuencias aparezcan o no dependerá del tipo de evento, de la edad de la persona afectada, de sus recursos y características previas.

De todos los mencionados, quizás el TEPT sea el más conocido, dada su complejidad por la cantidad de síntomas que implica te invito a que leas la entrada en el blog que habla específicamente de él.

Quiero que tengas en cuenta algo fundamental, que no tengas síntomas no significa que no haya pasado o que no haya sido importante, espero que nadie te haga sentir que una situación no ha sido “para tanto” porque estás bien. Para cuánto ha sido depende exclusivamente de ti. Y, si necesitas ayuda, aquí estaré para brindártela.

Seguramente has oído hablar de trauma más de una vez en tu vida y en más de un contexto.

¿Qué significa trauma? La real academia española entiende lo siguiente:

Del gr. τραμα traûma ‘herida’. 

1. m. Choque emocional que produce un daño duradero en el inconsciente.

2. m. Emoción o impresión negativa, fuerte y duradera. 

3. m. Med. Lesión duradera producida por un agente mecánico, generalmente externo.”

Como podemos observar, a nivel médico lo usan para expresar la presencia de un accidente que deja consecuencias físicas. Pero, en psicología, lo usamos de una manera diferente; la primera de las definiciones de la RAE tiene un cáliz psicoanalítico, la siguiente está más vinculada a lo que entiende el DSM como trauma.

Pero… ¿qué situaciones podrían derivar en un trauma? En verdad son muchísimas, pero te dejo algunas aquí para que la conozcas.

Accidentales:

Presenciar un accidente, ya sea como actor en el mismo o como observador. Este tipo de situaciones repentinas puede generarnos alteraciones emocionales y físicas que se consideran trauma. Aún más si en tal accidente tienes heridas físicas importantes u observas/asistes a personas con daño físico evidente e, incluso, personas que fallecen en él.

Tener experiencias en donde has sentido impotencia por sentir que no podías hacer nada para cambiar la situación, como encierros en ascensores, habitaciones, etc.

Estar presente en una catástrofe natural como puede ser un tsunami, terremoto, inundación, incendio.

Muerte repentina de un familiar muy allegado, como podría ser un hijo (incluyendo abortos) o padres a edad temprana.

Intencionados:

Vivir una situación de violencia interpersonal, que alguien te haya insultado, pegado, abusado, violado. Este tipo de situaciones en donde la violencia está dirigida directamente hacia nosotros son altamente plausibles de generar trauma. Observar estas situaciones, sobre todo durante la infancia, también puede generar trauma.

Experimentar situaciones de acoso diversos como pueden ser el bullying (acoso escolar), mobbing (acoso laboral), acoso sexual, acoso callejero.

Haber sido víctima de acontecimientos violentos, como un secuestro, torturas, un atentado terrorista, o conflicto bélico.

Derivados:

Estar constantemente trabajando con personas que sufren, o que mueren. Se considera trauma secundario. Comunes en este grupo son personal sanitario, personal de seguridad y emergencias, psicólogos, profesionales del sistema de protección infantil, etc.

Todos eventos, potencialmente traumáticos, pueden derivar en consecuencias diversas que van desde un temor momentáneo (adaptativo a la situación), hasta el conocido trastorno de estrés postraumático.

Se estima que una buena parte de la población ha vivido alguna experiencia traumática (incluso más de una) a lo largo de la vida. Trabajar sobre estas es del todo importante, existiendo diversos abordajes dentro de la psicología.

Si has vivido un trauma, del tipo que sea, puedes contactar conmigo que estaré encantada de ayudarte y darte herramientas para que estés mejor y salgas adelante con muchos más recursos de los que tenías.

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Decide cuál es tu destino, escríbeme o llámame, y empecemos este viaje hacia tu interior, estoy segura que encontrarás paisajes inimaginables.

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